En la versión de Carlyle (Carlylean) de esta peligrosa situación, el náufrago se atraganta, expulsa fuertemente la fría y caústica agua y, agitando violentamente sus brazos, descubre para su sorpresa, bueno más bien para su regocijo, que puede mantener su cabeza por encima del agua —luchando contra este temeroso elemento, puede hacer que éste le ayude. Es difícil, “es como nadar con una piedra de molino alrededor del cuello” (p. 198), dice a Emerson, pero no es imposible. Así surge el mayor descubrimiento enunciado en Pasado y presente: el trabajo salvará al hombre que se encuentre inmerso en el océano perdido de la vida:

Todo trabajo es como el de un nadador: el océano sobrante amenaza con devorarlo. Si no le hace frente valientemente, éste mantendrá su palabra. A través de un incesante y sabio desafío, una reprimenda y bofetada sana y vigorosa, contemplad cuán lealmente éste le apoya, portándolo de un lado para otro como a su conquistador. “Esto es así”, dice Goethe, “con todas las cosas que el hombre acomete en este mundo” ['Trabajo', lib. III, cap. 11]

Es cierto que Goethe dice esto, pero con un énfasis muy diferente, con un sentido marcadamente divergente del mundo. Sus nadadores, para comenzar, apenas son náufragos al estilo de Carlyle, abandonados en la mitad del océano. En la propia traducción de Carlyle de Los viajes de Wilhem Meister, el supervisor del joven de la Utopía educativa de Goethe dice a Wilhem:

Consideramos a nuestros eruditos como a numerosos nadadores, quienes dentro del elemento que amenazaba con engullirlos, sienten con estupor que son más ligeros, que el agua los lleva y traslada hacia delante, y así es con todo lo que el hombre emprende [cap. 14].

La descripción de Goethe sobre la educación y la actividad humana transmite poco acerca del sentido de crisis y peligro y nada del sentido de aislamiento que experimentamos en Carlyle. El contexto de la similitud de Goethe evidencia que la educación de los jóvenes que Wilhelm ha venido a observar reside en un esfuerzo común: todas las cabezas cooperan en la misma dirección, los más mayores ayudando a los más jóvenes. Cuando estos muchachos jóvenes se encuentran en la situación del nadador, su peligro es reducido porque siempre hay alguien cerca para asistirlos. Pero cuando Carlyle utiliza esta situación para transmitir su sentido de estar en el mundo, nos muestra un nadador que forcejea solo, apartado de toda ayuda en mitad del océano que ya ha arrastrado a muchos a una muerte en el agua. Carlyle, que se describió a sí mismo ante Emerson como un “Náufrago” (p. 457), retorna con frecuencia a este paradigma en sus escritos públicos y privados a lo largo de su vida. De un modo bastante característico, describió el estilo de Sartor Resartus a Sterling en términos de un náufrago: “Sé bien que esto no es Arte. Es Robinson Crusoe y no el Maestro de Woolwich construyendo un barco1”. En otras palabras, el estilo y el método de Carlyle que enuncia “los locos peregrinajes” de Teufelsdröckh debe amoldarse a la experiencia del náufrago, produciendo no un trabajo delicadamente equilibrado —algún barco imponente de la literatura— sino una balsa, un bote salvavidas equipado durante una emergencia.

Sartre, como Carlyle, concibió —o mejor, siente— la vida humana en términos de la situación del hombre que ha naufragado y que ha sido arrojado fuera, y aunque rara vez utiliza esta figura al descubierto para expresar su sentido de estar en el mundo, revela información sobre sus descripciones del mismo. En Existencialismo, nos presenta, por ejemplo, a un hombre abandonado, al nadador náufrago, cuando enfatiza que “todo está permitido si Dios no existe, y como resultado, el hombre está desamparado, porque ni dentro de él ni fuera, encuentra algo a lo que aferrarse”. El hombre carece de una “naturaleza humana fija y dada” que pudiera simultáneamente limitarle, definirle y respaldarle en su extraño entorno. Así, el hombre está condenado a ser libre. “Condenado, porque él no se creó a sí mismo, aun cuando en otros aspectos es libre, porque una vez arrojado al mundo, es responsable de todo lo que hace” [Traducción del francés al inglés: Frechtman, Bernard (1957) Nueva York: 22-3].

