["Las primeras biografías de Lewis Carroll" se ha adaptado con el permiso del autor y el editor del capítulo de apertura de In the Shadow of the Dreamchild por Karoline Leach (London: Peter Owen Ltd, 1999). Traducción de Adriana Osa revisada y editada por Esther Gimeno y Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow.]

The Life and Letters of Lewis Carroll [N. de T. : Vida y cartas de Lewis Carroll] fueron publicadas en diciembre de 1898. Se trataba no sólo de la primera biografía, sino también de la oficial ya que fue escrita por su propio sobrino, Stuart Dodgson Collingwood. Se convirtió en la única biografía durante aproximadamente treinta y cuatro años.

Stuart Collingwood era hijo de la hermana más joven de Dodgson, Mary. Asistió al colegio universitario de Oxford Christ Church, y seguramente coincidió en múltiples ocasiones con su tío antes y después de esta estancia. Al escribir la biografía tuvo acceso a todos los documentos privados y al total de trece volúmenes que conformaban el diario privado de Dodgson, comenzado en 1853 y que conservó hasta su muerte. Todo esto debería haber contribuido a que su libro se convirtiera en una autoridad intachable. La realidad, sin embargo, es bien distinta.

Los Dodgson eran una familia sumamente recelosa, incluso si se la compara con una época tan reticente como la victoriana. La familia consideró su deber proteger a su famoso pariente de la inquisición pública. Collingwood tenía algunas aspiraciones literarias, pero un estilo de prosa demasiado ampuloso. Probablemente también estaba estrictamente controlado por sus seis tías, señoras devotas, cristianas y muy preocupadas por la reputación de su hermano fallecido. Por lo tanto, no debe asombrar que el libro resultante fuera superficial y laudatorio. También se trataba de dar al público el Lewis Carroll que reclamaban; era conciliador, pero también se esforzó por ser popular. Después de todo, se trataba también del salto a la fama tan ansiado por Collingwood. Había albergado aspiraciones literarias durante algún tiempo, y ésta era su oportunidad de establecerse en el mundo de las letras. Podemos estar seguros de que él pretendía que fuera un éxito.

Todas estas consideraciones significaron que no había ningún incentivo para cavar buscando las debilidades del ídolo ni para exponer datos demasiado objetivos. Una atractiva anécdota ensartada junto con un elogio era la fórmula perfecta. Y es lo que The Life and Letters of Lewis Carroll dieron al público que lo compró en la Navidad 1898.

En sus más de 400 páginas había muy poco que pudiera considerarse biográfico en el sentido actual de la palabra. Se podía leer sobre Charles Dodgson de niño construyendo un tren de juguete en el jardín de la Rectoría de su padre, realizando trucos de magia, y llevando una vieja bata y una peluca. Es una anécdota encantadora e informativa a su modo, pero se encuentra muy lejos de ser un análisis exhaustivo. El libro resumió la adolescencia de Dodgson en tres líneas, sólo asegurando a los lectores que estuvo marcada por “una dignidad calmada que le salvaguardó de las típicas tonterías de la edad”. En armonía con la expectación popular, se afirmaba que el Carroll adulto vivió casi como un santo, siempre tranquilo, piadoso, resignado y caritativo: “ninguna circunstancia exterior podía perturbar la tranquilidad de su mente”.

Con un fin indefectiblemente moral, se evitó cualquier tosquedad y se afirmaba que Dodgson llevaba una vida rutinaria y abstemia ("siempre se levantaba a la misma hora" y "siempre fue muy abstemio"), ya que no tomaba nada para almorzar que no fuera "un vaso de vino y una galleta". Collingwood endulzó este retrato tan espartano con unos simples toques excéntricos. Así, se definía a Lewis Carroll como "el más puntilloso de los solteros" y que nunca llevó un sobretodo aunque hiciera frío, y que "sentía una aversión por los niños varones que rozaba el terror". Supuestamente se impuso a sí mismo una regla para no aceptar invitaciones a cenar y "siempre" llevaba un sombrero de copa. (46, 109, 265-71, 335, 389-90).

