[ *** = solo en inglés. Traducción de Gabriela Salvador D'Ambrosio revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow. En los títulos de las obras no traducidas al castellano, la traductora indica con la anotación “Nota del Traductor (N. T.)“ entre paréntesis que la traducción de los mismos es obra suya. En caso contrario, la traductora se basa en las traducciones ya disponibles que figuran en el registro ISBN. Del mismo modo, en lo referente a las citas literarias, la traductora indica las traducciones disponibles en castellano. Aquellos casos en los que no se hace referencia a ninguna traducción previa, aluden a la labor traductora de Gabriela Salvador D'Ambrosio.]

[El siguiente extracto de La era victoriana en la Literatura(N.T.) (The Victorian Age in Literature) se basa en el EBook #18639 del Proyecto Gutenberg, producido por Karina Aleksandrova, Juliet Sutherland y el Online Distributed Proofreading Team en http://www.pgdp.net. George P. Landow preparó el formato del texto y añadió links a otros materiales en la Victorian Web.]

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ingún hombre escribió jamás como lo hizo Stevenson, quien únicamente se preocupó de escribir. Sin embargo, existe la impresión, aunque engañosa, de que sus aspiraciones originales eran artísticas más que puramente filosóficas. Al parecer, en la línea de los ‘covenanters’ (N.T. término escoces para ‘promesa solemne’ o ‘documento legal’ que designa una alianza que concluyeron en 1558 todos los reformados de Escocia para defender su nueva confesión contra los católicos), pensaba que era inmoral pasar por alto el romance. Su postura real quedó expresada en la frase de una de sus cartas: “nuestra civilización es un negocio sórdido y poco caballeroso que denigra al hombre. Concluyó que lo que el hombre había perdido era su condición de niño. Perseguía piratas, mientras Defoe había huido de ellos, y resumía sus emociones más básicas con un conmovedor cri de coeur “¿nunca vamos a derramar sangre?” Hizo por las “noveluchas” lo que •••Coleridge había hecho por las “baladuchas”. Demostró que, por ser algo genuinamente humano, la novela podría ascender tan alto como la llevase la naturaleza humana. Si Thackeray es nuestra juventud, Stevenson es nuestra niñez: y aunque ello no es lo más artístico en él, es lo más importante de la historia del arte Victoriano. El resto de lo que hizo se hallaba, por razones curiosas, lejos de lo frecuente en su época. Por ejemplo, tenía lo bueno y lo malo de proceder de un hogar calvinista escocés. Nadie en la época tenía tan sano instinto para percibir la realidad del mal tan directamente. En El Señor de Ballantrae (The Master of Ballantrae) demostró con pluma de hierro que el demonio es un caballero — pero que es, pese a todo, el demonio. También es propio de él (y de la sublevación de la respetabilidad victoriana en general) que su relato más melodramático y sensacional sea también el que contiene su más íntima y amarga verdad. Dr. Jekyll y Mr. Hyde es un doble triunfo: posee la agitación externa propia de •••Conan Doyle, y la agitación interna propia de •••Henry James. Es igualmente característico de la época victoriana que, cuando todo inglés ha disfrutado de la anécdota, apenas ninguno ha visto la ‘gracia’ – quiero decir, el fondo. Pueden encontrarse veinte alusiones a Jekyll y Hyde en una lectura diaria de cualquier periódico. Y también que dichas alusiones asumen que ambas personalidades son iguales, sin tomarlas en cuenta respectivamente. O dicho de forma más cruda, el libro significa que el ser humano puede estar constituido por dos seres, uno bueno y otro malo. El tema es que el hombre no puede convertirse en sujeto de la historia puesto que mientras que el mal no se preocupa del bien, el bien debe hacerlo del mal. En otras palabras, el hombre no puede escapar de Dios, puesto que el bien es Dios en el hombre. Así, la historia insiste en la omnisciencia, y el trasfondo de es, a su vez, tanto psicológico como teológico, además de artístico como buen relato, si bien ha perdido su principal intención.

Si el difuso público victoriano no apreció la profunda, e incluso trágica, ética que interesaba a Stevenson, mucho menos fue capaz de apreciar el acabado y meticulosidad de su estilo, que parecía tomar la palabra adecuada con la punta de su pluma, como jugando a los spillikins (N.T.: Juego que consiste en una pila de pequeñas varillas de madera, hueso o plástico, en el que los jugadores tratan de retirar las piezas una a una sin que las otras se derrumben o se alteren). Dicho estilo tenía también una cualidad que podía percibirse: una ventaja militar o acies, una especie de habilidad con la espada. Así, todas las circunstancias llevaban no tanto al acercamiento de Stevenson al romanticismo del espíritu de lucha, sino a su influencia sobre ese romanticismo. Tenía muchas otras cosas que decir, pero lo que se quería escuchar era su reacción y desprecio de servir en el ejército, que habría supuesto la ausencia de China en la vida de los victorianos. Sin embargo, se da también otra circunstancia no enteramente afortunada. El hecho de que fuera un hombre enfermo aumentó considerablemente su credibilidad al predicar asuntos de madurez con un cierto toque de frivolidad y optimismo sarcástico. Estas circunstancias le impidieron también la familiaridad con las realidades del deporte, la guerra o la camaradería. De ahí que su tono suene falso en lo relativo a estos temas en el relato, recordándonos, si bien algo remotamente, a los cuentos de matones provincianos a los que •••Henley se inclinó.

Stevenson convivía codo con codo con un inválido; un hombre valeroso y estoico, a veces delicado y racional, y otras con una frustración desproporcionada y ciega. Además, Stevenson estaba en lo cierto al declarar que podía tratar sus limitaciones como meros accidentes, y que sus medicinas “no coloreaban su vida”. Su vida era en realidad coloreada por una caja de pinturas de un chelín, su teatro de juguete. Su espíritu vitalista fue fundamental y, a diferencia de Henley, sus sufrimientos no fueron condicionantes. A Henley hay mucho que disculparle. Mientras en los juicios de Stevenson siempre había una cierta y sutil justicia, incluso cuando se equivocaba, Henley parecería pensar que estar en el lado adecuado, aunque equivocado, era mejor. Había mucho de femenino en él, comprensible cuando se le sorprende en esos pequeños poemas solitarios que hablan de suaves emociones, de puestas de sol y de sosiego. Henley se arrojó a sí mismo a la nueva moda de alabar la aventura colonial a costa de las tradiciones cristianas y republicanas; pero el sentimiento no se expandió con amplitud hasta que fue golpeado desde fuera de Inglaterra, desde en uno de los países del imperio por un escritor de cuentos cortos anglo-indios que mostró como el sello de aquello a lo que se denomina “genio”; esa cosa indefinible, peligrosa y, a menudo, temporal.

Bibliografía

Chesterton, G (ilbert) K(eith).The Victorian Age in Literature. London: Butterworth: 1913. New York: Henry Holt and Co., 1913.


Robert Louis Stevenson

Modificado por última vez 5 de enero de 2004; traducido el 26 de julio de 2013