Sartre expande este modo de estar en el mundo en El Ser y la Nada donde una vez más presenta al hombre como a un hombre tirado por la borda, como Robinson Crusoe. Subrayando la responsabilidad y la libertad del hombre, ahora en relación con el “para sí mismo”, su término para la conciencia, asevera:

es así precisamente cómo el para sí mismo se aprehende a sí mismo con angustia; es decir, como un ser que no es ni el fundamento de su propio ser ni del ser del Otro ni de los en sí mismos que forman el mundo, sino un ser que está obligado a decidir el significado de ser —dentro de él y por todas partes fuera de él. Aquel que se da cuenta angustiadamente de que su condición le ha arrojado a una responsabilidad que se extiende hasta su mismo abandono ya no tiene ningún remordimiento o lamento o excusa. Ya no es nada sino una libertad [pt 4, cap. 1, iii].

Sartre, como Carlyle y Ortega y Gasset, intenta convencernos de que esta peligrosa situación no sólo es inevitable sino preferible:

Soy responsable de todo, de hecho, excepto de mi propia responsabilidad, puesto que yo no soy el fundamento de mi propio ser. Por consiguiente, todo tiene lugar como si yo fuera obligado a ser responsable. Estoy abandonado en el mundo, no en el sentido de que podría permanecer abandonado y pasivo en un universo hostil como un bote flotando sobre el agua, sino más bien en el sentido de que me encuentro de repente solo conmigo mismo y sin ayuda [pt 4, cap. 1, iii].

Uno puede, por supuesto, negarse a mover los brazos. Uno puede hundirse por debajo de las olas. Pero uno no puede rehusar hacer una elección, puesto que “convertirme en un ser pasivo en el mundo, negarme a actuar sobre las cosas y sobre Otros aún es elegirme a mí mismo, y el suicidio es un modo entre otros de estar-en-el-mundo” (pt 4, cap. 1, iii). Dada esta situación, el hecho de que uno debe escoger, Sartre, como Carlyle, nos ofrece la oportunidad desagradablemente complementaria de turbarnos y de mantener nuestras cabezas por encima del océano perdido.

Como Sartre, Ortega y Gasset ve conjuntamente la situación de abandono del hombre como inevitable y encuentra en ella una causa de consolación. De hecho, mucho más que Carlyle o Sartre, el filósofo español examina alegremente nuestra condición como hombres que han naufragado y han sido arrojados fuera. Según “El Ser y el Otro”, dado que la condición humana “es una incertidumbre en esencia” y dado que “ninguna adquisición humana es estable”:

Esto que llamamos “civilización” —todas estas comodidades físicas y morales, todas estas conveniencias, todas estas salvaguardas, todas estas virtudes y disciplinas que ahora se han vuelto habituales con las que contamos y que en efecto constituyen un repertorio o sistema de seguridades que el hombre se ha construido para sí mismo como una balsa dentro del naufragio inicial que la vida siempre es —todas estas seguridades son seguridades inseguras que en un parpadeo, al más mínimo descuido, se escapan de las manos del hombre y se evaporan como fantasmas [Traducción del español al inglés de Willard R. Trask].

Y después el hombre se ahoga. El peligro presente, dice Ortega y Gasset, escribe en 1939, es que una vez perdido nuestro sentido del peligro, hemos perdido también nuestro sentido de la responsabilidad que es nuestro medio de preservarnos a nosotros mismos en medio de un grave peligro. Puesto que somos inconscientes del riesgo, no buscamos soluciones, no intentamos acondicionar botes salvavidas o aprender a nadar. Cuando el naufragio llega, como debe hacerlo, vemos cómo nos coge por sorpresa. Esta aventurada complacencia es la consecuencia de una teoría “progresista” de la historia que asume que la humanidad necesariamente mejora, volviéndose cada vez más segura y confortable. La idea de la “humanidad” —en sí misma “una entidad abstracta, irresponsable y no existente” —tiende a ocultarnos nuestra libertad un tanto aterradora, igual que la noción engañosa del progreso nos anestesia. La visión progresista de las cosas hace que la historia humana pierda todo “nervio de drama”, reduciéndose a “un viaje turístico pacífico, organizado por algún Cook transcendental. Viajando así con seguridad hacia su realización, la civilización en la que nos hemos embarcado se asemejaría a aquel barco fenicio en Homero que navegó directo al puerto sin un piloto”. Desgraciadamente, estas fantasías que nos aseguran que no tenemos que esforzarnos puesto que la historia nos conducirá ante el milenio, no hacen nada por prepararnos para el naufragio con el que tanto los hombres individuales como las civilizaciones siempre han terminado por encontrarse. Creer en tales concepciones de la humanidad es sostener que el hombre es una esencia fija, que él es lo que es, y que por ello no tiene responsabilidades. Sean cuales sean sus ventajas a corto plazo, se busca entrañablemente tal seguridad.

