[Traducción de Adriana Osa revisada y editada por Esther Gimeno y Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow.]

Millais's Ferdinand and Ariel La obra de Millais Fernando tentado por Ariel (1849-1850), en la que el pintor combina con gran torpeza y tosquedad el mundo de la fantasía con el mundo físico, plasma a la perfección la fantasía victoriana. En primer lugar, nos recuerda que el estilo realista –al menos en Inglaterra– puede relacionarse con un motivo literario que parece, aparentemente, estar muy alejado del realismo. En segundo lugar, nos recuerda que la fantasía y el estilo realista siempre estarán unidos mientras existan. Ambos dependen de representaciones exactas y verificables de objetos tangibles que a la vez necesitan métodos pictóricos de descripción (perspectiva, tonalidad, color, etc.). Se puede tener o no tener el mal para encontrar el bien, o no tener fealdad para encontrar la belleza. Pero sí que se necesita el realismo para aprehender la fantasía.

La fantasía es el parásito del realismo; o, dicho de manera menos peyorativa, uno no puede tener fantasía sin realismo. El realismo precede a la fantasía y le ofrece un punto de partida. Como William Whewell, el filósofo victoriano, dijo: “La realidad requiere cosas”, a lo que añadimos que el realismo requiere la descripción de cosas. El realismo depende de una peculiar visión del mundo que sólo implica que existen objetos. El realismo, en otras palabras, es un estilo que encarna el materialismo filosófico, la creencia en que sólo lo tangible existe y que las ideas espirituales o filosóficas como el alma, el yo y la vida se reducen, inevitablemente, a la materia.

Obviamente, ningún estilo ha sido completamente realista, en gran medida porque todas las obras de arte y literarias funcionan a través del lenguaje o de formas –conjuntos o esquemas de formas simbólicas que transmiten ciertas afirmaciones sobre la realidad física. Aún más, puesto que todo arte representativo no es el objeto en sí mismo sino una afirmación sobre el objeto, se encuentra alejado de la realidad, porque existe en condición de lenguaje. Puesto que la lengua que hace una afirmación sobre algo debe escoger qué aspectos del objeto va a discutir, describir o representar, siempre será abstracta porque algo se ha de dejar fuera. Una manera de plantear esta abstracción es que todas las obras de estilo realista –ya que no hay obras realistas– se caracterizan por la fantasía. Todas las obras que, supuestamente, pertenecen al estilo realista son dominadas por la ideología o ideologías que controlan lo que se escoge como representativo de lo real.

Es por esto que el arte realista no representa lo que existe más que lo hace el arte fantástico. Sin embargo, todos debemos esforzarnos al máximo para percibir los aspectos ideológicos de una obra de estilo realista, pero los de una obra fantástica llaman poderosamente la atención. ¿Por qué sobresalen tanto? En primer lugar, porque las obras de este estilo ponen en entredicho lo que esperamos de la realidad: uno espera no poder volar, que los árboles no tengan rostro y que la magia no exista.

Si los artistas –desde Renacimiento a finales del siglo XIX– trabajaron tanto para crear retratos convincentes del mundo real, ¿por qué iban los artistas de fantasía a ser tan malvados como para salirse del camino y crear un mundo irreal? ¿Qué sacarían con ello? Muchas cosas, podría argüirse, siendo la más obvia la capacidad de enfrentar la concepción positivista de la materia física que caracterizaba al siglo XIX con el pensamiento posterior. De hecho, una parte importante de la necesidad de la fantasía viene de este sentimiento de que los hechos no son lo único que existe y que realmente no son todo lo que debería plasmar el arte. De esta forma, la fantasía usa algunos hechos para mostrar que el hecho en sí no lo es todo


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Last modified 28 June 2008; traducido 18 January 2010