El siguiente texto fue transcrito, editado y convertido al lenguaje HTML por Philip V. Allingham, editor colaborador de la Victorian Web; profesor asociado de la Universidad Lakehead de Ontario, a partir de La Revolución francesa: Una historia, 2 vols., de Thomas Carlyle (Londres: Chapman y Hall [1902], II, 165-174). Los números entre corchetes indican los cambios de página de la edición impresa, permitiendo así a los usurarios de la Victorian Web citar o localizar los números originales de página.

Traducción de Montserrat Martínez García revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow.]

Capítulo VI. La toma y la victoria. 14 de julio de 1789

— ¡Y ahora, a la Bastilla, vosotros, intrépidos parisinos! Allí aún la metralla amenaza: hacia allí tienden todos los pensamientos y los pasos de los hombres.

El anciano De Launay, como insinuamos, se retiró “a su interior” poco después de la medianoche del domingo. Desde entonces permanece allí, sin poder salir, dado que todos los caballeros militares se encuentran ahora en un conflicto de incertidumbres de lo más triste; el ayuntamiento le 'invita' a admitir soldados nacionales, lo cual significa suavemente que se entreguen. Por otra parte, las órdenes de su Majestad han sido precisas. Su guarnición militar no contiene más que ochenta y dos Inválidos, reforzada por treinta y dos jóvenes suizos; sus murallas son realmente gruesas, posee cañones y pólvora, pero desgraciadamente, sólo un día de provisión de víveres. La ciudad también es francesa, la pobre guarnición mayoritariamente francesa. Riguroso anciano De Launay, ¡piensa lo que vas a hacer!

Durante toda la mañana desde las nueve, ha habido gritos por todas partes: ¡A la Bastilla! Repetidas 'delegaciones de ciudadanos' han estado aquí, entusiasmados con las armas a quien De Launay ha convencido mediante discursos moderados a través de las aspilleras. Hacia el mediodía, el votante Thuriot de la Rosière consigue entrar, encuentra a De Launay reacio a la rendición y antes dispuesto a volar el edificio. Thuriot sube con él a las almenas: montones de adoquines, hierro usado y armas arrojadizas yacen apiladas, todos los cañones debidamente nivelados, en cada tronera un cañón, ¡únicamente echado hacia atrás un poquito! ¡Pero mira hacia el exterior, Oh Thuriot!, cómo la multitud fluye manando por cada calle: las campanas para las alarmas repican furiosamente, todos los tambores tocan la générale: el suburbio de San Antonio (Saint-Antoine) rueda por completo hacia acá como si fuera ¡un único hombre! Semejante visión (espectral pero auténtica), ¡Oh, Thuriot! contemplas en este momento, como si fuera desde tu Monte de Visión: profética de otras fantasmagorías y realidades aterradoras que farfullan vociferadamente y que aún no has presenciado pero que ¡presenciarás! “¿Qué quiere usted?”, dijo De Launay, poniéndose pálido al verlo, con un aire de reproche casi de amenaza, “Señor”, dijo Thuriot, adoptando un tono moralmente sublime, “¿qué es lo que pretende? Considere la posibilidad de que ambos podríamos precipitarnos desde esta altura”, es decir, que sólo dista unos cien metros, y que ¡sólo posee el foso amurallado! Tras lo cual De Launay se quedó en silencio. Thuriot se hace ver desde algún pináculo para tranquilizar a la multitud que comienza a sospechar y a bramar; después, desciende, marchándose con protestas, dirigiendo advertencias también a los Inválidos sobre quienes sin embargo, genera una impresión híbrida y poco clara. Las cabezas de los más ancianos [165/166] no son de las más claras; además se dice que De Launay ha bebido demasiado (pródigo en bebidas, prodigua des boissons). Ellos creen que éstos no dispararán, que no dispararán sobre ellos si pueden evitarlo, pero en líneas generales, deberán regirse considerablemente por las circunstancias.

