[*** = disponsible en inglés. Traducción de Montserrat Martínez García revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow.]

decorated initial Como Twain, Dickens no publicó ninguna estética o teoría exhaustiva de la novela o el relato corto. Sin embargo, a través de sus ensayos, relatos breves y novelas, Dickens abordó la necesidad de la imaginación y de la liberación emocional y creativa en el marco de una edad cada vez más utilitarista. Sus cartas son un recurso particularmente útil a la hora de intentar determinar sus actitudes hacia la ficción breve. Ciertamente, parece haber considerado la ficción breve como un terreno experimental para las ideas y estrategias narrativas que posteriormente podría utilizar en sus novelas totalmente voluminosas. Como comenta Michael Slater en su introducción a los dos volúmenes de ***Libros de Navidad, la ficción breve se caracteriza a menudo por su tono íntimo y un estilo más coloquial al encontrado en las novelas. Además, en la franja de ficción breve que Dickens produjo desde 1833 hasta 1867, a menudo nos encontramos con “el tema de la memoria y su efecto beneficioso en la vida moral” (Slater vii), especialmente si tales memorias son dolorosas en vez de placenteras.

Bajo el encabezamiento de “Dickens y la ficción breve”, “Fraudes a las hadas” (Palabras de andar por casa, 1 de octubre de 1853) subraya la necesidad de desencadenar las obras de la imaginación del servicio al dogma, al credo o a una causa. Aquí, Dickens ataca a su amigo Cruikshank de transformar los cuentos de hadas en una propaganda moderada. Lo que Dickens esperaba que sus lectores vieran a través de “la literatura de hadas de nuestra infancia” (97), era “el lado romántico de las cosas familiares”; quería que tanto los adultos como los niños aceptaran lo maravilloso y lo extraño por sí mismos, no como un precepto u homilía a la que pudieran asistir y que les inculcara esto. Sostiene que “una nación sin imaginación, sin ningún romance, nunca logró, nunca puede y nunca alcanzará un gran lugar bajo el sol”. Su método para atacar a Cruikshank es el de la parodia, conforme especula sobre las diversas perspectivas (como las de la “Abstinencia total”, la “Vegetariana”, y la “Sociedad protectora de los aborígenes”) que podrían aplicarse a Robinson Crusoe, presentando después varios añadidos “doctrinarios” a la tradicional “Cenicienta” que las facciones del momento impondrían para enrolar a los lectores infantiles en sus causas. Éste es el método que Dickens ejecuta en “Un árbol de Navidad” (en el número extra de Navidad de 1850 de Palabras de andar por casa) cuando, para demostrar las limitaciones de la tradicional historia de fantasmas asociada con la gran casa inglesa, satiriza las trilladas estrategias argumentales: la habitación encantada, la maldición familiar, el suelo manchado, el retrato encantado, el cuarto sellado, el ruido metálico de las cadenas en la noche, y así sucesivamente. Observa que los fantasmas en tales historias se pueden “reducir a unos cuantos y escasos tipos generales y clases, puesto que los fantasmas tienen poca originalidad, y “caminan” por una senda ya recorrida”” (14).

La nota clave aquí, el ingrediente ausente en la estimación de Dickens es originalmente una cualidad que él subraya una y otra vez en su correspondencia. Por ejemplo, incluso tempranamente en su carrera, Dickens expresó la noción de que el público, que tanto se afanaba, permitiría que sólo lo inusual y lo sorprendente captara su atención:

Me alegra que te gustara El velo negro. Creo que el título es bueno, porque es poco común y no aminora el interés de la historia, aun cuando explica parcialmente su rasgo fundamental (“Carta a John Macrone [30 de diciembre de 1835]”, Las cartas de Charles Dickens, Editorial Pilgrim, I: 114).

La impresión que uno recibe a través de los numerosos volúmenes de la Edición Pilgrim es que Dickens fue tan remilgado sobre las cuestiones editoriales relativas a su ficción breve (y tan entusiasta sobre su recepción pública) como lo fue sobre aquellas relativas a sus novelas completas. Incluso un trabajo tan sencillo como el de “El farolero” estimuló su imaginación y le ofreció un campo de acción para su considerable sentido del humor, tal y como apreciamos en su carta a J. P. Harley, el 28 de noviembre de 1838 (VII: 794-5). En su misiva a ***Miss Angela Burdett-Coutts, el 5 de enero de 1855, reveló claramente su satisfacción al anunciar que “se han vendido ochenta mil copias de Los siete pobres viajeros (VII: 498); esta misma alegría es la que transmitió a “Thomas Beard” el 19 de diciembre de 1848 con respecto a las ventas de las dieciocho mil copias de El hombre encantado, el último de los Libros de Navidad. La correspondencia evidencia también que Dickens luchó durante toda su vida por producir su ficción tanto breve como larga. Ante su prometida, Catherine, se quejaba el 5 de febrero de 1836 de “Los Tuggses en Ramsgate”: “Deseo con todo mi corazón que se clarifique… Nunca trabajé con tan poco placer” (I: 125)—y sin embargo, con qué poco esfuerzo la breve y grotesca sátira sobre los nuevos ricos fluye a medida que la leemos hoy en día.

