La siguiente historia sobre los orígenes de los tratados religiosos que constituye un tercio de las tres partes de la discusión de los autores sobre dicha temática, procede del décimo volumen de Enciclopedia de la literatura bíblica, teológica y eclesiástica. George P. Landow ha escaneado, formateado e hipervinculado el texto que conforma una postura protestante evangélica. [Traducción de Montserrat Martínez García revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow.]

El Movimiento de Oxford creció a partir de las reformas liberales (Whig) de comienzos de la década de 1830, en concreto del Proyecto de Reforma de 1832 (1832 Reform Act) y de la Alianza de los liberales con los disidentes en la causa de la libertad religiosa. Los liberales desaprobaron claramente la actitud de una mayoría de obispos en el Parlamento durante los debates del Proyecto de Reforma y su intromisión en la Iglesia de Irlanda hizo temer a numerosos partidarios acérrimos de la Iglesia anglicana (Anglican Church) que la reforma del Parlamento no sólo acabara reformando el Estado sino la Iglesia. Muchos clérigos de la Iglesia Alta se alarmaron ante la actitud liberal hacia la Iglesia anglicana, hecho que explica por qué Gladstone fue un miembro del Movimiento de Oxford.

Las ideas del Movimiento de Oxford se restringieron mayoritariamente a la élite intelectual de la Universidad de Oxford que apenas se preocupó de los problemas de la Gran Bretaña industrial. Todos aquellos implicados en el Movimiento estaban de acuerdo en que la Iglesia anglicana estaba en peligro de decadencia espiritual porque había olvidado las doctrinas de la sucesión apostólica, el sacerdocio y el sistema sacramental.

John Henry Newman lideró el camino publicando Tratados para los tiempos, comenzando en 1833. Éste fue el mismo año en que John Keble pronunció su sermón sobre la “Apostasía nacional”. Los tratados siempre eran cortos. Hacia finales de 1834, se habían escrito y distribuido cerca de 46 tratados. Newman se convirtió al Catolicismo romano en 1845 porque consideró que todos sus argumentos, donde defendía a la Iglesia cristiana, eran más apropiados para reivindicar a la Iglesia católica romana como la verdadera Iglesia.

Pensamientos sobre la comisión ministerial, respetuosamente dirigidos al clero

Sólo soy uno de vosotros, un presbítero, y por lo tanto, oculto mi nombre para no evitar asumir sobre mí mismo demasiadas responsabilidades al hablar en mi propia persona. No obstante debo hablar dado que los tiempos son muy perversos, aunque nadie se posicione en contra de ellos.

¿No es esto así? ¿No nos “miramos los unos a los otros” y sin embargo no hacemos nada? ¿No confesamos todos el peligro en el que la Iglesia se encuentra, y sin embargo nos quedamos sentados en nuestro propio refugio, como las montañas y los mares, incomunicados de nuestros hermanos? Por lo tanto, soportadme mientras intento sacaros de vuestros agradables retiros, que hasta la fecha han sido nuestra bendición para disfrutar, con el fin de contemplar la condición y las perspectivas de nuestra santa Madre de un modo práctico, de modo que todos y cada uno podamos desaprender ese hábito perezoso que se ha apoderado de nosotros y que consiste en reconocer que el estado de cosas es malo pero en no hacer nada para remediarlo.

Consideradlo por un momento. ¿Es justo, es sumiso padecer que nuestros obispos soporten lo peor de la batalla sin hacer nada por nuestra parte por apoyarlos? Sobre ellos recae “la preocupación por todas las Iglesias” (Segunda Epístola a los Corintios 11: 28). Esto no se puede evitar puesto que de hecho es su gloria. Ni uno de nosotros desearía en lo más mínimo privarlos de sus deberes, de los trabajos y de las responsabilidades de su sagrado oficio. Y por muy negro que sea el acontecimiento ante los ojos del país, sin embargo (por lo que a ellos respecta), no podríamos desearles una finalización de su curso más bendita que la de la ruina de sus buenas obras y la del martirio.

A ellos por tanto les encomendamos con buena disposición y afectuosamente sus elevados privilegios y honores y no usurpamos los derechos de los SUCESORES DE LOS APÓSTOLES, ni tocamos su espada ni su báculo pastoral. No obstante y con toda seguridad, podemos ser los portadores de sus escudos en su batalla sin ofensa, y por medio de nuestra voz y hazañas, ser para ellos lo que Lucas y Timoteo fueron para San Pablo.

