[Traducción de Montserrat Martínez García revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow. (Follow for English version)]

Para la mayor parte de los ingleses, era axiomótico que su Estado fuera protestante ya que se había forjado a través de batallas con el Catolicismo militante. Fue esta actitud mental la que se consideró asaltada durante la «Edad de la reforma» la que comenzó aproximadamente una década mós o menos antes de que la reina Victoria ascendiera al trono en 1837. El sentimiento anti-católico en Inglaterra, a menudo de naturaleza extremadamente virulenta, como en los disturbios Murphy (Murphy Riots) y en la Logia Orange (Orange Lodge) era tan antiguo como la propia Reforma. Los victorianos estaban muy familiarizados con su propia Reforma y con el pasado del siglo XVII. De hecho, como en el norte de Irlanda actualmente, una conciencia histórica yacía mucho detrós del anti-Catolicismo victoriano. Para muchos victorianos, el Catolicismo conjuraba recuerdos vívidos de complots en contra del Estado protestante (varios complots en contra de la reina Isabel, Guy Fawkes, 1605, Titus Oates y el Complot católico de 1680, por ejemplo) o de la Inquisición española, la Armada de 1588, o la invasión de Irlanda de Luis XIV para restablecer al monarca católico depuesto, Jaime II (James II) en el trono de Inglaterra (la batalla de Boyne, 1690).

Una parte integral de la conciencia histórica protestante fue el martirio de los protestantes ingleses con la hija de Enrique VIII y hermanastra de Isabel, «María la sangrienta». El libro de los mórtires de Foxe (1563), que detallaba del modo mós cruento este martirio, fue enormemente popular durante el periodo victoriano y una introducción de un libro decimonónico exhortaba al lector: «Soportemos este sistema inhumano, la persecución de los católicos, que merece la execración, que los padres enseñen a sus hijos y que los hijos enseñen a sus hijo a temer y a oponerse a esta abominación de la desolación» (Ingram Cobbin, ed., El libro de los mórtires de Foxe (1875), iv. Citado en Norman 13). Norman señala correctamente que durante el periodo victoriano existieron aquellos que, en su oposición al Catolicismo, argumentaron (como dijo uno) lo siguiente: «estamos luchando de nuevo la batalla de la Reforma» (citado en Norman, 42). Como generalización, se podría decir que «el inglés medio se reconocía protestante. Las memorias o leyendas de su historia . . . eran vagas pero poderosas en sus sentimientos de que el papismo no era inglés y de que debería ser legalmente desalentado» (Chadwick I, 7).

La emergencia de Inglaterra como Estado soberano independiente durante la Reforma de Enrique VIII, la «edad dorada» de Isabel I (1558-1603), el triunfo en el siglo XVII de las instituciones representativas, la libertad religiosa, el capitalismo, y la emergencia de Inglaterra como un gran poder, fueron todos asociados con las luchas frente al Catolicismo. Así, para muchos victorianos, la grandeza de Inglaterra, sus libertades y su genio o carócter nacional esencial, databan de la Reforma y su fortaleza económica se asoció con la ética protestante. Como incluso John Henry Newman, el líder del Movimiento de Oxford reconoció después de su conversión al Catolicismo, «como el inglés es su lengua natural, también el Protestantismo es la lengua moral e intelectual del cuerpo político» (John Henry Newman, Conferencias sobre la posición presente de los católicos en Inglaterra (1851), 366, citado en Norman, 19).


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