Esto último es un buen ejemplo de cómo nuestra mente tiende a crear las imágenes que se le dice. Dodgson bien pudo haber llevado un sombrero de copa "siempre" –un gran número de hombres de su posición y época hacían lo mismo. Sin embargo, este hábito casi universal de la pequeña nobleza victoriana, adoptado por todo hombre de Wilde a Gladstone, se convierte en este caso en una insignia de una ranciedad indefinible, como si fuera un axioma del carácter de Dodgson el llevar "siempre" un sombrero de copa: en la cama, en el baño, hasta, probablemente –si hubiera nacido un siglo más tarde– en Brixton.

Pero la contribución de Collingwood más significativa y que, a largo plazo, más contribuyó a los estudios de Carroll fueron los dos capítulos que dedicó a las child friends <N. de T.: "niñas-amigas", término aparentemente acuñado por el mismo Carroll para referirse a sus amigas y que ha conducido al error de pensar que todas eran niñas pequeñas>): las últimas setenta y dos páginas se centraban en varias relaciones que Dodgson tuvo con ellas. Y cuando contrastamos esto con el fracaso completo de Collingwood de desarrollar cualquier otro aspecto de la vida social de Dodgson más allá de un ámbito superficial (sus amistades antiguas con Rossetti, Millais, Arthur Hughes y otros artistas de la época fueron resumidos en un único párrafo en la página 102), se hace patente que el primer objetivo de Collingwood fue no tanto arrojar luz sobre el corazón y el alma de su tío sino crear una imagen artificial. Lewis Carroll fue visto ya como un elemento que pertenecía a los más pequeños. Incluso cuando Dodgson aún vivía, su leyenda siempre tenía este cariz; de hecho, el mismo Dodgson había ayudado a perpetuar esta imagen, por su propia adopción consciente de la imagen de Carroll. Era el aspecto de su vida sobre el cual los victorianos más querían saber, lo que se debe especialmente a la obsesión general con la naturaleza de la infancia. Al dedicar un sexto libro a este tema, Collingwood alimentaba conscientemente un apetito existente. El hecho de que escribiera especialmente para unos lectores específicos puede observarse en el cuidado que derrochó para asegurarse de que su historia de las "niñas-amigas" concordaba con la expectativa pública más que con los hechos reales.

El estilo exagerado y bastante sentimental de estos capítulos contrasta con el resto del libro. Estaba entusiasmado con lo que él consideraba lo bello y puro de estas amistades, describiéndolas como "el lado más bello de la personalidad de Carroll". Plasmó varias citas de cartas chistosas, tiernas y afectuosas que había enviado a distintas muchachas.

Lo que no hizo nunca fue indicar la edad de estas "niñas". Sin embargo, por el tono general de sus comentarios daba la impresión de que se trataba de muchachas muy jóvenes. De hecho, en cierta ocasión se declaraba expresamente que “en muchos de los casos, estas amistades cesaban con el fin de la infancia”. Collingwood mencionó una sola excepción: la relación con Kathleen Eschwege, que él describió como “el tipo de amistad [es decir, con una mujer adulta] que siempre deseó y que tan pocas veces pudo conseguir”. La implicación estaba clara — las amistades con mujeres adultas no formaron casi ninguna parte de la vida de este soltero abnegado (360, 367, 413).

Esto era una distorsión de los hechos, y no podemos dudar que Collingwood fuera totalmente consciente de ello. Las relaciones de Dodgson con mujeres habían sido una fuente de habladurías en Oxford durante treinta años. La propia madre de Collingwood había escrito una carta preocupada a Dodgson sobre la situación en 1893. El mismo Collingwood había asistido a Oxford a finales de los años 1880, cuando los rumores eran constantes. Casi con total seguridad podría haber dicho la verdad; sin embargo, no es difícil adivinar por qué eligió no hacerlo.

