Carlyle es aquí la influencia innegable. Ruskin dio su copia de Pasado y presente de Carlyle, actualmente en el Museo británico, a Alfred MacFee en 1887, escribiendo a su amigo: “Ahora te envío un libro que he dejado de leer porque se ha convertido en una parte de mí mismo —y las antiguas marcas que dejé en él, son ahora inservibles porque en mi corazón, todo él está marcado”. Las “antiguas marcas” de Ruskin confirman lo que uno esperaría al leer sus obras publicadas. [La carta está anexada a la copia que Ruskin presentó a MacFee. El número del Museo británico sobre la copia de presentación de Ruskin es el c61 al4, y aunque el volumen está dedicado íntegramente a Pasado y presente, se titula La historia y los historiadores según Carlyle (Londres, 1844)]. Por ejemplo, ha marcado doblemente en ambos márgenes el siguiente pasaje:

El trabajo posee una naturaleza religiosa: el trabajo posee una naturaleza valiente, lo cual, es el propósito de toda religión. Todo el trabajo del hombre es como el del nadador; un vasto océano amenaza con devorarle; si no le hace frente osadamente, el océano guardará su palabra. Mediante un incesante y sabio desafío a éste, sanos y vigorosos reproches y bofetadas, contempla con cuánta lealtad el mar le respalda y le porta consigo como su conquistador (269).

El trabajo, para Ruskin como para Carlyle, es una ocupación, un refugio y un analgésico, todo en uno. La acción llena de sentido del trabajo mantiene ocupado al hombre, permitiéndole usar su tiempo en vez de desperdiciarlo, y al hacerlo así, le salva tanto del océano de desperdicios de la vida como de una conciencia mórbida y paralizante de su inmersión en aquellas peligrosas aguas. El nadador solitario, el náufrago que debe seguir moviéndose o hundirse bajo las olas, necesita actuar y no pensar. Como Conrad escribió en Nostromo: “La acción consuela. Es la enemiga del pensamiento y la amiga de las ilusiones halagadoras. Sólo mediante la conducción de nuestra acción podemos encontrar el sentido de maestría sobre los destinos” (Nueva York, 1951, 72). Pero como detenerse prolongadamente en el No eterno de Conrad se convierte en una muerte en vida, Carlyle y Ruskin se ocupan menos de comentar las ilusiones que la acción crea que de alentar al hombre para que utilice tal acción y pueda sostenerse a sí mismo.

Mientras que Carlyle ve al hombre dentro de un mar infecundo, esforzándose con valentía y luchando noblemente para evitar que las aguas se cierren por encima de su cabeza, San Agustín, quien siglos atrás había comentado los peligros del océano de desperdicios, creyó que una vez que el hombre cruzara estas arriesgadas aguas llegaría finalmente a la ciudad celestial. Jorge Luis Borges ha sugerido que “la historia universal es la historia de la diversa entonación sobre unas pocas metáforas” (“La esfera de Pascal”, Otras investigaciones, Nueva York, 1966, 8). Si comparamos las entonaciones que Carlyle y que escritores anteriores tales como Agustín dieron a la antigua metáfora del viaje de la vida, podemos observar una historia abreviada de cómo las ideas sobre la existencia humana han cambiado. Volviéndonos a nuestro pasado distante, percibimos a Odiseo viajando hacia Ítaca para autorrealizarse, para convertirse en hombre, marido, padre y rey. Eneas se mueve por todo el mundo hacia el despliegue del destino de Roma. Cada hombre, según Agustín, se desplaza hacia el cielo y debe guardarse de disfrutar de las distracciones del viaje para que no perder su rumbo a mitad de camino:

Supongamos que fuéramos peregrinos que no pudieran vivir en santidad excepto en casa, miserables en nuestras peregrinaciones, deseando finalizarlas para retornar a nuestro país de origen. Necesitaríamos vehículos por tierra y mar que pudieran usarse para ayudarnos a alcanzar nuestra patria, en la que disfrutaríamos. Pero si las diversiones del viaje y el movimiento de los vehículos nos agradara y se nos condujera a disfrutar de aquellas cosas que deberíamos utilizar, no desearíamos poner fin rápidamente a nuestro viaje, y enredados en una perversa dulzura, nos veríamos alienados de nuestro país, cuya dulzura nos bendeciría (Sobre la doctrina cristiana, traducción al inglés de D. W. Robertson, Jr., Nueva York, 1958).

Pero haga lo que haga, Ruskin se encuentra perdido en mitad del viaje. Puesto que ha dejado de creer en el hogar celestial de Agustín, se cruza con sólo “las diversiones del viaje y el movimiento de los vehículos” que le consuelan. En resumidas cuentas, reemplaza la concepción del hombre como peregrino con la del hombre como náufrago, escogiendo esa imagen (image) que tanto atrajo a los artistas y escritores decimonónicos. Uno recuerda, entre otros muchos ejemplos, La balsa de la medusa de Géricault y los naufragios de Turner, los náufragos de Melville, Crane y Conrad. Con el sonido de una versión más amarga de Carlyle, Stein dice a Marlow en Lord Jim: “Un hombre que ha nacido se sumerge en un sueño como hombre que ha caído al mar. Si intenta escalar hacia arriba para salir fuera como la gente sin experiencia intenta hacer, se ahoga… El modo es someterse ante el elemento destructivo y con los esfuerzos excesivos de tus manos y tus pies en el agua, hacer que el profundo, el profundo mar te mantenga a flote” (Nueva York, 1931, 214).

