[Traducción de Natalia López Sánchez revisada y editada por Esther Gimeno y Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow.] En los títulos de las obras no traducidas al castellano, la traductora indica con la anotación «Nota del Traductor (N. T.)» entre paréntesis que la traducción de los mismos es obra suya. En caso contrario, la traductora se basa en las traducciones ya disponibles que figuran en el registro ISBN. Del mismo modo, en lo referente a las citas literarias, la traductora indica las traducciones disponibles en castellano. Aquellos casos en los que no se hace referencia a ninguna traducción previa, aluden a la labor traductora de Natalia López Sánchez.

Hacia el final del siglo XX, inesperadamente, los críticos pusieron sus ojos en la literatura victoriana para niños. La ficción de la así llamada edad dorada, parecía especialmente vulnerable a la deconstrucción. Peter Pan, por ejemplo, ha sido visto como uno de los trabajos más fragmentados y problemáticos de la historia de la ficción para niños hasta la fecha (Rose 10). Otros objetivos fueron The Water Babies, duramente criticado por la «constante contradicción en sus premisas» (Nelson 151), y Alicia en el país de las maravillas [Alice in Wonderland] expuesto como un depósito de amarga exasperación y magia fallida (Kincaid 249-5). Los cuentos enigmáticos y agridulces de Hans Christian Andersen, quien fue primero considerado como el precursor de un nuevo nacimiento de la fantasía para niños, tampoco se salvaron. Humphrey Carpenter, por ejemplo, se quejó de que «la particular forma de introspección de Andersen no parecía ir acorde con la imaginación literaria británica» (4). Hablando de forma más directa, un crítico posterior encontró que el trabajo del escritor danés era el producto de una personalidad «jactanciosa, angustiada, vanidosa, exigente, malhumorada, lacrimógena, acusadora» y llena de «religiosidad sentimental» (Goldthwaite 64).

A a la izquierda: Homenaje a Hans Christian Andersen Punch (3 de Enero de 1857). Media y de la derecha — dos ilustraciones del siglo XX de cuentos de Andersen por Honor Appleton: La golondrina volí alto por el cielo y Por la mañana temprano, un campesino pasó por aquí. [Haga clic en las miniaturas para ver las imágenes ampliadas.]

A primera vista, la queja de Carpenter parece ridícula. Después de todo, W. M. Thackeray escribió una vez a un corresponsal: «¿Y has leído a Hans Xtian Adensen? Yo estoy loco por él habiendo descubierto sólo al delicioso, delicado y fantástico ser"(Cartas 2: 263).

La amistad de Charles Dickens con Andersen es bien conocida como lo es la exasperación con su invitado danés por abusar de su hospitalidad. En el mismo año de su visita (1857), y casi exactamente diez años después del abrupto comentario de Thackeray, un dibujo titulado «Homenaje a Hans Christian Andersen» apareció en la revista Punch junto con una carta de una «joven dama» llamada Nelly: «Nosotros le adoramos por sus bellas historias. ¿Conoce tinder box (N. de T.: caja que guarda combustibles como carbón) y tommelise y charley, o los cisnes salvajes? Espero que disculpe mi mala escritura. La mala escritura y el uso agramatical de la lengua refiriéndose a una de las primeras y más diminutas heroínas (Tommelise o Pulgarcita/Thumbelina) claramente satirizaba una manía que estaba de moda.

Tal era la pupoularidad de Andersen que cuando G. K. Chesterton estudió de forma más seria y respetuosa el trabajo del autor en 1916, expresando casi el sentimiento contrario al de Carpenter y manteniendo que las historias de Andersen eran tan populares como si fuesen inglesas (342).