¡Ay de ti, De Launay, si en semejante momento no eres capaz, tomando una decisión firme, de regir las circunstancias! Los discursos melifluos no van a servir. La dura metralla es cuestionable, pero revolotear sobre las dos es incuestionable. La marea humana se va inflamando cada vez más salvajemente; su creciente zumbido infinito se hace más estrepitoso hasta tornarse en imprecaciones, quizá en una crepitación de mosquetería descarriada que más recientemente no ha podido manifestar su despliegue ante unas murallas de nueve pies de ancho. El puente levadizo exterior se ha bajado para Thuriot; una nueva comisión de ciudadanos (es la tercera y la más escándalosa de todas) penetra por ese camino hasta el patio externo, y puesto que los discursos razonables no son efectivos a la hora de despejar a éstos, De Launay dispara, levantando el puente levadizo. Es un ligero chisporroteo que ha encendido el caos igualmente inflamable, ¡transformándolo en un rugiente fuego y un mugiente caos! Estalla la insurrección, ante la vista de su propia sangre (puesto que este borboteo de fuego ha producido muertes), en una explosión interminable y atronadora de mosquetería, de distracción, de execración, y en lo alto, desde la fortaleza, dejemos que un gran cañón con su metralla retumbe para demostrar lo que podemos hacer. ¡La Bastilla está asediada!

¡Adelante, entonces, todos los franceses que tenéis corazones en vuestros cuerpos! Bramad con todo el poder de vuestras gargantas hechas de cartílagos y metal, ¡vosotros, Hijos de la Libertad!, ¡Moveos espasmódicamente sea cual sea la facultad más extraordinaria que haya en vosotros, el alma, el cuerpo o el espíritu, porque ha llegado la hora! ¡Golpea con violencia, tú, Louis Tournay, carpintero de Marais, el barrio industrial de París, antiguo soldado del regimiento del Delfín (Régiment Dauphiné), golpea fuertemente la cadena del puente levadizo exterior, aunque el fogoso torrente silbe a tu alrededor! Nunca dio un golpe semejante tu hacha sobre el radio de la rueda de un vagón o de un carruaje o sobre un aro de una rueda (nave or felloe). Abajo con ello, abajo con ello hasta llegar a Orco, el dios del submundo (Orcus): ¡deja que todo el maldito edificio se hunda allí y que la tiranía sea devorada para siempre! Subidos, según algunos, sobre el tejado del cuarto de guardia, algunos 'sobre las bayonetas atascadas en las articulaciones de la muralla', Louis Tournay golpea mientras el valiente Aubin Bonnemère (también un antiguo soldado) le secunda: la cadena cede, se rompe, el inmenso puente levadizo cae ruidosamente, retumbando fragorosamente. ¡Glorioso! y sin embargo esto no son desgraciadamente más que los prolegómenos. Las ocho oscuras torres con la mosquetería del Hotel de los Inválidos (Invalide), sus adoquines y bocas de cañón, aún se encumbran en lo alto intactas. El foso bosteza impasible con un rostro imperturbable [166/167]; el puente levadizo interior nos da la espalda: ¡todavía queda por tomar la Bastilla!