Las historias de las escapadas de Lewis Carroll a la costa con mujeres no acompañadas no habrían sido muy populares en la sociedad victoriana de clase media, a la que pertenecía el mayor número de lectores de Collingwood. Simplemente, no era algo que se quisiera saber sobre el autor de Alice. La familia Dodgson se sentía muy incómoda con los comentarios que tales episodios habían suscitado y estaban interesados en acabar de una vez por todas con las habladurías. Admitir la verdad, confesar por escrito que Lewis Carroll había cenado y había pasado las vacaciones tźte ą tźte con señoritas, que pasaba las noches en casas de viudas o, incluso, de mujeres casadas mientras sus maridos estaban lejos, habría sido equivalente admitir que él fue un fornicador o hasta un adúltero. Simplemente, eso no podía ocurrir.

La manera en la cual la familia decidió tratar el asunto era una respuesta muy victoriana a un problema moral. Como veremos más adelante, la moral sexual victoriana era casi una imagen especular de la nuestra actual. Aunque la pornografía infantil y la pedofilia existieran, este hecho no había llegado aún al conocimiento de la mayoría moral. El axioma del tiempo era que una muchacha se convertía en sexualmente activa a la edad de catorce años. Una vez llegada a esta edad, era capaz de atraer el deseo sexual; antes de aquella edad tal cosa era impensable en una sociedad decente. El resultado de tal concepción fue que, mientras que un soltero que abiertamente se relacionaba con muchachas de catorce, dieciséis o veinte años era sospechoso de intención o actividad sexual, un soltero que centraba sus atenciones en muchachas por debajo de la edad estipulada sería generalmente percibido como "inocente".

Ésta es la razón que está detrás de las ingenuas tentativas de la familia de Lewis Carroll de presentar a sus amigas como menores de catorce años. El hecho de que se trata de una manipulación se puede comprobar en que entre las cartas seleccionadas cuidadosamente por Collingwood, casi la mitad de tenían como destinataria a muchachas por encima de los catorce años, y más de un cuarto estaban dirigidas a mujeres de dieciocho años de edad o más. Por lo tanto, incluso tomando como referencia la fuente principal, la idea de la obsesión de Dodgson por niñas prepubescentes hace aguas.

Collingwood no contrastó ninguna opinión ni utilizó ninguna fuente para apoyar sus ideas. Siguiendo el espíritu de la época, hacer tal cosa hubiera sido poco caballeroso. Su libro, al igual que tantas otras biografías victorianas, nunca trató de reflejar ninguna 'realidad'. Él había conocido a su tío, con lo que tenía que haber sido consciente de que nunca fue un modelo de sobriedad, frugalidad ni de madrugador empedernido como fue presentado para el consumo público. Collingwood sabía — como las pruebas ahora nos muestran— que su tío Charles era famoso entre sus amigos por despertarse muy tarde, que solía estar malhumorado y ser irrazonable, egoísta y testarudo. Sabía que su tío Charles vivió una vida artística que a veces sobrepasaba los mismos bordes de la respetabilidad, que él había disfrutado de muchas amistades muy poco ortodoxas, y él probablemente sabía más sobre aquellas amistades que cualquier biógrafo moderno posiblemente podría. Él sabía que nadie que fuera "realmente abstemio" tomaría un almuerzo predominantemente líquido cada día. Pero él no escribía sobre su tío Charles; escribía sobre Lewis Carroll, y relató la historia que todo el mundo quería oír.

La primera edición de su libro se vendió en un mes. Hacia el final de 1899, un cuarto estaba ya impreso. Reflejaba lo que sus lectores victoriano de clase media querían: un personaje relajado, deliciosamente excéntrico y asombrosamente original, lo que proporcionó el núcleo de toda biografía subsecuente durante el siguiente siglo. Pronto contó con apoyo en sus opiniones más importantes con la publicación de un pequeño libro titulado de modo atractivo The Story of Lewis Carroll, by the Real Alice in Wonderland <N. de T.: La historia de Lewis Carroll por la verdadera Alicia en el País de las Maravillas>.