Ya Carpenter, un gran crítico de la literatura infantil, sin ningún arma teórica particular para criticar, estaba absolutamente de acuerdo. De igual modo que la personalidad ensimismada de Dane dejó de gustar a Dickens, esto también sucedió por lo general en el público adulto de Inglaterra. En las últimas décadas del siglo XIX, su trabajo fue, como su principal biógrafo, Elias Bredsdorff admite, enviado a la guardería (Hans Christian Andersen 9). Ahora, sólo aquellos adultos con un particular interés por los cuentos de hadas, como Oscar Wilde, o con una particular capacidad para maravillarse de forma cándida, como Chesterton, se sentían todavía inclinados a leerle. ¿Por qué había sucedido esto? La pista recae en las palabras de Chesterton. Andersen, de hecho, llegó a ser inglés en la medida en que su reputación en este país estuvo basada inevitablemente en las traducciones inglesas de sus cuentos; y estas traducciones fueron por lo general el trabajo de los escritores para niños, decididos a adaptarle con la marca de la casa. Hay que decir que los cuentos tomados del largo corpus fueron sutilmente editados y, peor todavía, dados una capa de moral para hacerlos más aceptables para los lectores infantiles de este país.

Esto por lo general hizo mucho más daño a la reputación de Andersen en Inglaterra que la incompetencia lingística de los traductores. Este hecho no sólo aseguró que fuera considerado adecuado para los jóvenes, sino que la gente al final se dio cuenta, como lo hizo C.S.Lewis, de que «los niños leían sólo para divertirse» y de que «el gusto juvenil era simplemente el gusto humano» (40-41). Su escritura parecería no ir acorde con las modas más nuevas de la literatura para niños.

La primera traductora de Andersen fue Mary Howitt, una prolífica escritora para niños. Cuando ella asumió esta nueva tarea, sólo había publicado My Own Story y The Autobiography of a Child (1845), una muestra de su propia y estricta educación. Ella y su hermana habían tenido un padre severo y serio (10), habían sido amenazadas y confinadas en los oscuros y sombríos sótanos bajo su casa (11), y no habían tenido ni una sola relación con un chico. Los chicos, como ella añade, les parecían una rara especie, «a la que no había que dar crédito y con la que no se podía hacer nada aconsejable» (21). Las estrictas normas, debido a las cuales Howitt había quedado marcada, fueron plasmadas en su escritura para niños. Por ejemplo, su historia corta, «Industry and Honesty Rewarded» (1861), trata exactamente de lo que indica su título: es una pieza del adoctrinamiento pasado de moda de Penny Tract. La heroína, una pobre viuda cuyo hijo desaparece, es instruida por un cura para resistir sus sufrimientos así como para adquirir virtud y «un júbilo eterno» (81). De repente, sin embargo, se revela un éxito más materialista. La viuda es «recompensada» en la Tierra cuando su hijo, ahora un rico barón, regresa junto a ella. Este cuento tan altamente didáctico, con su obligado final feliz, y su mensaje, contenido enteramente en el título, es bastante diferente en espíritu de cualquiera que Andersen hubiera hecho.

Howitt había sido «doblemente reconocida» por la autoría de su conocido poema «The Spider and the Fly» y por haber introducido a Andersen en Inglaterra (Briggs 179). El moralista título del poema fue parodiado en la canción de burla de Turtle en Alicia en el país de las maravillas (Alice in Wonderland ) en 1865, y la colección de Andersen: Historias maravillosas para niños (Wonderful Stories for Children), publicada en 1846, había sido duramente criticada. Ella acababa de aprender un poco de Danés durante una estancia en Heidelberg, pero, a pesar de haber afirmado en la página del título que los cuentos eran traducciones directas del danés, lo más probable es que hubiera trabajado principalmente con traducciones alemanas. Peores que sus no intencionados y algunas veces bastante perdonables errores de traducción, fueron sus deliberadas alteraciones, pensadas para volver blandos, inofensivos y didácticos los cuentos. Entre los errores señalados por la lingista Kirsten Malmkjr (ver 66-69) se encuentra uno en El soldadito de plomo» ("The Constant Tin Soldier"), cuando el pequeño soldado es derribado de la ventana y su bayoneta cae entre los adoquines. Howitt, aparentemente, tuvo una confusión entre los nombres en danés y alemán, y ello hizo que equivocada y ridículamente mostrara la bayoneta cayendo entre las piedras de un fregadero (127) en lugar de entre unos adoquines. Una de sus alteraciones deliberadas es la descripción de Andersen de las formas de unas bellas mujeres en El jardín del paraíso» ("The Garden of Paradise"), donde Andersen describe a las bailarinas como «vaporosas y delgadas, vestidas con gasas, por lo que uno puede verles las extremidades", Howitt dice sólo: «la mayoría de las doncellas bailaban en la danza» (97). En la última historia de su colección, Las cigeñas» ("The Storks"), los cambios de Howitt deformaron el argumento por completo. Un grupo de chicos traviesos habían estado molestando a unas crías de cigeña y los pajarillos deseaban vengarse. En el original de Andersen, la madre de las cigeñas está de acuerdo, pero en la traducción de Howitt, la madre hace que sus crías se concentren en el chico que se había negado a participar. «Vamos a recompensarle, eso es mejor que vengarse", les dice ella con suavidad a las pequeñas cigeñas (141). Este niño recibe «una bonita hermanita» al año siguiente (142), y no se habla (como se hacía en el original) de la muerte de bebés al ser lanzados como castigo por mal comportamiento.

