[Traducción de Viviane de Moraes Abrahão revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow. En los títulos de las obras no traducidas al castellano, la traductora indica con la anotación «Nota del Traductor (N. T.)« entre paréntesis que la traducción de los mismos es obra suya. En caso contrario, la traductora se basa en las traducciones ya disponibles que figuran en el registro ISBN. Del mismo modo, en lo referente a las citas literarias, la traductora indica las traducciones disponibles en castellano. Aquellos casos en los que no se hace referencia a ninguna traducción previa, aluden a la labor traductora de Viviane de Moraes Abrahão  

Anna Elizabeth Blunden (Mrs. Martino), 1830-1915, The Seamstress (A Song of the Shirt), 1854.

A principios de la década de 1840 las mujeres de clase media-baja, media y alta (las llamadas «damas afligidas») tenían cada vez más necesidad de apoyos. Mrs. Jameson observó que si uno considera a las viudas o a las hijas de «abogados y boticarios, comerciantes y tenderos, bancarios, etc., en esta clase más de dos tercios de las mujeres se ven ahora obligadas a ganarse el pan.» ("Condition of the Women and the Female Children," The Athenæum, 16 (March 18, 1843), 258) A diferencia de la pintura y la escritura, que algunas de las mujeres de clase media tomaban como profesión, los trabajos de aguja y la enseñanza parecían profesiones «naturales» para mujeres, y apropiadas para aquellas de clases media y alta. Mientras solo algunas mujeres estaban educadas para ser institutrices, virtualmente todas las mujeres tenían la experiencia necesaria para el bordado.

La fabricación de sombreros y de vestidos constituía en el destino de trabajo de aguja más elevado; eran ocupaciones «respetables» para jóvenes de familias de clase media o media-baja. El número de mujeres involucradas en modistería a principios de 1840 se estimaba en unas 15.000 (House of Commons, Reports from Commissioners: Children's Employment, Trade and Manufactures, Sessional Papers XIV (1843) 555) Las modistas y sombrereras venían de familias que tenían dinero suficiente como para ser aprendices de este negocio. Este tipo de trabajo era parte de un sistema de aprendizaje antiguo y establecido (como la sastrería entre los hombres) y era una de las pocas ocupaciones abierta a las mujeres que ofrecía habilidad y permanencia en el comercio, y que prometía, al menos después del periodo de aprendizaje, una vida decente y respetable.

Las modistas estaban involucradas a un tipo de comercio tradicional, el de hacer ropas femeninas a medida. Sin embargo, en las décadas de 1830 y 1840, la creciente clase media creaba una nueva demanda de ropas masculinas baratas y ya confeccionadas (el trabajo del sastre de trajes a medida no era asequible). Como muchos comercios de los años 1830 y 1840, la sastrería era un trabajo sindicalizado de artesanos habilidosos. En este nuevo mercado de ropas baratas en crecimiento muchas mujeres trabajaban en casa creando estas ropas de confección a precios muy bajos (denominado «slop» y «slop-work»). Las mujeres que creaban ropas de baja calidad podían ser jóvenes, pero otras veces eran ancianas y viudas con niños o con otros parientes que mantener. Hacer camisas de hombre por salarios miserables era a menudo preferible a su única opción: el trabajo domestico, porque esto permitía ser independientes (un factor importante para la mujer de clase media)

En la primavera de 1843, el «Segundo informe sobre el empleo infantil» (Second Report of the Children's Employment Commission) horrorizó el publico con historias de la exploración cruel y sin corazón de las costureras de los cuartos interiores y buhardillas de Londres. El público estaba consternado al saber que tantas mujeres «delicadas» vivían, trabajaban y morían en condiciones tan miserables y, lo que era peor para la sensibilidad Victoriana, que algunas recurrían o sucumbían a la prostitución.

Tras la publicación del segundo informe, las costureras afligidas se convirtieron en un tema controvertido. El público recibió un aluvión de artículos de periódicos, panfletos, novelas, cuentos cortos, poesías (la más famosa es «Song of the Shirt», de Thomas Hood), y piezas teatrales, muchas que utilizaban las informaciones de costureras «encubiertas» por los comisarios del gobierno (a menudo citando palabra por palabra y extensamente). En octubre de 1843, un informe en The Times sobre las costureras que empeñaron ilegalmente la ropa que tenían que coser porque sus hijos tenían hambre convirtió la preocupación por las costureras en una histeria. Dos meses después, en diciembre de 1843, estalló otro escándalo (también informado en el The Times) cuando una costurera intentó matar a sus hijos y suicidarse después. Estos casos (y un montón de casos más) moldearon la opinión pública sobre las condiciones de todas las costureras de Londres. Tonna se convirtió en un símbolo de cómo las pobres y indefensas mujeres inglesas eran conducidas a actividades criminales y hasta el infanticidio por insensibles comerciantes judíos. Se culpaba con frecuencia a los vendedores judíos de ropas baratas tanto en The Times y Punch de lo que simplemente era el silencioso y a menudo cruel progreso del capitalismo. The Times también empleó estas historias de costureras como parte de su campaña (a veces escandalosa) por desacreditar la ley «New Poor Law»; de 1834.

