[Traducción de Natalia Mora López revisada por Asun López-Varela revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow. N. de T.: La traducción de los títulos al castellano ha sido contrastada en diversas bases de datos (ISBN, Biblioteca Nacional de Espa–a, etc., por la traductora; en su ausencia se proporcionan los títulos en inglés)

El Albany, el patio interior de los apartamentos para solteros pudientes próximo a Regents Street (convenientemente cercano a Saville Row) también fue el hogar de Raffles, el ladrón victoriano de la ficción de E. W. Hornung. ¿Raffles? No se me ocurre nada mejor que citar la nota completa de la contraportada de la edición de Penguin de 1976 de sus aventuras:

Scotland Yard estaba desconcertada. Había acontecido una serie extraordinaria de robos de joyas en las residencias más modernas. Y no había ni rastro del culpable. Pero entre la confusión, un cauteloso observador podría haber discernido el apuesto perfil de A. J. Raffles, un maestro de escuela pública del mejor tipo, quizás el mejor lanzador de bola lenta de su tiempo y con seguridad su ladrón amateur con más éxito. Un líder nato que se desenvolvía bien en los clubs, robaba baratijas ante las narices de los más importantes de la tierra.

The Yard was baffled. A sensational series of jewel burglaries from the most fashionable of residences had occurred. And there was no sign of the culprit. But in the confusion, a wary observer might have discerned the handsome profile of A. J. Raffles, a public-schoolman of the best sort, perhaps the finest slow bowler of his time and certainly its most successful amateur cracksman. A good Clubman and a born leader of men, he stole the trinkets from under the noses of the highest in the land.

Como Sherlock Holmes, Raffles aparece en una serie de historias cortas (la primera publicada en 1899). No está completamente fuera de la alta sociedad, ya que su destreza en el cricket resulta en invitaciones a las más grandes casas del país, en las que roba joyas para ganarse la vida. Su compa–ero, el Watson de Holmes, se llama Bunny. La primera historia de la serie, “Los idus de marzo”, se abre con ellos juntos como cómplices en un crimen. Bunny ha firmado un cheque para saldar sus deudas de juego con Raffles. Pero no tiene fondos en el banco para cubrirlo. Ha vuelto a Albany para ponerse a merced de Raffles. Si no, como debe todo caballero, tendrá que pegarse un tiro.

Hacía media hora de la medianoche cuando volví a Albany como último y desesperado recurso. La escena de mi catástrofe estaba tal cual la había dejado. Las cartas de bácara aún estaban esparcidas sobre la mesa, con los vasos vacíos y los ceniceros llenos. Se había abierto una ventana para dejar salir el humo, y en su lugar estaba dejando entrar la niebla. Raffles simplemente había cambiado su esmoquin por una de sus chaquetas de deporte. Arqueó sus cejas como si le hubiera sacado a rastras de la cama.

“¿Has olvidado algo?” dijo él, cuando me vio sobre el tapete

It was half-past midnight when I returned to the Albany as a last desperate resort. The scene of my disaster was much as I had left it. The baccarat-counters still strewed the table, with the empty glasses and the loaded ash-trays. A window had been opened to let the smoke out, and was letting in the fog instead. Raffles himself had merely discarded his dining-jacket for one of his innumerable blazers. Yet he arched his eyebrows as though I had dragged him from his bed.

"Forgotten something?" said he, when he saw me on the mat."

Y a partir de ahí, claro está, el juego se pone en marcha. Es evidente la comparación con Sherlock Holmes, ambos productos de la década de 1890. Raffles está probablemente mejor escrito — en el sentido de escrito con más cuidado — y quizás más escrupulosamente tramado. Pero carece de esa cualidad indefinible que hace de Holmes un ser vigente en las mentes de millones de personas que no tienen ningún tipo de conexión con el Londres victoriano tardío.

Raffles, por cierto, fuma una marca de tabaco llamada Sullivan. ¿Había alguna compa–ía tabaquera victoriana con ese nombre? ¿O es ficticio también el tabaco? Si es así, ¿por qué inventar una? Holmes — la mayor autoridad en ceniza en el mundo — lo sabría. (“¿Y el misterio de los robos de joyas, Holmes?” “Elemental, mi querido Watson”.)

Ernest William Hornung (1866-1921) nació en Middlesbrough y se educó en Uppingham. Cuando terminó la escuela vivió en Australia durante dos a–os. Desde que volvió a Inglaterra pasó el resto de su vida como periodista y novelista. Un Raffles australiano, Stingaree, apareció en 1905 en Stingaree, Ladrón Nocturno (A Thief in the Night). Hornung también escribió un libro de poesía, The Young Guard. Vivió en Sussex.

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Referencias

Hornung, E W. Raffles. Penguin Books. Londres. 1976


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Last modified 28 June 2008; traducido mayo 2010