Describir este asedio de la Bastilla (considerado como uno de los más importantes de la historia) quizá trascienda el talento de los mortales. ¿Se puede, tras infinitas lecturas, llegar a comprender incluso la planificación del edificio? Hay una explanada abierta al final de la calle San-Antonio, hay antepatios, un Patio avanzado, un Patio del olmo, un portón de acceso arqueado (donde ahora lucha Louis Tournay), luego nuevos puentes levadizos, puentes inactivos, murallas bastiones y las tétricas ocho torres: una masa laberíntica con el ceño fruncido desde lo alto de todas las edades, ¡desde los veinte años hasta los cuatrocientos veinte, acosada, en ésta su última hora, como dijimos, por el mero caos que nuevamente ha regresado! Artillería de todos los calibres, gargantas de todas las capacidades, hombres con todo tipo de planes, cada individuo su propio ingeniero: rara vez, desde la Guerra de los pigmeos y las grullas, se vio allí semejante cosa tan anómala. Elie, a medio sueldo, es el hogar de un uniforme de regimiento, nadie se percataría de él en ropas coloreadas; Hulin, a medio sueldo, está arangueando a los Guardias franceses en la Plaza de Grève. Patriotas frenéticos se apoderan de la metralla, portándola aún caliente (o aparentemente) hasta el ayuntamiento (Hôtel-de-Ville). Como se percibe, ¡París va a ser incendiada! Flesselles está pálido como una pared porque el rugido de la multitud crece profundamente. París ha alcanzado totalmente el acmé de su frenesí, arrastrada en remolinos por todas partes por la locura del pánico. En cada una de las barricadas callejeras, gira en espiral y se cuece a fuego lento un remolino menor, reforzando la barricada puesto que sólo Dios sabe lo que se avecina, y todos los torbellinos más pequeños juegan distraídamente hasta confluir en ese enorme fuego Maestrolm (Fire-Mahlstrom) que está azotando la Bastilla.

Y de este modo azota y clama. Cholat, el comerciante de vinos se ha convertido improvisadamente en un cañonero. Ved a Georget del servicio de la Marina, recién venido de Brest, rogar por el cañón del rey de Siam. Singular (si no estuviéramos acostumbrados a ello): Georget descansó la pasada noche en la posada; el cañón del rey de Siam también ha descansado sin saber nada de él durante un centenar de años. Sin embargo, ahora, en el instante adecuado, se han reunido y disertan sobre la música elocuente. Puesto que, escuchando lo que iba a acontecer, Georget saltó de la diligencia procedente de Brest (Brest Diligence) y corrió. Los Guardias franceses (Gardes Françaises) también estarán aquí con artillería real: ¡si los muros no fueran tan gruesos! En la parte de arriba, procedente de la explanada, horizontalmente desde todos los tejados y ventanas cercanos [167/168], relampaguea un diluvio irregular de mosquetería sin incidencias. Los Inválidos se han echado al suelo, disparando comparativamente con comodidad desde detrás de las piedras; apenas asoma la punta de una nariz a través de las troneras. ¡Caemos, disparamos y no dejamos ninguna huella!

¡Permitamos que la conflagración se prenda de rabia con lo que quiera que sea inflamable! Los cuartos de la guardia han sido quemados, así como los del Hotel de los Inválidos. Un distraído 'artesano de pelucas (Peruke-maker) con dos apasionadas antorchas' habría quemado 'los salitres del Arsenal' si una mujer no hubiera salido corriendo, si un patriota, con alguna tintura de filosofía natural (Natural Philosophy) no le hubiera golpeado fuertemente (con la culata del mosquete en la punta del estómago), volteado los barriles y detenido al elemento devorador. Se pensó erróneamente que una dama joven y hermosa, capturada cuando escapaba de estos patios exteriores, era la hija de De Launay, por lo que fue quemada ante los ojos de éste. Cae desvanecida en un colchón de paja (paillasse), pero nuevamente un patriota, es el valiente y antiguo soldado Aubin Bonnemère, se precipita y la rescata. La paja se quema; tres carretas llenas de ella, arrastradas hasta allí se elevan en humo blanco, casi hasta asfixiar al mismo patriotismo, de manera que Eli, con cejas chamuscadas, tuvo que retirarla arrastrando una carreta y Reole, el 'gigantesco mercero' otra. ¡Humo como el de Tofet (Tophet); confusión como la de Babel; ruido como el del Día del Juicio final (Crack of Doom)!