Sólo después de su periodo temprano, comenzó Dickens a lamentar el haberse desgastado tanto con la ficción breve, tal y como podemos ver en la siguiente carta dirigida a Sir Edward Bulwer Lytton:

Lo que comentaste sobre La batalla de la vida, me agradó enormemente. Lo que me fastidió fue tener que utilizar esta idea para una historia tan corta. No fui capaz de ver todo su alcance y potencial hasta que fue demasiado tarde para pensar en otra materia y siempre me ha dado la impresión de que podría haber compuesto algo realmente bueno con ello, si lo hubiera tomado como los cimientos de un libro mucho más extenso (10 de abril de 1848; Cartas 5: 274).

No es de sorprender que en la década siguiente intentara desarrollar una estructura colaborativa que le liberara de completar sus “algo para la Navidad” en su totalidad. Como destaca Stone en sus Escritos sin reunir (1968), el objeto de Dickens fue que “los interludios de la historia [crecieran] naturalmente de lo que les precedía y lo que les seguía, y que formaran una parte subordinada y funcional dentro del todo” (II: 563). Y sin embargo, sintió que nunca debería tratarse un relato breve de un modo caballeresco, sino más bien como una obra artística seria. A Frank Stone le escribió el 1 de junio de 1857:

He destruido estas Notas con gran elegancia… La vivacidad y el buen ánimo son siempre encantadores e inseparables de las anotaciones procedentes de un viaje alegre, pero deberían simpatizar con muchas cosas así como verse briosamente. Es simplemente una palabra o un toque los que expresan esta humanidad, pero sin ese pequeño adorno de buena naturaleza, no existe tal cosa como el humor [Las cartas de Charles Dickens, ed. Walter Dexter, II: 851].

Aquí se hace evidente su creencia en despertar los sentimientos de los lectores, lo cual enmarca sobremanera a Dickens como romántico. Sin embargo, como la quintaesencia del Victorianismo, Dickens se enorgullecía de saber precisamente lo que sus lectores buscaban en la ficción breve. En este sentido, resulta bastante ilustrativa la carta de rechazo que escribió al columnista, el reverendo Edward Tagart:

He leído la historia cuidadosamente y lamento decir que no servirá para Palabras de andar por casa. No necesito decirle que se pide algo más de semejante narración que la de su verdad literal, presente en la misma naturaleza de las verdades aquí abordadas, para poder ser relatada artísticamente y con gran discreción. Ahora, la enfermedad del joven muchacho me parece demasiado común, la propuesta del caballero casado a la heroína, lo mismo, la narrativa de Helen Winslow, rematadamente igual. En esta última dama, percibo una reminiscencia diluida de un pequeño libro llamado (si mal no recuerdo) Las campanadas; y el pavor de la heroína sobre su propio hijo, ya se presiente, creo, en el mismo volumen. En general, nuestros lectores pensaran sin duda alguna que no hay nada en él que justifique su longitud (Cartas, Pilgrim ed., VI: 177).

Resumiendo, lo que Dickens quería para sus lectores era lo que quería para sí mismo cuando leía (y escribía) sus historias breves: perseguía sentirse “movido”. Como señaló sobre “El relato de Richard Doubledick”, uno de Los siete pobres viajeros, a W. W. F. de Cerjat, el 3 de enero de 1855: “Espero que encuentres en la historia del Soldado que [las páginas del número reciente de Palabras de andar por casa contienen], algo que te conmocione un poquito. No me emocionó ni un ápice durante su escritura, aunque creo que ha tocado a un número infinito de personas” (VII: 495). Éste fue el valor mayor que Dickens vio en la ficción breve que publicó en sus propios periódicos semanales: el poder de conmover al público lector de su época. Sus obras no siempre fueron recibidas por los críticos con el mismo entusiasmo con el que Dickens las publicó.

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Referencias

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Modificado por última vez en 2 de noviembre del 2000; traducido el 23 de marzo de 2012