Ahora bien, dejadme aproximarme inmediatamente al tema que me conduce a exhortaros. Si el que ha sido hasta ahora el gobierno de este país se olvidara de su DIOS hasta el punto de deshacerse de su Iglesia para privarla de sus honores y contenido temporales, ¿sobre qué apoyaríais vuestra reivindicación acerca del respeto y de la atención que reclamáis sobre vuestros rebaños? Hasta la fecha, habéis estado respaldados por vuestro nacimiento, vuestra educación, vuestra riqueza y vuestras conexiones; si estas ventajas seculares cesaran, ¿de qué dependerían los ministros de CRISTO? ¿No es ésta una pregunta seria y práctica? Conocemos el estado miserable de las entidades religiosas que el Estado no apoya. Observad a los disidentes que os rodean, y veréis inmediatamente que sus ministros al depender simplemente de la gente, se convierten en las criaturas del pueblo. ¿Estarías contentos si éste fuera vuestro caso? ¡Ay de mí! ¿Puede acaecer a los cristianos un mal mayor que el que sus maestros sean guiados por el pueblo en vez de ser ellos los guías? ¿Cómo podemos tener “por norma las palabras sanas” (Segunda Epístola a Timoteo 13: 1) y “conservar lo que se nos ha encomendado en confianza”, si nuestra influencia consiste en depender llanamente de nuestra popularidad? ¿Nuestra tarea no consiste en oponernos al mundo? ¿Podemos permitirnos el cortejarlo? ¿Predicar asuntos inofensivos y engaños proféticos? ¿Facilitar la vida a los ricos e indolentes y sobornar a las clases más humildes por medio de provocaciones y de doctrinas altamente tóxicas? Inevitablemente, no debe ser así, de modo que la pregunta persiste, ¿en qué descansará nuestra autoridad cuando el Estado nos abandone?

CRISTO no ha dejado a su Iglesia sin su propia seguridad ante la atención de los hombres. Ciertamente no. Él no puede ser un Maestro severo para pedirnos que nos opongamos al mundo, sin embargo no nos pide credenciales al hacerlo. Hay algunos que dejan reposar su misión divina en su afirmación particular, carente de respaldo; otros, en su popularidad; otros, en su éxito, y otros en sus distinciones temporales. Este último caso, quizá, ha sido en demasía el nuestro, por lo que me temo que hemos descuidado el terreno real sobre el cual nuestra autoridad se ha edificado: NUESTRA DESCENDENCIA APOSTÓLICA.

Hemos nacido no de la sangre ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de DIOS. Nuestro SEÑOR JESUCRISTO dio su ESPÍRITU a sus Apóstoles y ellos a su vez impusieron sus manos a sus sucesores y éstos a su vez a otros, de tal modo que el don sagrado ha sido transmitido hasta nuestros obispos presentes, quienes nos han nombrado como sus asistentes y en cierto sentido, como sus representantes.

En consecuencia, cada uno de nosotros cree esto. Sé que al principio algunos lo negarán; aun así, lo creen. Sólo se trata de que no ha sido impreso en sus mentes con la suficiente practicidad. Ellos lo creen puesto que es la doctrina del servicio de la ordenación que han reconocido como verdad durante la temporada más solemne de sus vidas. Con la finalidad por ello, no de probar, sino de recordar y de conmocionar, pido vuestra atención a las palabras usadas cuando fuisteis nombrados ministros de la Iglesia de CRISTO.

La labor del diácono se os confió por tanto del siguiente modo: “Asume tu autoridad en la ejecución del servicio de diácono en la Iglesia de DIOS que se te ha encomendado: En el nombre del…”, etc.

Y la del sacerdote en estos términos:

”Recibe al ESPÍRITU SANTO, en tu cargo y trabajo como sacerdote de la Iglesia de DIOS, que ahora se te encomienda por medio de la imposición de nuestras manos. A aquellos a quienes les perdones los pecados, les son perdonados; y a aquellos a quienes se los retengas, les serán retenidos. Y sé un dispensador fiel de la palabra de DIOS, así como de sus sagrados sacramentos: En el nombre del...”, etc.

Digo que éstas fueron las palabras que se nos dirigieron y que recibimos, cuando nos acercamos ante DIOS más que en cualquier otra ocasión de nuestras vidas. Sé que la gracia de la ordenación está contenida en la imposición de las manos y no en ninguna forma verbal; sin embargo, en nuestro caso (como siempre ha sido costumbre en la Iglesia), las palabras para bendecir han acompañado el acto. Así, hemos confesado ante DIOS nuestra creencia de que a través del obispo que nos ordenó, hemos recibido del ESPÍRITU SANTO el poder para retener y para perdonar, para administrar los sacramentos y para predicar. Ahora bien, ¿cómo es éste capaz de otorgar tales dones? ¿Dónde reside su facultad? ¿Son sus palabras en vano (lo cual implicaría tomar el nombre de DIOS en vano) o simplemente expresan un deseo (que con toda seguridad se encuentra muy por debajo de su significado), o no indican más bien que el hablante está transmitiendo un don? Con toda seguridad, tales palabras no se quedan cortas. Pero, ¿de dónde?, pregunto, ¿surge su facultad para hacerlo? ¿Tiene algún poder, a menos que lo haya recibido de aquellos que le consagraron para ser un obispo? Nunca podría dar aquello que nunca recibió. Queda claro entonces que no hace sino transmitir y que el ministro cristiano es un sucesor. Y si rastreamos el poder de la ordenación por medio de la imposición de manos, llegaremos por supuesto hasta los Apóstoles. Sabemos que será así, como hecho histórico obvio, y por tanto todos nosotros, que hemos sido ordenados clérigos bajo la misma forma de nuestra ordenación reconocimos la doctrina de la SUCESIÓN APOSTÓLICA.