La sangre fluye, el alimento de la nueva locura. Los heridos son trasladados a las casas de la calle Cerisaie; los moribundos dejan como último mandato que no se rindan hasta que la execrable Fortaleza caiga. Y sin embargo, ¿cómo caerá? ¡Los muros son tan densos! Las delegaciones, tres en número, llegan procedentes del ayuntamiento. El abad Fauchet (que era uno de ellos) lo puede contar, ¡con qué coraje casi sobrehumano de benevolencia! (benevolence). Éstos ondean la bandera de la ciudad en el portón arqueado y aguantan quietos, tocando el tambor, pero no sirve de nada. En semejante Día del Juicio final, De Launay no puede oírlos ni tampoco se atreve a creerlos: ellos regresan con una rabia justificada mientras el silbido del plomo aún canta en sus oídos. ¿Qué hacer? Los bomberos están aquí lanzando chorros de agua con sus mangueras sobre el cañón de los Inválidos para empapar los respiraderos del arma. Desgraciadamente no pueden echar agua tan alto, de modo que sólo producen nubes pulverizadoras. Los individuos con conocimientos clásicos proponen las catapultas. Santerre, el ruidoso fabricante de cerveza del suburbio San Antonio aconseja más bien incinerar el lugar mediante una mezcla de fósforo y de aceite de aguarrás que salga a chorro hacia arriba mediante mangueras de fuerza: ¡Oh, Spinola-Santerre, ¿tienes preparada la mezcla [168/169]? ¡Que cada hombre sea su propio ingeniero! Y aun así, el diluvio de fuego no lo abate: incluso las mujeres están disparando y los Turcos: por lo menos una mujer (con su amado), y un Turco. Los Guardias franceses (Gardes Françaises) han llegado: verdaderos cañones, verdaderos cañoneros. El ujier Maillard está ocupado; Elie y Hulin, ambos a medio sueldo, se enfurecen en medio de miles de personas.

¡Con qué imperceptibilidad late el gran reloj de la Bastilla, allí en su patio interior, tranquilamente, hora tras hora!, ¡como si nada especial para él o para el mundo, estuviera pasando! Repicó la una cuando comenzó el fuego, y ahora está señalando su camino hacia las cinco cuando todavía el fuego no ha apagado su sed. Mucho más abajo, en sus celdas abovedadas, los siete prisioneros escuchan un fragor amortiguado; las llaves de seguridad replican vagamente.

¡Ay de ti, De Launay y de tus pobres cientos de Inválidos! Broglie está lejos y sus oídos son pesados: Besenval lo oye, pero no puede enviar ayuda. Una pobre tropa de Húsares avanza a rastras, haciendo cautamente un reconocimiento a lo largo del muelle hasta llegar a Pont Neuf. “Hemos venido a unirnos a vosotros”, dice el capitán, puesto que la multitud parece ilimitada. Un individuo enano de gran cabeza, con un aspecto difuminado por el humo, camina hacia adelante arrastrando los pies, abriendo sus labios azules, ya que tiene sensatez, y grazna: “¡Bajaos entonces de ahí y levantad los brazos!” El capitán de los Húsares se siente demasiado feliz de ser escoltado hasta las barreras y de obtener permiso para salir en libertad condicional. ¿Quién es el individuo que está agazapado? Los hombres contestan, ¡es el señor Marat, autor del excelente y pacifista Aviso al pueblo ¡Gran verdad!, ¡Oh, tú, admirable perrosanguijuela! ¡Éste es tu día de emergencia y renacimiento, y sin embargo este mismo día dentro de cuatro años— ! Pero dejemos que las cortinas del futuro caigan.