Publicado unos meses después que la biografía de Collingwood en 1899, este libro fue escrito no por Alice Liddell, que en los ojos de la mayoría era la única "verdadera" Alice, sino por Isa Bowman, una actriz. El título estaba basado en el hecho de que ella fue la que — gracias a la influencia de Dodgson — obtuvo el papel de Alice en el escenario. Su libro era una memoria de su relación con su "tío" y benefactor.

En contraste con el estilo bastante mastodóntico de Collingwood, el libro de Bowman era un relato agradable y emocional de las experiencias una “niña” que había convivido con Lewis Carroll y que, a la vez, era bastante plausible. Con unas cuantas pinceladas rápidas dibujó un cuadro de un hombre encantador, excéntrico y apasionado. Aunque algunos de sus retratos parecen proceder de una imagen rancia del típico genio excéntrico (no podía tener simplemente un par de guantes grises y negros, sino que, como ocurría con su sombrero de copa, debía llevarlos "siempre"; tampoco podía visitar al dentista alguna vez, sino que tenía la necesidad de ir "casi diariamente"), logró a pesar de todo comunicar los detalles de su vida con él con un calor y diligencia de los que carece por completo la biografía oficial.

Las tardes de invierno a la luz de la lumbre que ella pasó con él, cuando, mirando sus ojos, ella se sintió llena "de amor y reverencia"; un momento de furia a causa de una caricatura que ella dibujó de él y que él lanzó como un loco al fuego, y luego el posterior abrazo de perdón; los viajes en tren y vacaciones en la playa, los paseos por Beachy Head y las galletas para el té; el entrelazar las manos mirando las doradas puestas de sol en la cumbre de acantilado, cuando en una ocasión ella vio lágrimas en sus ojos. Él parece revivir con la viveza alarmante de algunos de sus esbozos relampagueantes. Y aún siendo diferente a la biografía de Collingwood en estilo y aptitud dramática, hay ciertos aspectos importantes los unen. Ambos se encuentran claramente bajo la influencia de su época y de la expectativa pública. Y ambos pretenden — aunque por motivos ligeramente diferentes — seguir alimentando esa expectativa en vez de presentar una verdad inequívoca.

Esto ocurre al tratar con las relaciones de Dodgson con el sexo puesto. Collingwood presentó estas relaciones como si se circunscribieran a niñas prepubescentes. Bowman ayudó a consolidar esta idea en la opinión pública presentándose a sí misma como una niña apenas en la pubertad. Su libro llegaba a ser empalagoso en exceso cuando trataba el tema de "la niña y el solemne profesor", el profesor que nunca tuvo valor para adentrarse en el mundo adulto y que sólo perdía su tartamudeo en compañía de niños. De hecho, en cierta ocasión — cuando describe sus riñas y sus posteriores reconciliaciones "apasionadas" — ella dice expresamente que tenía "no más de diez u once años". (Interviews and Recollections, 89-102.)

Esto llama la atención, ya que Isa Bowman tenía trece años cuando conoció a Dodgson. Cuando él pagó sus lecciones de interpretación y pasaba con ella las vacaciones, ella se encontraba en plena adolescencia, cuando compartieron alojamiento en Eastbourne ella se acerba a la veintena. La imagen encantadora de "la niña y el solemne profesor" es por lo tanto una tergiversación deliberada. No era una niña que andaba de la mano con él por el prado del Christ Church; no era una niña que él besara de manera "apasionada" buscando su perdón. Independientemente de lo que ocurrió entre ellos, independientemente de la verdad que había detrás de los cuadros de tardes a la luz de la lumbre y paseos en la puesta de sol, cualquier tensión emocional, romántica o sexual que hubiera entre ambos, se trataba de una tensión entre un hombre de mediana edad y una mujer joven muy por encima de la edad marcada por la sociedad.