Y por la misma razón, debemos considerar por necesidad que nadie que no haya sido realmente ordenado como nosotros, no lo está. Puesto que si la ordenación es divina, esto es necesario, y si no es una ordenación divina, ¿cómo podemos atrevernos a utilizarla? En consecuencia, todos aquellos que recurren a ella, todos nosotros, debemos estimarla como imprescindible. De igual modo que tampoco podemos fingir que los sacramentos no son necesarios para la salvación en tanto en cuanto aplicamos los ritos de la liturgia, puesto que cuando DIOS designa los medios de la gracia, ésos son los medios.

No veo cómo alguien puede escapar de esta interpretación tan clara de la materia, excepto (como ya he sugerido) declarando que las palabras no denotan todo lo que quieren expresar. Pero sólo reflexionad sobre lo inapropiadas que resultan las palabras al azar cuando los ministros son apartados de su labor. ¿No adoptamos una liturgia, para obstaculizar el lenguaje desconsiderado y sin valor, y no escribimos, suscribimos y utilizamos una y otra vez formas discursivas, en los ritos más sagrados, que no se han ponderado y que no se pueden interpretar estrictamente?

Por lo tanto, mis queridos hermanos, estad a la altura de vuestras ocupaciones. No dejéis que se diga que habéis descuidado vuestro don. Puesto que si poseéis el Espíritu de los Apóstoles sobre vosotros, con toda seguridad que éste es un gran don. “Estimulad el don de DIOS que se encuentra en vosotros”. Sacad de él el máximo partido. Mostrad su valor. Guardadlo en vuestras mentes como una insignia honorable mucho más elevada que la respetabilidad secular o que la cultura, el refinamiento, el conocimiento o el rango que os conceden la posibilidad de que muchos os escuchen. Contadles en qué consiste vuestro talento. El tiempo en breve os conducirá a hacer esto si todavía queréis hacer algo. Pero no esperéis a este momento. No os veáis obligados cuando el mundo os abandone, a recurrir reticentemente a la más alta fuente de vuestra autoridad. Hablad claro ahora antes de que os veáis forzados, tanto para glorificar vuestro privilegio como para asegurar vuestro honor legítimo entre vuestra gente. Una noción se ha extendido y es que vuestro pueblo os puede despojar de vuestro poder. Éste os ha sido dado y puede seros arrebatado. Se piensa que es propiedad de la Iglesia y saben que tienen políticamente el poder para confiscar tal bien. La gente fue engañada con la noción de que el utilitarismo palpable y presente, los resultados producidos y la aceptación por parte de la congregación eran las pruebas de su misión divina. Ilustradlos sobre el tema. Exaltad a nuestros santos Padres, a los obispos como los representantes de los Apóstoles y los ángeles de las Iglesias, y magnificad vuestro oficio puesto que habéis sido ordenados gracias a ellos para tomar parte de su ministerio.

Pero, si no adoptáis la interpretación que os ofrezco sobre este asunto sin dudar, aunque (espero), respetuosamente y en todas las circunstancias, ELEGID VUESTRO PARECER. Permanecer neutral durante mucho más tiempo será en sí mismo tomar parte en ello. Elegid vuestra opinión, puesto que debéis tomar partido brevemente hacia una parte o hacia la otra, aunque no hagáis nada. Temed ser como aquellos cuya línea de conducta la deciden las circunstancias al azar y que pueden encontrarse accidentalmente con los enemigos de CRISTO, mientras no piensan salvo en apartarse de la política mundana. Tal ausencia es imposible en los tiempos problemáticos. AQUEL QUE NO ESTÁ CONMIGO, ESTÁ CONTRA MÍ, Y AQUEL QUE NO RECOGE CONMIGO, DESPARRAMA.

Bibliografía

Tracts for the Times, Vol 1. Londres: J. G. y F. Rivington, 1834.


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Modificado por última vez el 29 de abril de 2010; traducido 6 de octubre de 2011