Ruskin no se describió a sí mismo en términos de un náufrago sino de un marinero naufragado que ha alcanzado tierra. Como escribió a Norton en 1875, apenas seis semanas antes de la sesión crucial de espiritismo en Broadlands: “Me resulta muy raro… ser ahora meramente un marinero naufragado que recoge los fragmentos de su barco en la playa” (37. 183). Se ve a sí mismo como a un navegante naufragado, un Robinson Crusoe en espíritu, procurando sostener su vida presente con los despojos del pasado. Esta imagen es convincente, puesto que su carrera tras la pérdida de la fe, e incluso después de regresar al Cristianismo, revela un conato continuado por salvar los fragmentos de su antigua religión y usarlos en una nueva vida. Escribió a Norton en esta misma carta de que, fueran cuales fueran sus propias pérdidas, podía “reunir los trocitos… para otra gente” (37. 183). Durante largo tiempo había estado comprometido con la recolección de tales pedacitos, puesto que su intento por centrar la vida del hombre en una labor humanitaria y enriquecedora ejemplifica con toda seguridad cómo volvió a aplicar la doctrina evangélica en la supervivencia del hombre durante una época de descreencia. Tanto Carlyle como Ruskin localizaron el énfasis puritano sobre el trabajo en un nuevo contexto, haciendo del trabajo no el resultado de la Caída o un medio para la salvación, sino la salvación en sí misma.

Con la focalización de Ruskin sobre el trabajo en el mundo llega la necesidad de determinar la naturaleza correcta del trabajo y de atacar todas aquellas fuerzas que impiden el compromiso del hombre con esta forma correcta de trabajo. En Las piedras de Venecia, Ruskin debate la necesidad de un trabajo placentero y enriquecedor. El problema de Inglaterra “no es que los hombres estén mal alimentados, sino que no obtienen ningún placer del trabajo con el que se ganan el pan, y por lo tanto, miran a la riqueza como el único instrumento de placer” (10. 194). Los hombres han sido forzados a hacer el trabajo de las máquinas y en consecuencia, han sido reducidos a máquinas. Pero para cuando Ruskin escribió Hasta que esto dure (1860), obra que publicó en forma periódica poco después de completar Pintores modernos, su concepción del problema había cambiado: puesto que viendo que, de hecho, los hombres están hambrientos, que no pueden encontrar trabajo ni incluso un trabajo deshumanizador y que los hombres se ven compelidos a competir los unos contra los otros incluso por una oportunidad de ganar lo suficiente para comer, Ruskin dirigió sus energías hacia la sustitución del sistema económico que crea semejantes condiciones de vida y de trabajo. Estas inquietudes le alejaron más y más del arte y después de 1860, se interesó primordialmente por la crítica, no del arte, sino de la sociedad. A pesar de estos nuevos intereses, Ruskin siguió ocupándose de los problemas pictóricos, arquitectónicos, esculturales y de las artes aplicadas; y mientras no volvió a escribir obras fundamentales sobre estos temas tras concluir Pintores modernos en 1860, sí produjo valiosos escritos más sucintos, relativos a los diferentes aspectos de las artes. No obstante, cuando Ruskin perdió su religión en 1858, su carrera cambió esencialmente de dirección. Dejó los problemas de la pintura para volverse hacia los problemas de la sociedad, y esta traslación central en el énfasis del pensamiento ruskiniano es anticipada por la sustitución de Dios por parte del hombre como el foco de sus teorías estéticas. Ruskin descubrió que su estética teocéntrica del orden objetivo e inmutable era inoperativa, casi tan pronto como la propuso en 1846 —por lo menos hasta el grado de que Ruskin dejaba espacio para los elementos emocionales de lo sublime que en el primer volumen de Pintores modernos había dejado al margen de su teoría sobre la belleza. Las siete lámparas de la arquitectura (1848) cualificó en profundidad estas teorías tempranas, porque otorgó gran importancia al papel, dentro de la belleza, de las asociaciones humanas que Ruskin había negado anteriormente. Definió lo pintoresco, su teoría estética más subjetiva y emocional, en el cuarto volumen de Pintores modernos que apareció en 1856, dos años antes de su crisis de fe en Turín. El desplazamiento en las teorías estéticas de Ruskin que comienza a finales de la década de 1840 y continúa ocurriendo a finales de la década de 1850 primero precede y luego juega un papel en su pérdida de la fe y de su alejamiento gradual del arte.


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Modificado por última vez el 25 de julio de 2005; tracidio el 21 de noviembre de 2012