Esta relación no habría sido bien acogida por la sociedad de 1899. Por estas fechas, Bowman era una actriz famosa y esta fama se debía, en gran medida, a un hombre que a ojos poco amistosos podría parecer "un protector". Independientemente de la verdad de su relación, aunque ella realmente pasara cada noche bajo su azotea sola en su propia cama; aunque él realmente pagara su ropa, su clases de canto y dicción para ayudarla a construir una carrera por el inocente motivo de creer en su talento, Bowman lo hubiera tenido difícil para convencer a otra persona. Las circunstancias la habrían condenado. Incluso el nombre con el que se refería a él — “tío” — que tiene un significado determinado cuando lo usa un niño, tiene un significado totalmente distinto en el contexto de su verdadera edad. El apelativo de 'tío' era el eufemismo victoriano para un amante mayor y rico. El mundo exterior habría leído la historia de su verdadera relación como una forma de admitir que esto era exactamente que Dodgson había sido para Bowman.

Considerando las convenciones del tiempo, es fácil entender por qué Bowman decidió moldear la verdad de sus recuerdos, buscar una popularidad fácil y hacerse una de las famosas little girls de Lewis Carroll. Probablemente su intención fue la de proteger su reputación; de hecho, junto con Collingwood ella ayudó a establecer y propagar una ficción duradera y poderosa.

Estos dos trabajos — los de Bowman y Collingwood — confirmaban a la vez que eran la confirmación del poder del mito que se estaba fraguando, y ellos fueron los responsables de rematar la imagen que se había de dar de Lewis Carroll. Ellos tomaron en sus manos una verdadera vida y la limpiaron de todas sus sombras, sus contradicciones, sus misterios, su edad adulta. Lo que dejaron atrás estaba incompleto, se trataba casi de una caricatura, pero era lo que la sociedad quería oír.

No es de sorprender que, al pasar los años, proliferaran memorias de solterones de sombreros de copa y guantes grises y negros que eran excéntricos y quejumbrosos o encantadores con las little girls en la playa. Muchos eran probablemente imaginarios –o, al menos, estaban fuertemente inspirados en relatos populares–, pero esto no importó demasiado. Quizás tales imágenes populares también plagaban la biografía Carroll. El problema es que no había nada más. Había voces discordantes, como la de su vieja amiga Bea Hatch, que recordaba al público que algunas de sus child-friends eran realmente “mujeres casadas con hijos propios”; y Anne Thackeray –cuya curiosa relación con Dodgson ha sido víctima del mismo mito de Carroll– pidió que su bondad hacia “los niños adultos” no fuera olvidada. Sin embargo, parece ser que pocos escucharon lo que tenían que decir y nadie quiso recordar (Interviews and Recollections, 102, Hudson, 8).

Incluso pareció que algunos de aquellos que le habían conocido bien sucumbieron al magnetismo de la creencia colectiva. Su vieja amiga la actriz Ellen Terry había sido bastante tolerante al aceptar entretener un gran número —y, posiblemente, confuso — de amigas de Dodgson en el teatro. “Quizá pueda decirme quién es esta joven”, observó en una ocasión, y siendo informada de que ya le había sido presentada la muchacha de diecisiete años dos veces aquel día, exclamó ácidamente — “ŃQué error más estúpido! Creía que al Sr Dodgson lo acompañaban dos señoritas” (Letters, I, 479)".

No obstante, Terry se dejó persuadir para dar clases de dicción a su "querida Isa", y ayudó a otras de sus novias aspirantes a actriz. Pero en su autobiografía —escrita sólo unos años después de la muerte de Dodgson — no dio cuenta de ninguno de estos episodios. En cambio, se acordaba muy bien de las niñas, y con una timidez increíblemente inusitada afirmaba que aquel su "querido Sr Dodgson" estaba tan “encantado conmigo como lo podía estar con cualquier mayor de diez años”. Esto era pura invención y ella obviamente lo sabía. Pero, ¿por qué molestarse por una simple línea? ¿Acaso tenía algo relacionado con sí misma que ocultar sobre él? ¿O había comenzado francamente a recordarle de ese modo? (Interviews and Recollections, 240).