Pero, ¿qué hará De Launay? Sólo una cosa habría podido hacer De Launay: lo que dijo que haría. Imaginadlo sentado desde el principio con un cirio encendido a un brazo de distancia del almacén de pólvora, inmóvil como el anciano senador romano, sosteniendo una lámpara de bronce, advirtiendo fríamente a Thuriot y a todos los hombres mediante un ligero movimiento de sus ojos sobre cuál era su resolución: inofensivo se sentó allí mientras permanecía ileso, pero la Fortaleza del monarca, entretanto, no podía, podría, sería ni debería bajo ningún concepto entregarse a menos que lo comunicara el mensajero del rey. Puesto que la vida de un anciano no vale la pena, debe perderse con honor, pero ¡pensad, vosotros canalla alborotadora (canaille), lo que ocurrirá cuando toda la Bastilla vuele por los aires! En semejante actitud escultural y sosteniendo una vela, uno se imagina lo que habría sucedido si De Launay hubiera dejado a Thuriot, a los clérigos rojos de la Basoche, al cura de San-Esteban [169/170] (Curé) y a toda la chusma del mundo, hacer lo que quisieran.

Y sin embargo y a pesar de todo, no pudo hacerlo. ¿Has considerado hasta qué punto el corazón de cada hombre responde tan trémulamente a los corazones de todos los hombres? ¿Te has percatado cuán omnipotente es el mismísimo sonido de numerosos hombres? ¿Cómo su grito de indignación paraliza al alma fuerte, su aullido de ofensa se marchita con punzadas de dolor no sentidas? El caballero Gluck confesó que la esencia del pasaje más noble en una de sus óperas más nobles fue la voz del populacho que él había escuchado en Viena, chillando al Kaiser: ¡Pan! ¡Pan! Grande resulta la combinación de las voces de los hombres; la articulación de sus instintos que son más verdaderos que sus pensamientos: es lo más grande con lo que un hombre se encuentra de entre los sonidos y las sombras que conforman este mundo del tiempo. Aquel que puede resistir esto, conserva su apoyatura más allá del tiempo, pero De Launay no pudo hacerlo. Distraído, revolotea entre las dos decisiones: tiene esperanzas en medio de la desesperación; no entrega su fortaleza; declara que la hará saltar por los aires, coge antorchas para llevarlo a cabo, pero no lo lleva a efecto. ¡Infeliz, anciano De Launay, es la agonía de la muerte de tu Bastilla y de ti mismo! La cárcel, el encarcelamiento y el encarcelador, los tres, tal y como era de esperar, deben finalizar.

Ahora hace cuatro horas que el manicomio del mundo ha estado bramando: ¡llámalo la quimera del mundo (Chimera) escupiendo fuego! El pobre Hotel de los Inválidos se han hundido bajo sus almenas o sólo han emergido con sus mosquetes invertidos: han fabricado una bandera blanca con pañuelos, han estado dando la señal con el tambor para negociar (chamade), o al menos parecía que estaban tocándolo porque no se escucha nada. Hasta los mismos mercenarios suizos (Swiss) de la puerta fortificada miran cansados de disparar, descorazonados en medio del diluvio de fuego: una tronera se abre en el puente levadizo, como por alguien que quisiera hablar. ¡Mirad al ujier Maillard, el hombre deshonesto! Sobre su tablón, balanceándose por encima del abismo de la zanja de piedra; un tablón que descansa sobre un parapeto, equilibrado por el peso de los patriotas, está suspendido peligrosamente: ¡semejante paloma aproximándose hacia semejante arca! Con destreza, tú, hombre tramposo: ¡un hombre ya cayó y yace aplastado allá abajo al estrellarse contra la estructura de piedra! El ujier Maillard no se cae; hábilmente camina sin errar con una palma completamente extendida. El suizo sostiene un papel a través de la tronera; el deshonesto ujier se lo arrebata de la mano y regresa. Términos de capitulación: ¡Perdón e inmunidad para todos! ¿Son aceptados? “Foi d' officier, Palabra de oficial”, contesta el a medio sueldo Hulin, o el a medio sueldo Elie, puesto que los hombres no están de acuerdo, “¡Son aceptados!”. Se hunde el puente levadizo, el ujier Maillard está quitando los cerrojos cuando [170/171] se precipita en su interior el diluvio humano: ¡La Bastilla ha caído! ¡Victoria! ¡La Bastilla ha sido tomada! ¡Victoire! ¡La Bastille est prise! *

*Historia de la Revolución, Histoire de la Révolution, de Deux Amis de la Liberté, i. 267-306; Besenval, iii. 410-434; Dusaulx, La toma de la Bastille, Prise de la Bastille, 291-301; Bailly, Memorias (Colección de Berville y de Barrière, Mémoires (Collection de Berville et Barrière), i. 322 et seqq. [nota de Carlyle].