La distancia entre Howitt y Andersen se puede medir al compararse el «Industry and Honesty Rewarded» de Howitt con el Buena para nada» ("She was Good for Nothing") de Andersen (1853). Ambas representan a un progenitor soltero. Pero en la historia de Andersen, la madre es una amante abandonada, cuyo hijo es, por consiguiente, ilegítimo. Luchando por mantenerlo, la laboriosa mujer no sólo recoge ropa para lavar sino también alcohol. Si la «virtud» en esta historia no está clara, tampoco lo está la «recompensa": el trabajo duro y la noticia de la muerte de su antiguo amante, llevan a la madre a una muerte prematura, y a un enterramiento en una fosa común. En cuanto al hijo, su fortuna no crece cuando conoce la identidad de su padre; simplemente, se va con una familia respetable para aprender el oficio de mecánico.

El encuentro entre padre e hijo toma la sutil forma de un amigo asegurando que la madre muerta no era, después de todo, inútil. Por el contrario, dice el amigo, Dios conoce su bondad, algo que el mundo malvado ha sido incapaz de hacer. Debido a esto, el título de la historia se vuelve irónico, y la piedad de Andersen se mezcla con una amarga sátira social. Andersen puede haber estado pensando aquí en su propia madre y en sus propias luchas a pesar de que él reivindicó que había tenido en mente a otro niño (Notas para Mis cuentos de hadas y otras historias (Notes for My Fairy Tales and Stories, 1079). Mucho más importantes, sin embargo, son el realismo resuelto y la complejidad moral del cuento, que lo hacen más impresionante que el de Howitt.

Afortunadamente, no se pidió que Howitt tradujera esta historia. Ella era libre de escribir su propia versión simplista y moralista firmando con su propio nombre, porque por ahora, había fracasado con Andersen. Buena para nada» (She was Good for Nothing) estaba entre un grupo de cuentos traducidos por Anne S. Bushby, cuyo único libro de poesía (Poems, 1876) había sido dividido posteriormente por el mismo editor, Richard Bentley. A juzgar por la calidad del verso de Bushby, ninguna mejora en la traducción ha debido ser pequeña; De acuerdo con Bredsdorff, Dickens criticó la traducción de Bushby de uno de los trabajos completos de Andersen (Hans Christian Andersen and Charles Dickens 113). Pero los fallos de Bushby y otros traductores parecen haber sido eclipsados por otro más influyente. A comienzos de 1846, Carolina Peachey había preparado una traducción inglesa titulada Danish Fairy Legends and Tales para otro editor, William Pickering. De nuevo, los fallos de Peachey no fueron simplemente un problema de habilidad para la traducción, sino uno ideológico que la predispuso a adaptar el trabajo de Andersen a las normas victorianas de escritura para niños. En unas memorias del autor que Peachey escribió en las Navidades de 1851 para la segunda edición, ella exageró las privaciones del propio Andersen y sus éxitos posteriores, e insistió en que sus cuentos «suenan armoniosamente al lado de nuestros himnos y ritos cristianos", y tienen «para la mayoría, un saludable y religioso sentimiento que puede ir en consonancia con los más serios pensamientos de nuestro día sagrado (XXXI). En resumen, hay una mezcla de superioridad moral y religiosa aquí que no sólo distingue Howitt sino casi la totalidad de la industria de libros para niños en la Inglaterra victoriana.