Esto implica que había algo extraordinario y poderoso en todo lo que rodeara la preservación de la memoria de este hombre. Esta observación tan citada de Terry no era más que una cita jugosa basada en un cliché; ni siquiera era verdad. Sin embargo, ella misma podía no haber sido consciente de ello.

Al comenzar el nuevo siglo, el mito de las child-friends –como las veía la posteridad pero nunca fueron– destacaba sobre cualquier otro aspecto de la existencia de Dodgson. Cada niña que le hubiera conocido alguna vez, aunque fuera superficialmente, quiso dejar su nombre como una de las elegidas; contar su propio cuento de magia y dulzura, ganarse su propio trocito de inmortalidad, como si fueran las vestales de una nueva religión. Aquellos que le habían conocido superficialmente afirmaron haberle conocido bien; aquellos que habían coincidido con el alguna vez en un tren, o pensaron que podría haber sucedido, o deseaban que hubiera sucedido, convirtieron este encuentro casual en un punto de inflexión en sus vidas, y columnas enteras de periódicos sumaban sus voces en un himno clamoroso por San Lewis. Al transcurrir los años y distanciarse los recuerdos, éstos se vieron aún más sumergidos en el mito; las imágenes del héroe se volvieron más uniformes y unidimensionales.

Un ejemplo es la memoria de Ruth Gamlen, escrita en 1953, cuando ella teína aproximadamente 70 años. En 1892 se convirtió brevemente en una de las child-friends, y sus padres fueron invitados a cenar con Dodgson e Isa Bowman, que por aquel entonces se alojaba con él. Una Ruth ya mayor recordaba con gran detalle la descripción que hicieran sus padres de la niña "de 12 años" y tímida que se habían encontrado durante la comida, y sus propios encuentros posteriores con la "pequeña niña" que era la compañera de Dodgson (Interviews and Recollections, 160). Convincente — salvo que en 1892 Isa tenía 18 años y sin duda era ya toda una mujer. Su estancia con Dodgson causó otra ráfaga de habladurías en la ciudad, como bien recordaba la misma Ruth. Pero Ruth "sabía" que Lewis Carroll sólo se interesaba por niñas, por lo que muy obedientemente ella recordaba a una niña.

Además de este ejercicio de memoria bien intencionado pero básicamente falso, las biografías más simplistas dividieron la vida y el genio de Carroll de manera maquinal y unidimensional en un mera causa y efecto, con una de sus little girls como la musa de cualquier acto de creación, una little girl como causa de su dolor y sus little girls como la única fuente de alegría. Mientras tanto, la prueba definitiva que podría haber ayudado a reparar el equilibrio permaneció totalmente ajena al desarrollo de estas teorías. Y los que mejor conocían a Dodgson y cómo había sido en realidad –su propia familia y la de la “verdadera” Alice, los Liddell— mantuvieron un silencio escrupuloso y delegaron la narración de la historia de su pariente y amigo a aquellos que menos podían decir.

Mientras Alice fue editada por todo el mundo, mientras fue convertida en una película en la temprana fecha de 1903 y en objeto de quién sabe cuántos pastiches y sátiras, los diez hermanos de Lewis Carroll vivieron en un mutismo cerrado, sin decir nada, y murieron uno tras otro. Alice Liddell no rompió su silencio hasta 1932, y cuando lo hizo fue de manera muy reticente, registrando (o mejor dicho, permitiendo a su hijo registrar) una pequeña memoria bastante anodina de la "tarde de oro" tal y como se esperaba de ella.

Nadie que le hubiera conocido íntimamente se sentía dispuesto a compartir sus recuerdos con un biógrafo, por lo que casi todo lo importante permaneció en la oscuridad. Sólo una persona de su propia generación —su hermana Henrietta— dejó algún tipo de recuerdos personales sobre él: media página dedicada al amor que sentía por los animales. El resto era silencio y así permaneció durante muchos años. La biografía oficial de Collingwood fue la primera y última palabra de la familia. Los estudios académicos, en forma de investigación y análisis, no habían comenzado y tampoco se creía que hubiera ninguna necesidad de ello. La biografía de Carroll era una mera rama literaria de la leyenda, poblada en su mayor parte por crédulos y cuentistas.

