Esta convicción, el resultado de su fe y de su amor, fue el principio germinativo de su Metodismo orgánico, aunque Wesley no lo reconoció entonces desde esa óptica. Por aquel entonces no tenía ni la más remota idea de que estaba a punto de convertirse en el edificador de una vasta estructura eclesiástica. Nunca, quizá, un clérigo erudito de treinta y cinco añ os careció tan completamente de un plan de vida como John Wesley en 1738. Sabía que su corazón estaba ardiendo de amor por Cristo y por las almas humanas, y que estaba poseído por un deseo pasional para proclamar la doctrina de la salvación presente sólo por la fe, y de que estaba decidido, costara lo que costara, a ser guiado por ese deseo. Sus intenciones no llegaban más allá de esto. Era un clérigo acérrimo, incluso de la Alta Iglesia, y naturalmente asumía que el fruto de su trabajo contribuiría con la espiritualidad de la Iglesia establecida (Established Church). De ahí que se deba considerar al Metodismo como un accidente más que como el resultado de un propósito deliberadamente formado en la mente de su gran fundador. Fue el desbordamiento de un principio supremo labrado orgánicamente por las circunstancias incontrolables, excepto por la rendición del propio principio. Los hechos de la carrera de Wesley posteriores a 1738 apenas admiten ninguna otra interpretación satisfactoria. Revisémoslos brevemente.

Existían varias «sociedades» en Londres, principalmente compuestas de personas que estaban deseando una pertenencia e instrucción espiritual. Algunas de ellas tenían profesores moravianos, otras estaban integradas por sacerdotes. Wesley de modo natural se asoció con estas sociedades y predicó en ellas así como en congregaciones episcopales, abiertas a estos ministerios. Pero su fervor extremado, su teoría de la conversión instantánea mediante la fe, y sobre todo, los extraordinarios resultados espirituales de su predicación ofendieron tanto a los vicarios y a los rectores de las iglesias que después de varios meses, se encontró con que se le negaba generalmente el acceso a los púlpitos de las iglesias y se le limitaba la esfera de sus operaciones, especialmente, a las estancias de las sociedades, a las capillas de las cárceles y a las salas de los hospitales. Tampoco había ninguna probabilidad de que fuera presentado a ninguna iglesia viviente. En este momento crítico, su amigo Whitefield le envió una invitación insistente para que visitara Bristol. Después de dudarlo se marchó, y sus sensibilidades, propias de la Alta Iglesia, se sorprendieron al ver a este evangelista elocuente predicar ante una inmensa congregación al aire libre. «Al principio apenas podía reconciliarme», observaba, «con este extrañ o modo de predicar en los campos… habiendo sido toda mi vida (hasta muy recientemente) tan tenaz con cada aspecto relativo al decoro y al orden hasta el grado de llegar a pensar que la salvación de las almas era casi un pecado cuando no se producía en una Iglesia». Pero el ver la predicación de Whitefield en el campo divinamente bendecida, conquistó sus prejuicios de toda una vida, y cuando permaneció junto a una eminencia cerca de la ciudad de Bristol, predicó por primera vez al aire libre a cerca de tres mil almas. Así se resolvió el problema de su carrera evangelista. El gran propósito de su vida pudo cumplirse a pesar de las puertas cerradas de una iglesia. Entonces no lo sabía, pero creó realmente el Metodismo orgánico, con su ministerio itinerante, y lo hizo posible ese memorable lunes, 2 de abril de 1739, cuando, con un coraje que en sus circunstancias fue realmente sublime, cruzó el Rubicón convirtiéndose en un predicador de campo.

El éxito de su ministerio al aire libre pronto hizo necesaria la construcción de una capilla para acomodar a los conversos de Bristol. La falta de habilidad de la gente le obligó a asumir las responsabilidades financieras de su empresa. Para proteger sus intereses pecuniarios así adquiridos, y para asegurarse el uso del púlpito para él mismo o para sus representantes, se vio empujado a concederse a sí mismo los derechos de la capilla. Todo esto, para su parecer, tenía el aspecto de una carga indeseable forzada sobre sus hombros por circunstancias no buscadas. Pero demostró ser el origen de ese sistema de auto-otorgación de los derechos de la capilla que de otro modo no habrían asegurado la unidad y el crecimiento orgánico de las sociedades wesleyanas. Mediante su adopción, Wesley estaba inconscientemente trabajando sobre los cimientos de una Iglesia, cuyo ideal todavía era incapaz de imaginar.


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Modificado por última vez 30 de abril de 2010;; traducido 2 de noviembre de 2010