Capítulo VII. No una revuelta

¿Por qué detenernos en lo que sigue? La palabra de oficial de Hulin debería haberse mantenido, pero no fue así. El suizo permaneció completamente erecto, disfrazado con un guardapolvos blanco de lona. Los Inválidos sin disfraz; sus brazos, todos apilados frente al muro. El primer arrebato de victoria les deja extasiados al percibir que el peligro de muerte ha pasado, 'saltando alegremente sobre sus cuellos', pero nuevos vencedores se apresuran y tras ellos otros nuevos, también extasiados aunque no totalmente de alegría. Como dijimos, era un diluvio vivo que se sumergía de cabeza: de no haber sido por los Guardias franceses con su actitud fría y militar 'girando dando vueltas con los brazos nivelados', éste se habría zambullido accidentalmente, a cientos o a miles, dentro del foso de la Bastilla.

Y así, dicho diluvio se hunde por los patios y los pasillos, surgiendo en oleadas incontrolables, disparando desde las ventanas sobre sí mismo: en el furor ardiente del triunfo, de la pena y de la venganza por haber sido masacrado. El escenario pinta mal para los pobres Inválidos; un suizo, que corre escapándose vestido con su guardapolvos blanco, es conducido de vuelta con una estocada mortal. ¡Que todos los prisioneros marchen hacia el ayuntamiento para ser juzgados! ¡Ay, ya a un pobre Inválido se le ha cortado la mano derecha! Todo su cuerpo es arrastrado hasta la Plaza de Grève, donde es ahorcado. Se dice que esta misma mano derecha hizo que De Launay regresara del almacén de pólvora, salvando París.

De Launay, 'descubierto en un sallo gris con una cinta de color amapola' busca suicidarse con la espada de su bastón. Marchará al ayuntamiento; Hulin, Maillard y otros escoltándolo; Elie marcha el primero 'con el documento de capitulación en la punta de su espada', ¡atravesando rugidos y maldiciones, atropellos, firmes agarradas y finalmente golpes! Tu escolta se hace a un lado, es derribada; Hulin se hunde exhausto bajo un montón de piedras. ¡Miserable De Launay! Nunca entrará en el ayuntamiento: sólo la 'cola sangrienta de su pelo que una mano sangrienta sostiene será la que entre como una señal. Su tronco sangrante yace allí [170/171] sobre las escaleras; la cabeza ha sido separada y paseada por las calles espantosamente, en lo alto de una pica.

El riguroso De Launay ha fallecido gritando, “¡Oh, amigos, matadme rápido!” El misericordioso De Losme debe morir y aunque la Gratitud le abraza en esta hora temible y morirá por él, de nada le sirve. ¡Hermanos, vuestra ira es cruel! Vuestra Plaza de Grève se ha convertido en la garganta de un tigre, llena de meros y fieros bramidos y de sed de sangre. Otro oficial es masacrado, otro Inválido ha sido ahorcado en una farola de hierro; con dificultad, con una perseverancia generosa, los Guardias franceses salvarán al resto. El preboste Flesselles, afectado desde hace mucho con la palidez de la muerte, debe descender de su asiento (¡para ser juzgado ante el Palacio real!), para ser fusilado por una mano desconocida ¡al girar la primera calle!

