Desde su más temprana infancia, Wesley fue extraordinariamente susceptible a las impresiones religiosas. Era reverencial, concienzudo, reflexivo y serio, muy aventajadamente para su edad. Estas cualidades se desarrollaron debido al ambiente religioso que invadía la rectoría Epworth, a la instrucción metódica y formación juiciosa de su afectuosa y dotada madre y a la influencia de su erudito y devoto padre. Educado en esta casa, consagrado a los afectos domésticos, a la cultura intelectual y a las inquietudes espirituales, su mente y corazón se sumergieron en las dulces influencias del espíritu de la verdad tan precozmente que su padre, impresionado por la consistencia de su infancia, le administró la comunión cuando sólo contaba con ocho añ os. Y él mismo declaró que «hasta que no tuve diez añ os, no borré el pecado mediante la purificación que el Espíritu Santo me otorgó en el bautismo».

Cuando fue enviado a la escuela Charterhouse (Charterhouse School), se convirtió en una planta transplantada del calor dulce de un invernadero al frío aire de un jardín desprotegido. La religión se conservaba en sus entradas, pero la atmósfera religiosa y la protección personal a la que había estado acostumbrado estaban ausentes. De ahí que la piedad de su infancia se marchitara. Aún así, se adhirió a los deberes externos de la religión pero su corazón perdió los consuelos del Espíritu; y aunque evitó pecados escandalosos, cayó en prácticas que su conciencia condenaba.

En este estado, ingresó en la universidad, donde durante cinco añ os, y mientras atendía sus deberes religiosos con respeto aparente, continuó pecando en contra de sus convicciones a pesar de los castigos de su conciencia. Éstos eran tan severos en determinados momentos que le inducían a ataques transitorios de arrepentimientos infructuosos. Su amor por aprender era tan fuerte que sufría cuando sus placeres interferían en sus estudios; su pobreza le mantuvo apartado de los vicios costosos que apresaban a muchos de sus compañ eros de universidad, pero que no impidieron que se convirtiera en un pecador alegre e ingenioso, aunque inmoral. Cuando tenía veintidós añ os, sus pensamientos fueron arrastrados hacia visiones vitales más serias a causa de las cartas apremiantes de su padre en las que le urgía a tomar las órdenes sagradas, y hacia la luz que penetró en su conciencia mientras leía El patrón del cristiano, de Thomas ą Kempis. La conversación con un amigo religioso y, después de su traslado a la Universidad Lincoln, el examen detenido de La perfección cristiana de la ley y la seriedad de la vocación, profundizaron estas convicciones y le llevaron a dedicarse, en alma, cuerpo y sustancia al servicio de Dios. La entrega de esta devoción personal, combinada con su extrañ o coraje moral y su fuerza superior de carácter, provocaron que fuera reconocido como el líder de un grupo de futuros licenciados apodado el «Club sagrado» por los estudiantes irreligiosos y los profesores de la universidad, que también despreciaban a sus miembros por su adhesión rígida, reglas ritualistas y prácticas caritativas llamándoles «los metodistas».

Wesley nunca se retiró de esta dedicación exclusiva a Dios. Por ello, buscó cumplir la voluntad de Dios con toda la fuerza de su naturaleza enérgica. Pero, debido a su fracaso para comprender la doctrina escrituraria de la salvación por medio sólo de la fe, buscó a tientas en la oscuridad durante trece añ os de auto-negación ascética, prácticas ritualistas, plegarias incesantes y trabajos de caridad, antes de que ganara la seguridad de que Dios, por mediación de Cristo, le había perdonado sus pecados. La historia humana no presenta una prueba de sinceridad tan fuerte ni de anhelo mayor que la contenida en la devoción absoluta y completa de Wesley por la religión a través de estos añ os largos, cansados e incómodos de la búsqueda de Dios infructuosa. Quizá no exista un acontecimiento más sorprendente en su maravillosa carrera que el hecho, con sus poderes perceptivos ampliamente desarrollados y su familiaridad con las Escrituras y con los escritos de los profetas ingleses, de que vivió durante tanto tiempo sin ganar una concepción justa de la doctrina de la justificación sólo por la fe. Y cuando, en su viaje a Savannah vio a algunos moravianos (Moravians) piadosos alegrándose, mientras él se veía sacudido por los temores ante la muerte, entre la furia de una tormenta que aparentemente les conducía hacia la destrucción, no sospechó que su miedo era el fruto de sus concepciones erróneas. Sin embargo, su atención se dirigió por ello hacia los aspectos insatisfactorios de su experiencia. Habló mucho con algunos de los hermanos moravianos después de su llegada a Savannah, pero no fue hasta después de su regreso a Inglaterra, en 1738, que Peter Bohler, un predicador moraviano de Londres, tras mucha conversación, y ayudado por los testimonios de varios testigos aún vivos, le convenció de que para ganar la paz mental debía renunciar a esa dependencia de sus propias obras que hasta entonces había sido el veneno de su experiencia, y reemplazarla por una confianza plena en la sangre de Cristo derramada por él. Para ganar esta fe, luchó con todo el fervor posible. Y durante una reunión de la sociedad moraviana en la calle Aldersgate, mientras alguien leía una afirmación de Lutero acerca del cambio que las obras de Dios operan en el corazón mediante la fe, Wesley dijo, «Sentí como extrañ amente mi corazón se enternecía. Sentí que confiaba en Cristo, sólo en Cristo, para la salvación, y sentí la seguridad de que Él había borrado mis pecados, incluso los míos, y me había salvado de la ley del pecado y de la muerte».

Wesley era ahora el poseedor de la «paz constante», pero su fe, todavía débil, estaba sometida a numerosas fluctuaciones a través de diversas tentaciones. Por lo tanto, dedicó todas las fuerzas de su mente a la cultura de su fe. Buscó contacto con la espiritualidad de los moravianos; viajó a Alemania, visitó al conde Zinzendorf; se familiarizó con la vida religiosa de los moravianos de Herrnhut; conversó libremente con muchos de sus hombres más distinguidos, y en septiembre de 1738, regresó a Londres, con una fe fuerte y preparado para comprometerse con un celo ilimitado con el deber de llamar a los hombres al arrepentimiento de igual modo que la Providencia le había dado a él oportunidades. «Miro», dijo a un amigo, poco después de su regreso a Inglaterra, «al mundo como si fuera mi parroquia; hasta tan lejos, quiero decir, que en cualquier parte de él me encuentro, y juzgo que es mi deber conveniente, recto e ineludible declarar, ante todos los dispuestos a escuchar, las agradables noticias de la salvación».


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Modificado por última vez 30 de abril de 2010;; traducido 2 de noviembre de 2010