Dada la gran cantidad de literatura sobre costureras que se produjo durante este periodo al principio parece sorprendente que todas las fuentes que uno consulta cuentan la misma historia: una historia en la cual una joven feliz, rica y virtuosa deja su casa en el campo para ser costurera en la gran ciudad, donde se encuentra con un malvado jefe y/o seductor, y empieza su declive irreversible, culminando en la muerte y/o en la prostitución.

Incluso el Segundo Informe ofreció esta narrativa, aunque en un formato y manera profesional y casi imparcial. Los escritores de ficción, llevaos a traer los «hechos» del informe parlamentario ante una audiencia mayor, crearon apasionantes narrativas llamados a conseguir compasión para con los personajes de las simpáticas costureras, jóvenes virtuosas y sin culpa, y en contra de los crueles y malvados empresarios, con frecuencia judíos. En las historias de prostitución la decadencia de las costureras era casi irreversible. En la mayoría de ellas, la única opción era de sucumbir al vicio (prostitución), o mantener su «virtud» y morir. Los autores a menudo usaban dos protagonistas para demostrar la inevitabilidad de estos dos destinos.

El sentido de urgencia evidente en la constante repetición del deterioro de las costureras, el uso de personajes unidimensionales y un argumento melodramático, indica que la narrativa llamaba a la negociación, y a encontrar soluciones para un problema en la mente de todos: quien el culpable y que se debería hacer al respecto. Para la mayor parte, la clase trabajadora volátil, nerviosa, empobrecida era potencialmente revolucionaria. La cuestión se tornaba insistente como lo fue entre 1843-1844 (y después en 1848-1850), debido a los miedos de la descontenta clase trabajadora, entre la que las costureras reaparecían como foco de preocupación y escándalo públicos.

¿Por qué las costureras, y no otro tipo de trabajadores? La respuesta a esta cuestión es compleja. Las personas que escribían sobre las costureras tenían agendas políticas de uno u otro tipo. En la década de los «hambrientos cuarenta» Inglaterra se enfrentaba a una crisis, y las costureras encajaban perfectamente y de todas las formas posibles enel análisis del problema. Este implicaba (dependiendo de a quien se preguntase): una falta de comunicación entre los ricos y pobres («las dos naciones» de Disraeli), desempleo entre los hombres mientras las mujeres trabajadoras crecían en número, y la subsecuente quiebra de la familia de clase trabajadora, la New Poor Law de 1834, y los trabajos mal pagados de las mujeres.

De alguna forma, la costura era la máxima señal de feminidad. Actividad sedentaria y pasiva, tradicionalmente realizada por las mujeres en el ámbito y mantenimiento de su familia y hogar. En la literatura del periodo, «la aguja» era el lugar «natural» de las mujeres en el hogar, y creaba fuertes asociaciones con la felicidad domestica y la devoción materna. Mientras a otras trabajadoras se las veía desarrollar características masculinas, las costureras continuaban siendo «mujeres». No es raro que labores de aguja realizadas por las mujeres para el comercio y para extraños (lo que ser parecía a una forma de prostitución) se convirtiese en una intensa fuente de ansiedad. Las nociones ideológicas de maternidad, hogar, moralidad y estabilidad nacional parecían desestabilizarse cuando la aguja se movía fuera del entorno familiar.

Por el otro lado, para aquellas mujeres que anhelaban un lugar en el mundo fuera del hogar, el aburrido y repetitivo acto de mover la aguja representaba el confinamiento desleal a la esfera domestica (véase Shirley de Charlotte Brontë). La costurera empobrecida se tornó, para las primeras feministas, en un símbolo de las consecuencias de una sociedad hipócrita que limitaba la vida de las mujeres, preconizando que no debía trabajar (y que consecuentemente no dejaba ocupaciones abiertas para ellas), mientras les forzaba, al mismo tiempo, a trabajar. Las dificultades de la enseñanza de la costura las planteó Harriet Martineau, Mrs. Jameson y otras, quiens demostraron la necesidad de aumentar la educación y las oportunidades femeninas.

En la década de 1840, la figura de la costurera afligida apareció en el trabajo de Charles Kingsley (Alton Locke y Cheap Clothes and Nasty), Charlotte Elizabeth Tonna (The Perils of the Nation y The Wrongs of Woman), Friedrich Engels (The Condition of the Working Class in England), Thomas Carlyle (“The Nigger Question”) y Charles Dickens (The Chimes), entre otros. Para más información sobre las costureras afligidas de los años 1840 que incluyen imágenes y la relación con temas políticos de la época, véase Beth Harris, "The Works of Women are Symbolical" The Victorian Seamstress in the 1840s, Ph.D. Dissertation, City University of New York, 1997.


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Modificado por última vez el 18 de noviembre de 2002; traducido 27 de junio de 2011