El intento de Carlyle por encontrar un lugar para Cartismo en las reseñas políticas revela el grado hasta el cual concibió su discusión sobre la condición de Inglaterra en términos de los análisis y de las soluciones ofrecidas por los partidos políticos dominantes. Aún tenía la esperanza de despertar a los Tories a su deber, pero publicando por su cuenta se sintió libre para escribir un ensayo “igualmente sorprendente para los radicales girondinos, los conservadores aristócratas y holgazanes y los Whig incrédulos y aficionados” (CL, 11: 218; véase 226, 10: 104, 111, 117). Aunque el estilo de Cartismo (•••Chartism) es el característico de Carlyle, éste se limitó al discurso del parlamento y de las reseñas políticas, al discurso de la economía política más que al discurso ético de la creencia casi-religiosa. Por supuesto, Carlyle quería remodelar y extender los límites del discurso político así como reformar los partidos. Si bien había querido convertir a los radicales en místicos, quería convertir en radicales a los Tories (dado que los partidos en sí mismos eran inestables en aquel periodo y estaban experimentando una transformación esencial, este propósito no era tan poco realista como pudiera parecer en un primer momento). Se sintió feliz al ver que los primeros anuncios sobre Cartismo, en La crónica de la mañana de tendencia Whig y en El espectador de tendencia •••Tory, reconocían su nuevo Conservadurismo, lo que La revista de Edimburgo radical de Tait denominó “El Torismo radical” (CL, 12: 3-4; Seigel, 165). Desde el principio, Carlyle pretendió atacar los principios utilitaristas encarnados en la reforma legislativa como la Ley para pobres de 1834 (•••Poor Law), y Cartismo continúa un argumento con Mill sobre esta cuestión que comenzó en su correspondencia relativa a ello. Cuando Carlyle informó a Mill de que su ensayo criticaría la nueva ley para pobres, Mill defendió la ley citando las mejoras de la condición de la clase trabajadora. Carlyle replicó que bajo las circunstancias presentes “es una burla amarga hablar de 'mejoras'” (CL, 10: 15). Carlyle consideró este aspecto como una cuestión clave dentro de la postura radical, reivindicando un año después que Mill se había negado a publicar su ensayo a menos que “llegara a la conclusión de que ¡su situación estaba mejorando gradualmente!” (CL, 11: 117; véase 12: 11). En Cartismo, Carlyle adaptó su contestación a Mill para embestir contra la “burla cruel” de los principios subyacentes a la reforma legislativa radical (CME, 4: 142). [95/96]

Sin embargo, aunque agrede a los Utilitaristas (utilitarians), Cartismo utiliza el modo argumental utilitarista. Por ejemplo, Carlyle arguyó que la condición de la clase trabajadora estaba empeorando más que progresando porque un charco creciente de trabajo y el desplazamiento del mismo por la maquinaria estaban reduciendo firmemente el valor de la faena y arruinando las condiciones de vida (CME, 4: 140). En lugar de cuestionar la validez de la economía clásica, el argumento utiliza uno de sus principios básicos (el efecto de la provisión del trabajo en función de los salarios semanales) para atacar los argumentos de los radicales. Asimismo, Carlyle criticó la nueva ley para pobres no porque deshumanizara el alivio de los pobres (aprobaba varias de las innovaciones de los radicales, incluidas la administración centralizada y el principio alentador del trabajo), sino porque asumía erróneamente que el trabajo estaba disponible para todos los individuos sanos, esto es, una vez más la cuestión de la oferta y la demanda. Aunque ocasionalmente apartó el estilo sencillo del argumento racional y llamó afectivamente al lector, recurrió a estas llamadas sólo para aumentar en intensidad su razonamiento y no para debilitar el discurso utilitario (e.g., CME, 4: 141-42).

La estrategia retórica de Cartismo se vuelve de lo más limitante cuando articula las soluciones. Mientras que efectivamente batalla contra el laissez-faire, tiene mucho menos éxito a la hora de concebir el nuevo orden social. De hecho, dado que la crítica al Utilitarianismo que estaba implícita más que explícita, arrolla la discusión sobre la necesidad de la autoridad, los críticos tienden a perdérsela. Centrándose en su lugar en las propuestas más específicas de Carlyle de un sistema educativo nacional que mejorara la situación de la clase trabajadora y de un programa nacional para la emigración que disminuyera el tamaño de la reserva de trabajo, fueron rápidos en criticar las soluciones de Carlyle como vagas, poco prácticas e incluso poco originales. Sobre el último aspecto, por lo menos, tuvieron justificación; ambos programas se habían debatido en el parlamento durante años. El apoyo de Carlyle a estos programas (que él consideraba como modos por los cuales el gobierno podía afirmar su autoridad) demuestra el punto hasta el cual los argumentos de Cartismo fueron dictados por los parámetros del debate parlamentario. (Cuando Carlyle repitió estas propuestas en Pasado y presente, subrayaría que sólo eran ejemplos de lo que un gobierno autoritario podría intentar hacer, y no soluciones en sí mismas). Su atracción hacia la antigua aristocracia, el partido Tory existente, plantea las mismas cuestiones. No fue consciente de que, como Lady Sydney Morgan señaló, la misma aristocracia Tory que justo varios meses antes escenificó el absurdo torneo inglés [96/97] apenas parecía probable que se convirtiera al radicalismo (29). El propio Cartismo concluye con la protesta de que en vez de proporcionar el liderazgo que Inglaterra necesitaba, la aristocracia estaba ocupada salvaguardando sus diversiones (CL, 4: 204).

Carlyle no logró una visión de la recuperación de la autoridad en Cartismo porque se circunscribió a un discurso que estimaba como parte del problema. Cartismo como La Revolución francesa critica la interminable elaboración discursiva de los parlamentos, pero más que suministrar una alternativa al discurso parlamentario, refuerza los términos de susodicho debate (véase CME, 4: 168; CL, 11: 43). Además, Carlyle sólo llega a “ceñirse” a sí mismo “por llevarlo a efecto real”; su discurso tampoco actúa sobre el pueblo inglés ni le muestra cómo actuar (CME, 4: 190; véase P. Rosenberg, 138). Como el discurso de los girondinos y de los radicales, la disertación de Cartismo es efectiva en socavar el status quo pero no permite imaginar un nuevo orden social. No es de extrañar que La crónica mensual calificara al “credo” de Carlyle “sin esperanza, y a su trabajo sin progresión” (107).


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Actualizado por última vez el 6 de octubre de 2001; traducido el 31 de julio de 2012