Con el paso del tiempo, Andersen fue mostrado de forma aún peor por sus traductores ingleses. A diferencia de Howitt, quien junto a su marido hizo unos 180 trabajos para niños, Peachey no llegó a tener buena reputación como escritora infantil. Su estilo era muy prolijo y difícil. Por ejemplo, donde Howitt escribe que la pequeña Pulgarcita (Tommelise) cuenta a la golondrina que «va a ser casada en contra de su voluntad con un rico topo» (59), Peachey dice que «ella le contó que había sido obligada a aceptar al desagradable topo como marido» (200). En cuanto a El patito feo» (Ugly Duckling), Peachey escribe pomposamente: «la buena criatura se sintió elevada por el problema y la adversidad que había experimentado» (25); donde (cambiando a un traductor más reciente) Reginald Spink escribe simplemente que él «se sentía realmente feliz por todo el problema y el apuro que había pasado» (213).

Por otra parte, como Howitt, Peachey silenció cualquier cosa en el original que fuera en contra de los «pensamientos más serios de nuestro día sagrado». Su versión de «El cofre volador» («The Flying Trunk»), por ejemplo, hacía que el hijo del mercader besara la mano de la princesa dormida, no sus labios, y al final de la corta escena de galanteo entre la pareja, Andersen, de forma tímida pero sugerente, hace referencia a «la cigeña, que trae pequeños y dulces bebés» (como Spink interpreta, 139). Esto es reemplazado por Peachey con un torpe y deliberadamente vago «él le contó muchas otras cosas» (310). Estos son pequeños ejemplos de su esfuerzo por adaptar los cuentos con el propósito de hacerlos mejores para los niños victorianos. El efecto es la pérdida de frescura e intensidad de toda una obra.

Peachey siguió haciendo dos trabajos completos para niños, Casimir: Little Exile (1867) y Kirstin's Adventures (1871). Por entonces, ella había conseguido lograr un estilo más «placentero y coloquial», algo que se estaba pidiendo a los escritores infantiles (Catalogue 23), sobre todo en sus diálogos. Pero el exotismo de estos trabajos apenas disfraza su torpeza y están descatalogados. Desafortunadamente, su trabajo y las traducciones de Andersen han sido la principal forma en que tanto ella como Andersen han sido conocidos por el público británico. Las colecciones de cuentos de Andersen basados en las traducciones de Peachey estaban publicadas todavía en los años setenta: increíblemente, su versión de «La reina de las nieves» («The Snow Queen») (1845) estaba hecha de un título separado por la revista Andersen en 1993.

De esta forma, la reputación literaria de Andersen en el mundo de habla inglesa ha continuado siendo minada por los traductores, que son incapaces de ser fieles al original y (todavía peor) que no tienen la voluntad de ser fieles al espíritu de su obra. John Goldthwaite, habiendo puesto sus ojos en el valor de los cuentos y concentrado en la propia personalidad del autor y en esa «religiosidad sentimental» realzada por sus traductores, ha llegado a una conclusión más severa que la de Carpenter. «al final", dice despectivamente que el talento de Anderson para los cuentos de hadas debe ser leído como una fábula aleccionadora sobre cómo no escribirlos» (64). Quizás la historia más extraña de todas, entonces, no es la propia vida de Andersen, explicada de forma tan pintoresca por Peachey en su «Memoir of the Author", ni su influencia en los grandes autores victorianos (ver la tercer parte de este ensayo), sino su continua presencia en las estanterías del siglo XXI. A pesar de todo, incluida la Disneyficación de buena parte de sus obras más famosas, su trabajo ha sobrevivido. Afortunadamente, las traducciones modernas como la de Spink, ahora nos permiten leerlas como debe ser, y apreciar elementos en ellas que primero habían sido ocultos de manera deliberada.

Material Relacionado

Trabajos citados

Andersen, Hans Christian. Danish Fairy Legends and Tales. Trans. Caroline Peachey. London: George Bell & Sons, 1907.

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Modificado por última vez el 28 de junio 2008; traducido el 15 de noviembre 2010