[Traducción de Montserrat Martínez García revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow.]

Los Evangelios gnósticos (1977) de Elaine Pagels me sugieren que los puntos clave de la doctrina que separa a los católicos romanos y a los anglicanos de la Tradición Anglicana (High Church) de las diversas denominaciones evangélicas, repiten un patrón que se remonta a los inicios del Cristianismo. Pagels comienza preguntando, «Si los relatos del nuevo Testamento pueden avalar una gama de interpretaciones, por qué los cristianos ortodoxos del siglo segundo insistieron en la visión literal de la resurrección y rechazaron las restantes como heréticas?» Ella responde que «paradójicamente… la doctrina de la resurrección del cuerpo tiene también una función esencialmente política: legitima la autoridad de ciertos hombres que afirman ejercer un liderazgo exclusivo sobre las iglesias como sucesores del apóstol Pedro» (6). La aparición de Cristo resucitado a sus discípulos creó una autoridad indiscutible, y esta misma afirmación creó algunos problemas fundamentales porque «los Evangelios de Marcos y Juan, ambos, nombran a María Magdalena, y no a Pedro, como la primera testigo de la resurrección» (8), hecho que la habría convertido en la fundadora preeminente de la Iglesia. Además, Pablo dice que Cristo se apareció simultáneamente a cientos de personas. Hacia el siglo segundo, las supuestas iglesias ortodoxas «desarrollaron la visión de que sólo determinadas apariciones del resucitado confirieron autoridad a aquellos que las recibieron» (8).

Sin embargo, aquellos que terminaron por definir y por lo tanto, por controlar, al Cristianismo, pueden haber ignorado a los rivales reconocidos de Pedro como los poseedores de una autoridad espiritual por haber sido los primeros testigos de la resurrección, pero han resuelto brillantemente los problemas políticos clave:

Porque esta teoría, la de que toda autoridad deriva de ciertas experiencias apostólicas de Cristo resucitado, una experiencia ahora cerrada para siempre, tiene unas implicaciones enormes para la estructura política de la comunidad. En primer lugar, como el erudito alemán Karl Holl ha señalado, restringe el círculo del liderazgo a un pequeño grupo de personas cuyos miembros permanecen en una posición autoritaria incontestable. En segundo lugar, sugiere que sólo los apóstoles tienen el derecho de ordenar a futuros líderes como sus sucesores. Los cristianos del siglo segundo utilizaron el relato de Lucas para sentar las bases de cadenas específicas y restringidas de dominio para todas las futuras generaciones de cristianos [10].

Apologia Pro Vita Sua de John Henry Newman y el Movimiento de Oxford reconocen el papel central de esta noción, la de que «sólo los apóstoles tenían el derecho a ordenar a los líderes futuros como sus sucesores», desde que los tractarianos (Tractarians) hicieron de la sucesión a partir de Pedro el único factor decisivo de quién era un buen cristiano y quién un hereje. Resulta que la división entre los ortodoxos y aquellos declarados herejes durante el siglo segundo tiene mucho en común con la división decimonónica entre los diversos partidos y denominaciones protestantes.

Esta similitud surge del hecho crucial de que los primeros gnósticos, como los victorianos y los primeros evangélicos, negaron la combinación de la doctrina teológica y política central para la ortodoxia, aunque está claro que por razones más bien diferentes, y sin embargo, llegaron a posturas sorprendentemente similares. Los gnósticos, por volver de nuevo a Pagels,

rechazaron la teoría de Lucas. Algunos gnósticos llamaron a la visión literal de la resurrección, «la fe de los tontos». Insistieron en que la resurrección, no fue un acontecimiento único en el pasado: por el contrario, simbolizó cómo la presencia de Cristo se podía experimentar en el presente. Lo que importaba no era la visión literal, sino la visión espiritual. Los escritores gnósticos no descartaron las visiones como fantasías o alucinaciones. Respetaron, incluso reverenciaron, tales experiencias, a través de las cuales la intuición espiritual revela detalles que profundizan en la naturaleza de la realidad [11-12].

En esencia, tanto los evangélicos como los gnósticos lanzaron las mismas acusaciones en contra de los sacerdotes ortodoxos que los agustinos dirigieron en contra de los maniqueos, en otras palabras, el burdo materialismo les cegó hasta incluso la posibilidad de la verdadera espiritualidad. Por supuesto, los evangélicos del siglo XVIII y XIX, como sus antepasados puritanos creían en la resurrección física de Cristo, que los gnósticos rechazaron, pero no la aceptaron como reivindicación fundadora de la autoridad. Más bien, al igual que los gnósticos, creían en las experiencias imaginativas de cada creyente individual, en incluso en las experiencias visionarias con las que Cristo y no la Iglesia, sustenta el centro de la creencia cristiana. Newman y otros de la Tradición Anglicana (High Church) arguyeron que las experiencias religiosas subjetivas, particularmente las conversiones evangélicas poderosamente emotivas, sólo conducen al egotismo y a los cismas resultantes. Por el contrario, los evangélicos, como los gnósticos, creen que tales experiencias, que probaban la conexión de Dios con cada creyente individual, protegieron a la verdadera religión de los devotos de la jerarquía eclesiástica y de los beneficiarios de la burocracia eclesiástica.

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Referencias

Pagels, Elaine. The Gnostic Gospels. New York: Random House, 1977.


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Modificado por última vez el 27 de diciembre de 2007; traducido 2 de noviembre de 2010