¡Oh, tarde soleada de julio!, ¡Cómo a esta hora tus rayos caen oblicuamente sobre los segadores en medio de los calmos campos leñosos, sobre ancianas mujeres hilando en sus casitas, sobre los barcos en el océano silencioso, sobre los bailes en la Orangerie de Versalles donde las damas de palacio, con fuertes coloretes, están ahora incluso bailando con los oficiales Húsares que llevan chaqueta doble!, y también, ¡sobre los rugidos del porche infernal del ayuntamiento! Ni incluso la Torre de Babel con la confusión de lenguas fue un manicomio al que se añadió una conflagración de pensamientos ni tampoco un modelo para ello. Un bosque de acero distraído se encrespa ilimitado delante de un Comité electoral; se señala a sí mismo en horribles radios en contra de éste y del otro pecho acusado. Eran los Titanes guerreando con Olimpo, y ellos, sin apenas dar crédito, han ganado: prodigio de prodigios; delirante, como no podría sino ser. Denuncias, venganzas: resplandor de triunfo sobre el suelo oscuro del terror; ¡todas las cosas externas e internas caídas en un naufragio general de locura!

¿Comité electoral? Si tuviera miles de gargantas de bronce, no serían bastantes. El abad Lefevre, allá abajo en las celdas abovedadas está tan negro como Vulcano distribuyendo ese 'peso de cinco mil barriles de pólvora': ¡con qué peligrosidad, durante estas cuarenta y ocho horas! Ayer por la noche, un patriota, bebido, insistía en sentarse a fumar en el borde de uno de los barriles de pólvora. Allí fumó, ajeno al mundo, hasta que el abad 'le compró su pipa por tres francos' y la arrojó lejos.

Elie, en el gran Hall, el Comité electoral mirando, está sentado 'con la espada desenvainada curvada en tres lugares'; con el timón magullado, puesto que pertenecía al regimiento de caballería de la reina; con el uniforme del regimiento desgarrado [172/173], con la cara chamuscada y sucia; comparable, algunos piensan, a un antiguo guerrero, juzgando al pueblo, formando una lista de héroes de la Bastilla. ¡Oh, amigos, no manchéis de sangre los laureles más verdes que jamás se han ganado en este mundo!: tal es el peso de la canción de Elie que no podría sino escucharse. ¡Valor, Elie! ¡Valor, vosotros, electores municipales! Un sol que declina, la necesidad de provisiones y de contar noticias aportará apaciguamiento, dispersión: todas las cosas terrenales deben acabar.

Por las calles de París circulan los siete prisioneros de la Bastilla, portados a la altura de los hombros, siete cabezas sobre picas; las llaves de la Bastilla, y mucho más. Ved también a los Guardias franceses marchando a casa hacia sus barracones con su firme paso militar, una vez que los Inválidos y los suizos permanecen amablemente encerrados en la plaza vacía. Ha pasado un año y dos meses desde que estos mismos hombres se quedaran sin participar con Brennus d'Agoust en el Palacio de justicia, cuando el destino alcanzó a D'Espréménil; y ahora, han participado y participarán. No Guardias franceses a partir de ahora, sino Granaderos de la guardia nacional: hombres con una disciplina y un humor de hierro, ¡no carentes de algún tipo de pensamiento en ellos!

De la misma manera, las piedras de la sillería de la Bastilla continúan resollando de furia durante la caída de la tarde; los papeles de sus archivos volarán blancos. Los antiguos secretos se expondrán a la vista de todos y la desesperación durante tanto tiempo enterrada hallará voz. Leed el fragmento de una antigua carta*: 'Si para mi consuelo Señor', pudiera concederme por Dios y la más sagrada Trinidad, noticias sobre mi querida esposa; ¡si su nombre apareciera en una tarjeta para mostrarme que está viva! Sería el mayor consuelo que podría recibir y bendeciría eternamente la grandeza de usted, Señor”. Pobre prisionero, que te llamas Quéret-Démery y que no tienes otra historia, ¡ella ha muerto, esa querida esposa tuya, y tú has muerto! Hace cincuenta años que tu quebrantado corazón hizo esta pregunta, para ser escuchado ahora en primer lugar y hace mucho tiempo, en los corazones de los hombres.