Uno de los más influyentes de este grupo fue Langford Reed, el autor de la segunda biografía completa en ser publicada. Reed se describió como un escritor del nonsense, y por lo visto contemplaba a Lewis Carroll a través de un sentido del compañerismo que a veces ponía los pelos de punta, y desde este punto de vista escribió The Life of Lewis Carroll (<N.de T.: La vida de Lewis Carroll>). Fue publicado en la primavera de 1932 como conmemoración del centenario del nacimiento de Dodgson.

Reed tomó el esquema general de la biografía de Collingwood. Para ser justos, había poco que pudiera hacer. Trató de dirigirse a la familia Dodgson, pero ellos como por instinto recelaron de sus intenciones (como harían con cada biógrafo posterior). Eran herméticos y se aseguraron de que Reed no sacara nada en claro y se marchara “tan ignorante como llegó” (Carta de Menella Dodgson a Falconer Madan). Evidentemente, la familia tenía otros compromisos, pero la posición de Reed como un biógrafo se hizo casi insostenible. Si hubiera querido hacer un análisis nuevo y pormenorizado de la vida de Dodgson, habría sido imposibilitado por la extremada reserva de la familia. Sin embargo, Reed nunca tuvo tal intención. Lo que quiso hacer y finalmente logró fue rendir culto en un santuario.

Reed pudo haber escrito en el siglo XX, pero en su apoteosis de Lewis Carroll como el buscador de de la pureza de ojos empañados más bien parecía el último cronista victoriano. Usó en gran parte recuerdos sin ningún tipo de base para enfatizar las cualidades que consideró apropiadas para la imagen que quería transmitir. Superó con creces a su precursor, Collingwood, en su retrato de una virtud extraordinaria unida a la filantropía, excentricidad e imagen de genio chiflado ya tan familiar.

Llenó su libro de historias preciosas pero nada reveladoras de Dodgson: derramando calderilla de su propio bolsillo por todo el suelo del pasillo de un desconocido, su entrada en una casa donde se suponía que había una fiesta infantil a gatas y gruñendo como un oso –descubriendo posteriormente que se había equivocado de casa–, su incapacidad para reconocer a un invitado que había cenado en su casa la noche anterior, su desaparición de sus obligaciones docentes durante dos días tras los cuales se descubrió que había estado atendiendo a un criado del Christ Church que moría de fiebre tifoidea. Se relataban estor “recuerdos” sin mencionar nunca una fuente y muchos de ellos son seguramente pura invención. Hay algo que no cuadra del todo, casi se puede adivinar la desesperación de un biógrafo con una fecha límite y ningún material.

Había alguna teoría original, pero estaba construida como una ramificación más de la leyenda de Carroll y no como una teoría firme y bien sustentada. Por ejemplo, Reed decidió que Dodgson sufría personalidad doble porque estaba convencido de que las imágenes de soñador supraterrenal y la férrea disciplina del matemático eran imposibles de conciliar en una sola personalidad:

El Sr Carroll era infantil, caprichoso, impaciente, sociable, amante de la adulación e intensamente humano; el profesor Dodgson era serio, pedante, maduro, tímido, distante, egoísta y mostraba muy poco interés por otras personas adultas de su entorno -incluído el Sr Carroll, con el cual juraba no tener ningún tipo de relación. [Reed, 127]

La confirmación de esta conjetura era el hecho de que su sujeto de estudio no siempre usaba el mismo color de tinta. Reed creyó que esto era significativo; opinaba que todas las cartas firmadas por Lewis Carroll fueron escritas en morado, mientras que la correspondencia de Dodgson estaba escrita en negro. El hecho de que esto no fuera cierto no tenía ningún impacto perceptible en la convicción de Reed o en la determinación de los otros en creerle. Y así, basándose en esta autoridad, el desdoblamiento de personalidad se hizo parte del mito y, también, de la tradición biográfica respetada.

