[Traducción de Montserrat Martínez García revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow.]

A pesar de que Emily Brontë fue la hija de un ministro evangélico estricto, el simbolismo de su poesía refleja con frecuencia el proceso de duda que prevaleció en la sociedad victoriana (Gilmour, p. 72). El alter ego que construyó mediante su poesía respondió a una princesa llamada A.G. Almeda (A.G.A.), valiente y poderosa, pero que también poseía cierto grado de tiranía y egoísmo (Chitham, p. 97) y que posteriormente se convirtió en la reina de Gondal, la tierra fantástica e imaginaria de las hermanas Brontë. Gilbert y Gubar sostienen que A.G.A hizo que todos los hombres se pusieran a sus pies, sumiendo en la desgracia a todos los que la amaban, insinuando aquellos aspectos oscuros y deseos profundos de la psique de Brontë (Gilbert and Gubar, p. 256). Emily Brontë se convirtió en un “personaje recluido y antisocial” que “vivió dentro de sí mismo”, cuya imaginación fue alimentada por sus amados páramos de Yorkshire (Chitham, p. 142). Una de sus primeras experiencias formativas, en la que se encontró al borde de la muerte en los páramos, modeló su visión de los mismos como bellos e irresistibles. ƒstos parecían combinar muerte y deseo y Emily incorporó dicha mezcla en el simbolismo inusual tanto religioso como espiritual que recorre su obra.

Mientras otras poetas femeninas victorianas se comunicaron mutuamente a través de un único discurso (female poets entered into a unique discourse), Emily Brontë se aferró a su inconfundible identidad masculina. Su alter ego podría haber sido una mujer rica y dominante, pero su musa fue masculina y Homans sugiere que Brontë tenía “visitantes masculinos” que crearon una “experiencia visionaria”, comparable a “la musa de los poetas masculinos” (Victorian Women Poets , p. 84). El tono personal en “Mi refugio” describe los pensamientos que “escondió” dentro de su alma en la “luz que permanece oculta de los hombres” y cuyo “rayo cariñoso” escapa al control del sistema patriarcal o de un Dios masculino (Victorian Woman Poets , p. 209). Ve a los cristianos como “desgraciados”, “gritando” alabanzas vacías en una “fraternidad de miseria”, con una “locura que diariamente la enloquece”. Brontë defiende que estuvo ante el brillo del cielo y el “deslumbramiento” del infierno y que forjó su propio camino entre “la canción de un serafín y el gemido del diablo”. Sólo “tu alma solitaria” puede conocer la verdad, y su llamada a “Mi refugio incondicional” no es una súplica a Dios, sino a su enigmática musa masculina que gobierna su creencia espiritual. Este es epitomizado como la vida dadora de un “aire suave” y de un “viento acogedor que se funde sigilosa” y amorosamente en torno a ella. Se muestra agradecida de que sus “visitantes” permitan a su “corazón salvaje” “alegrarse” y conformarse con el papel que se ve forzada a cumplir dentro del orden del sistema cristiano y patriarcal. Su poesía se interesa por las traiciones de la mente y del cuerpo, en un intento por encontrar respuestas a las preguntas que su sociedad no le permite hacer. El simbolismo religioso y la espiritualidad idiosincrásica de Emily Brontë constituyen una manifestación de ateísmo panteísta, a pesar de que continuó asistiendo a la Iglesia “permaneciendo sentada e impasible como una estatua”, y parece ser que esta mansa pasividad se yuxtapuso con una ira incontenible y una pasión frustrada (Chitham, p. 156).

La musa masculina de Brontë está intrínsecamente unida a los páramos y vinculada al viento oriental que soplaba en ellos. El viento está ligado a la esencia espiritual de un dios, y a menudo implica “una reinterpretación de la narrativa medular de la caída de la mujer de Milton y de la cultura occidental”, tan indisociable del Catolicismo de Gerald Manley Hopkins y de Coventry Patmore (Gilbert y Gubar, p. 255). Su relación sensual con su musa parece haber sido “amenazadora e inspiradora”, envolviendo su poesía con una nostalgia profunda y un deseo de realización (Victorian Women Poets , p. 89). Brontë simboliza la creencia espiritual y la espiritualidad secular mediante su amor por la naturaleza, tipificándolas como las “sombras de los muertos” que ve a su alrededor. Gilbert y Gubar contemplan la poesía y las creencias de Emily Brontë como fuerzas que amenazan las rígidas jerarquías del orden celestial e infernal, dado que Brontë creía que los muertos permanecían en la tierra y que se movían en torno a ella (Gilbert y Gubar, p. 255). También veía a amigos y familiares fallecidos observándola por la noche, y este tipo de realidad-ensoñación presenta algunas similitudes con el “estado nocturno del alma” de Christina Rossetti (Victorian Women Poets , p. 176). El simbolismo religioso de Brontë no pone esperanzas en una vida eterna y su espíritu languidece en “una desesperación absoluta”. Su poema “No lloraré” se hace eco del soneto de Gerard Manley Hopkins “Peor imposible”, cuando proclama que “los días del verano” acabarán en “oscuridad” y que la vida concluye en la “tumba” (Chitham, p. 141). Las creencias divergentes de Hopkins y de Brontë requieren diferentes tipos de simbolismo religioso, pero ambos experimentaron sentimientos profundos de angustia y de aislamiento. Brontë cree en el “alma que suspira” pero también en que la muerte libera un olvido lento más que una vida infinita. Desea descanso y “libertad” para un “alma sin cadenas” y libre (Chitham, p. 146).