Pero el ocaso de julio se hace más espeso y así debe ocurrir con París a medida que los niños enfermos y todas las criaturas distraídas se agitan hasta finalmente caer en una especie de sueño. Los electores municipales, sorprendidos de ver que sus cabezas aún ocupan el rango más elevado, están en casa: sólo Moreau de Saint-Méry, de corazón y nacimiento tropical, con una capacidad de juicio de lo más frío, él, junto con otros dos [173/174], permanecerá sentado en el ayuntamiento. París duerme, brilla por encima de la ciudad iluminada. Las patrullas se siguen enfrentando sin una contraseña común, hay rumores, alarmas de guerra hasta el punto de que 'quince mil hombres marchan a través del suburbio San Antonio', por donde nunca nadie pasó haciendo guardia. Juzguemos la distracción del día por la de la noche: Moreau de Saint-Méry, 'antes de levantarse de su asiento, dio tres mil órdenes'. ¡Qué cabeza, comparable a la cabeza de bronce del fraile Bacon (Friar Bacon's Brass Head)! Dentro de ella yace todo París. Rauda debe ser la respuesta, sea correcta o incorrecta. En París no existe ninguna otra autoridad. Seriamente, una cabeza de lo más ecuánime y clara, gracias a la cual tú también, ¡Oh, valiente Saint-Méry!, con tus numerosas capacidades desde la del augusto Senador hasta la del oficinista del comerciante, el tratante de libros, el vicemonarca, y en numerosos lugares, desde Virginia hasta Sardinia, encontrarás siempre empleo como hombre atrevido que eres.**

Besenval ha desacampado bajo la nube del ocaso, 'entre una gran afluencia de gente' que no le hizo daño. Marcha durante toda la noche con un paso cada vez más cansado por la orilla izquierda del Sena hacia abajo, hacia el espacio infinito. Benseval, volverá a ser llamado para ser juzgado con una absolución difícil. Las tropas de su rey, sus Alemanes reales, se han ido para siempre de aquí.

El baile y la limonada en Versalles se ha terminado; la Orangerie está en silencio con la excepción de los pájaros nocturnos. Por encima de la Sala de los menús, el vicepresidente Lafayette, con candelas a las que no se les han quitado las pavesas, 'con cerca de cien miembros más o menos, extendidos sobre las mesas a su alrededor', se sienta erecto, observando excesivamente el Oso. En este día, una segunda delegación solemne fue a ver a su Majestad; una segunda y después una tercera sin ningún resultado. ¿Cuál será el fin de esto?

En la corte, todo es un misterio en el que no están ausentes los susurros de terror, aunque vosotras soñáis con limonada y charreteras, ¡vosotras, estúpidas mujeres! Su Majestad, mantenido en una ignorancia feliz, quizá sueña con dobles encañonaduras y con los bosques de Meudon. A altas horas de la noche, el duque de Liancourt con derecho oficial para entrar, consigue el acceso a los aposentos reales y desenfunda, con una claridad fervorosa, siguiendo su estilo constitucional, las noticias de su trabajo. “Pero”, dijo el pobre Luis, “es una revuelta, ¡ciertamente, es una revuelta!”. “Señor”, contestó Liancourt, “no es una revuelta, es una revolución”.

*Fechado en la Bastilla, el 7 de octubre de 1752, firmado por Queret-Demery. La Bastilla desvelada, Bastille Dévoilée; en Linguet, Memorias de la Bastilla, Mémoires sur la Bastille (París, 1821), p. 199. [nota de Carlyle].

**Biografía universal, Biographie Universelle, Moreau Saint-Méry (por Fournier-Pescay), [nota de Carlyle].

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Modificado por última vez el 18 de agosto de 2004; traducido el 31 de julio de 2012