Se compra con gran cariño porque debido a ello uno debe ceder su responsabilidad, aquello que le convierte en humano. Al describir ese “drama único que constituye la misma condición del hombre”, Ortega y Gasset, como otros existencialistas, parece instintivamente describir al hombre desde el punto de vista del naufrago. Según él, el hombre se ve como “un prisionero del mundo” rodeado por cosas que le aterrorizan, atraen y comprometen, pero a diferencia del animal que comparte estas condiciones básicas, se puede distanciar de su entorno, volverle la espalda y preocuparse de sí mismo. La mente del hombre le proporciona esa dimensión extra que le permite sobrevivir.

Está claro, entonces, que el hombre no ejercita su pensamiento porque sea para él entretenido, sino porque, obligado como está a vivir sumergido en el mundo y a violentar su camino a través de las cosas, se ve ante la necesidad de organizar sus actividades… que es lo que no hace un animal.

El pensamiento del hombre le permite construir una balsa en su alarma continua y esencial —o, más bien, el pensamiento del hombre es aquella balsa en sí misma. Para salvarnos a nosotros mismos de la crisis de los tiempos modernos, Ortega y Gasset sugiere que deberíamos hacer lo que cada individuo hace en su propia vida: “simplemente suspender los actos, retirarnos dentro de nosotros mismos, revisar nuestra idea de las circunstancias y tramar una estrategia”.

Este movimiento hacia dentro del ser que permite así al hombre individual prosperar lo repiten necesariamente en una escala más amplia todas las naciones. Encontramos “tres momentos diferentes… que se repiten cíclicamente a través del curso de la historia humana”. En primer lugar, “El hombre se siente perdido cuando naufraga ante las cosas, esto es la alteración [alteración, otredad, o estado de tumulto]”. En segundo lugar, el hombre se retira en su interior para considerar las cosas y su posible dominio sobre ellas. Esto es la vida contemplativa. Tercero, el hombre de nuevo “se sumerge en el mundo”, actuando de acuerdo con un plan preconcebido, y esto es la vida activa. Así, a diferencia de Nietzsche, que despotricaba de que la búsqueda del hombre del conocimiento le estaba precipitando hacia el naufragio, el filósofo español ve esta existencia naufragada como necesaria e inevitable y, como tal, quizá ya no tan aterradora como lo había parecido antes.

“En busca de Goethe desde dentro”, un ensayo escrito para el centenario de la muerte del poeta, asume esta caracterización de la vida humana más profundamente, afirmando de hecho que el naufragio cultural es bueno en sí mismo para el hombre. Señalando la crisis del siglo XX del conocimiento, las universidades, la cultura en general, argumenta que nos separa un abismo de nuestro pasado y sostiene firmemente que por muy aterradora que parezca a primera vista la situación de aislamiento en la que nos encontramos es algo bueno, puesto que nos despoja y nos libera de la confusión:

La vida es en sí misma y eternamente, un naufragio. Naufragar no es ahogarse. El pobre ser humano, sintiendo que se hunde en el abismo, mueve sus brazos para mantenerse a flote. Este movimiento de brazos, que es su reacción contra su propia destrucción, es la cultura —un golpe natatorio… Pero diez siglos de continuidad cultural traen consigo —entre muchas ventajas, la gran desventaja de que el hombre se cree a salvo, perdiendo el sentimiento del naufragio, de modo que su cultura procede a cargarse de materia parasitaria y linfática. Alguna discontinuidad debe por tanto intervenir para que el hombre pueda renovar sus sentimientos de peligro, la sustancia de su vida. Todo el equipamiento destinado a salvar su vida debe fallar para que luego sus brazos se muevan de nuevo redentoramente [Traducción del español al inglés de Willard R. Trask].

Una de las grandes ventajas para nosotros que aparece en la crisis de nuestra cultura particular es que haciéndonos vivir sin los antiguos apoyos, nos fuerza a ver que esencialmente el hombre vive siempre en crisis. Este reconocimiento nos impide que nos tratemos a nosotros mismos como esencia, como seres plenamente creados, obligándonos a escoger, a ser responsables, a ser —una vez más— hombres.

Así, con Ortega y Gasset, como con Carlyle y Sartre, el instante del naufragio transmite un reconocimiento temeroso de la libertad. Este reconocimiento, esta conciencia del naufragio permanece en el centro de su pensamiento, pero aunque para ellos, como para tantos otros desde el siglo XVIII, la metáfora del naufragio es más relevante que la del viaje de la vida, no ven que esto sea causa de desesperación. Más bien, siguen creyendo, una vez que el hombre reconoce su verdadera situación; “luego”, en palabras de Ortega y Gasset, “sus brazos se moverán de nuevo redentoramente”.

 
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Modificado por última vez el 15 de julio de 2007; ; traducido el 21 de noviembre de 2012