De hecho, el libro de Reed fue enormemente influyente desde muchos puntos de vista. Sus historias del dinero que se cae y de los cuidados a criados agonizantes todavía son citadas en los mejores círculos académicos. Pero, como sucedió con Collingwood, fue el tema de las child-friends que Reed hizo su seña más perdurable. Su retrato era el sueño victoriano que elevaba la pureza hacia lo más alto, casi una elegía, como si supiera que el tiempo para tales ideas hubiera ya expirado.

¿Quién puede saber qué lo movió a hacerlo? Con una pasión rígidamente controlada, su libro tornó las ideas difusas de Collingwood en certezas claramente diferenciadas. Él insistió —mientras que Collingwood sólo había insinuado — que las amistades castas con niñas virginales eran las únicas salidas emocionales en la vida de Dodgson. Afirmó categóricamente — mientras que Collingwood sólo había sugerido — que tales amistades terminaron cuando las muchachas alcanzaron los catorce años. Además, con una seguridad impresionante aseguró a sus lectores que Dodgson:

evitaba deliberadamente la amistad con las niñas ya adultas con las que había tenido alguna relación de pequeñas porque creía que sólo podía dañar el recuerdo idealista de camaradería que había compartido con ellas antes de que las niñas entraran en el mundo terrenal de la sofisticación.

Argumentó esta afirmación citando la experiencia de una antigua child-friend, Mary Brown, como prueba de la determinación con la que Dodgson evitaba un encanto que consideraba peligroso. Según Reed, cuando ella comenzó a desarrollarse, Mary todavía deseaba continuar con su amistad con Dodgson; sin embargo, él no tenía ninguna intención de mantenerla, y la pobre muchacha sólo tenía éxito siempre y cuando la relación fuera por correspondencia. Dodgson no quería verla más. Y esto, según Reed, era su comportamiento típico. Si alguna child-friend madura intentaba mantener la relación, Dodgson decidía mantener la relación sólo por correspondencia . Según Reed, que quería que se le tomara en serio –y, de hecho, lo consiguió— Lewis Carroll prefería tratar con las mujeres que sobrepasaran cierta edad sólo por carta [Reed, 90-93].

El uso que Reed hizo de Mary Brown era falso hasta el punto de tratarse de un engaño manifiesto. Sí que era cierto que Dodgson y ella nunca se vieron después de que ella creciera: ella vivía a más de trescientas millas de distancia, en Escocia. Por lo tanto, no es descabellado que ellos mantuviera una amistada basada por completo en la correspondencia. Mary Brown fue un caso único entre las decenas, si no cientos, de mujeres que pasaron por la vida de Dodgson. Ella era una excepción, no la regla. Pero la conclusión de Reed, basada en el caso poco representativo de Mary Brown y su propia y fértil imaginación, fue proclamada en voz alta e clara: Lewis Carroll era un hombre obsesionado con las niñas, cuyo interés cesaba cuando alcanzaban la pubertad y cuya animadversión por las mujeres rayaba en la fobia.

Este retrato, más duro que el de Collingwood –con un nota añadida de la repugnancia física a las mujeres– es el anteproyecto de la imagen que todavía encontramos hoy en la tradición popular y en las biografía que se imparten a los estudiantes. Se trata, sin duda alguna, de una ficción, pero porque surgió de una biografía que siempre había sido ficticia, en la cual no hubo ningún rigor académico; además, esta imagen alentaba un mito que claramente tenía un significado profundamente emotivo para muchas personas, por lo que rápidamente ganó la aceptación en detrimento del sentido crítico. Y cuando llegó el cambio radical a la leyenda de Lewis Carroll –apenas un año después de la publicación de la biografía de Reed– fue el sentido de todo esto lo que fue desafiado: su obsesión exclusiva por niñas prepubescentes había sido aceptada de modo general.