El simbolismo religioso en “El filósofo” destaca los sonidos del alma mientras ella se castiga por “soñar/sin haber alcanzado la Iluminación” (Chitham, p. 161). Fuera, el mundo es “blanco” y hay cabida y luz para “un alma que se extiende por el espacio”. La siguiente estrofa aparece en cursiva y articula deseos prohibidos, mientras la cursiva simultáneamente recalca y disculpa el desafío. Anhela dormir “sin identidad” con la imaginación y el pensamiento anulados a medida que las penas terrenales desaparecen. Su visión irónica del cielo patriarcal sugiere que no puede contener ni incluso “medio satisfacer” los “deseos salvajes” que experimenta. No teme al “infierno intimidador” o a sus “fuegos inconsumibles” porque su “voluntad” es más fuerte. La siguiente estrofa está escrita aliterativamente en primera persona y confirma la fuerza de su resolución. Tiene “dentro de ella tres dioses” que “luchan día y noche”, y que claman su frustración y espiritualidad secular, únicamente fusionada con la doctrina evangélica. Los tres dioses simbolizan la Trinidad, pero componen un único triunvirato más poderoso que la espiritualidad ortodoxa porque todos se encuentran “contenidos” en su interior hasta la muerte o el renacimiento. Esta forma particular de ideología y espiritualidad individualista y panteísta se revela en su obra a través de su simbolismo religioso.

Brontë anhela “descansar” en el olvido antes que en la inmortalidad. Su musa, bajo la forma de un “espíritu” masculino, cuelga sobre ella y canaliza su ideología espiritual. El “arroyo dorado” significa el alma más que la riqueza, y la sangre sugiere la vida que fluye. La corriente “safiro” de un color semejante al cielo sobre los páramos, apunta a la pureza y la inocencia virginal así como al agua purificadora. Los arroyos fluyen en el oscuro mar de la eternidad, ofreciendo un descanso eterno y tranquilo. El “espíritu” enciende “todo con un resplandor repentino” que es “blanco como el sol” y que alude a un fuego en el alma inocente e incorruptible. El poeta constata que ha buscado y que “buscó” a su “espíritu” y “profeta” en el “cielo, el infierno, la tierra y el aire”, pero que todos resultaron ser insuficientes. Añora una condición espiritual que le impida la búsqueda del “olvido” o “el tender sus manos ansiosas a la muerte”. El espíritu de su musa encarna el alma, la espiritualidad y el “aliento vital” y desea vencer “al poder y a la voluntad”, y a “la batalla cruel” sobre la tierra divina para “perderse en el reposo”, sugiriendo que el Cristianismo es la primera causa de su sumisión.

Los páramos y la naturaleza están intrínsecamente vinculados con sus creencias espirituales pero su adoración por la naturaleza difiere de la de Hopkins. Hopkins ve a la naturaleza como una parte esencial de la gloria de Dios, mientras que Brontë focaliza sobre el aspecto místico de la naturaleza y los estados de ánimo que genera, más que sobre la precisión y los detalles. Su poesía refleja los cambios en la fe y en las creencias dentro de su sociedad, como respuesta a la visión victoriana cada vez más extendida de la separación del “sentido moral de las instituciones religiosas que en un tiempo lo expresaron” (Gilmour, p. 93). El simbolismo religioso en su poesía muestra que Brontë creía en un dios o ser celestial que residía en la naturaleza, y que por tanto la religión ortodoxa y su estructura jerárquica carecían para ella de significado. Emily Brontë consideraba que la imaginación era más importante que la palabra de Dios, al tiempo que los aspectos románticos de su naturaleza engendraban una poderosa musa masculina, y que los “personajes favoritos incorporados en las situaciones románticas eran manifestaciones de aspectos de la propia Brontë” (Gilbert & Gubar, p. 254). El misticismo espiritual e individual de Brontë pone de manifiesto sus ansias profundas por crear nuevas formas dentro del pensamiento y de la escritura, mientras que su musa masculina encapsula sus deseos y anhelos íntimos. Es consciente de la presencia del alma pero no puede aceptar el concepto patriarcal y ordenado del Cristianismo, evidenciando parte del escepticismo de la Bretaña victoriana.

Referencias

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Armstrong, Isobel. Victorian Scrutinies: Reviews of Poetry 1830-1870. London: The Athlone Press, 1972.

Bristow, Joseph, ed. Victorian Women Poets: Critical Contemporary Poets. London: MacMillan, 1995.

Chitham, Edward. A Life of Emily Brontë. Oxford: Blackwell, 1987.

Cunningham, Valentine. ed. The Victorians: An Anthology of Poetry and Poetics. Oxford: Blackwell, 2000.

Gilbert, Sandra, M. and Susan Gubar. The Madwoman in the Attic , 2nd edn. New Haven & London: Yale University Press, 2000.

Gilmour, Robin. The Victorian Period: The Intellectual and Cultural Context of English Literature 1830-1890. London: Longman, 1993.

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Showalter, Elaine. The Female Malady: Women, Madness and English Culture 1830-1980. London: Virago, 1987.


Victorian Overview Emily Bront‘

Modificado por última vez el 25 de noviembre de 2004; traducido diciembre 27 febrero 2010