[••• = solo en inglés. Traducción de Gabriela Salvador D'Ambrosio revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow. En los títulos de las obras no traducidas al castellano, la traductora indica con la anotación “Nota del Traductor (N. T.)“ entre paréntesis que la traducción de los mismos es obra suya. En caso contrario, la traductora se basa en las traducciones ya disponibles que figuran en el registro ISBN. Del mismo modo, en lo referente a las citas literarias, la traductora indica las traducciones disponibles en castellano. Aquellos casos en los que no se hace referencia a ninguna traducción previa, aluden a la labor traductora de Gabriela Salvador D'Ambrosio.]

[El siguiente ensayo, el cual contiene comentarios de Stevenson sobre la cultura, traducción, ilustración de libros heroica y el arte japonés, apareció por primera vez en el Magazine of Art de 1883, y se haya disponible a través de los archivos de Internet a partir de una copia de la Biblioteca de la Universidad de Toronto. — George P. Landow.]

La familia del Samurai

ESTOS son dos romances japoneses ilustrados. Uno de ellos, "Chiusliingura, or the Loyal League," traducido al inglés por el señor Dickins. El otro, "Les Fidèles Rônins," llevado al francés por M. Gausseron en la edición americana de los señores Greey y Schiouichiro Saito. Ambos son versiones ficticias de la historia "Forty-seven Rônins," la gema de la colección del señor Mitford. Es probable que nadie que la haya leído olvide ese drama de fidelidad de clanes. Pero en el interés de aquellos que no lo hayan hecho, podrían recapitularse sus características más importantes. En 1701, el jefe de un clan, insultado por su superior, atacó a este con su espada en el complejo del palacio, y fue condenado, como consecuencia, a la autodestrucción. Por el mismo decreto, las tierras y el castillo fueron confiscados por el gobierno, y el clan disuelto. Kuranosuke el Karo, el jefe vasallo del clan, era un hombre de excelente valor y conducta — un hombre que "valía millones." Reunió a los hombres del clan para defender el castillo porque, al parecer, esta podría ser una manera de honrar a su jefe. Pero este no era realmente su propósito. Al explicar al clan la vanidad de tal defensa, puso ante ellos un documento que obligaba a los firmantes a su destrucción personal, y sesenta y tres miembros fueron convencidos para firmar. Kuranosuke, que había entonces separado la paja del grano, explicó a los sesenta y tres su verdadera intención. El documento era una tapadera; no iban a matarse, sino a vengarse del enemigo de su jefe muerto. A este compromiso desesperado cuarenta y siete permanecieron fieles. Durante algo más de un año observaron los movimientos de su adversario, ellos mismos acechados por espías, apartados de sus casas y de sus familias, fingiendo imprudencia y degradación, despreciados por todos por la aparente docilidad con la que habían aceptado la ruina y el deshonor de su clan. A la larga, cuando toda sospecha se había desvanecido, llegaron a la mansión de su poderoso enemigo durante la noche, lo atacaron delante de sus guardias, y silenciosa y resignadamente se pusieron en manos de la justicia. Entonces pudieron decir, en palabras de uno de estos romances que ahora se hallan ante nosotros: "dejamos a nuestras mujeres, abandonamos a nuestros hijos, descuidamos a nuestros mayores, todo por obtener esta cabeza." Las autoridades los condenaron como criminales al dolor de la autodestrucción, pero el pueblo de Japón, tanto el llano como el pudiente, celebraron su logro con un estallido de aplausos. Su memoria todavía se conserva hoy en día, su historia se ha convertido en tema para el novelista, y la tumba de Kuranosuke fue honrada, hace tan solo trece años, con la más distinguida marca de aprobación imperial.

No hay forma de vanidad más común o sencilla que el menospreciar los códigos morales bárbaros. Estas virtudes, el honor caballeresco, la fidelidad del highlander salvaje o del japonés de doble espada, son de un generoso ejemplo. Uno podría cuestionar la utilidad de todo ello, pero la sinceridad de corazón de estos personajes le cierra a uno la boca. Una idea por la que los hombres renuncian a las comodidades, a la consideración de la sociedad, al amor de una mujer, de un hijo o de un padre, a la luz del sol, al amparo de la ley; mantener el honor. Las seducciones de la vida son siempre fuertes y convertimos nuestros afectos en ídolos de nuestras virtudes tradicionales; nos contentamos con evitar lo malo, y así renunciamos al bien con parecida auto-aprobación, hasta que finalmente las virtudes negativas y los vicios cobardes se hacen un sitio en nuestra conciencia. Una historia como la de los Konins agita en nuestros oídos las murallas de Jericó. Al principio cuestionamos de la insuficiencia de los motivos de estos hombres, o la barbaridad de su acto. Pero pronto, nuestro corazón se llena de dudas, y finalmente reconocemos, sin ningún propósito por muy excelentemente justo que sea, que podríamos reunir a cuarenta y siete de nuestros amigos y vecinos para demostrar nuestro desprecio ante el terror de la muerte y la opinión pública.

El clan congregándose en el castillo

El incidente histórico, como se verá, involucra importantes asuntos morales. Nada puede ser más instructivo que observar el juego de la imaginación nativa sobre un tema de esta índole. En ambos volúmenes reseñados encontramos la misma cualidad de vigor moral. Es desde el lado de la moral, más que del lado del romance —puesto que no se trata de una hazaña de armas o una historia de espadas, sino del patético deber—, donde se hace fuerte la acción. Como un caso de rivalidad de deberes, se trata del triunfo persistente motivado por un deber superior, el deber del clan. En Inglaterra, el deber se debilita a medida que se aleja del hogar, hasta al punto de que el patriotismo resulta ser más una consideración intermitente y poco entusiasta, y la honestidad para con el estado un camino propio de Quijotes. Por el contrario, para los japoneses, el clan se imponía sobre la familia. Ambos autores se fijan en esa doctrina con singular entusiasmo, prodigándose con una importante riqueza imaginativa en la variación de las condiciones en que la doctrina se exhibe. Para un personaje tras otro, las virtudes del clan están hechas para discrepar con el deber filial, el amor marital, o las prudencias de la vida social; y uno tras otro toma la decisión más noble y precipitandose hacia la muerte. Desde el punto de vista del arte literario, se trata de un error de diseño. En las líneas generales de la historia ya hay presente una nota de concisión y fuerza épicas. Un verdadero artista se habría alegrado, además, de por poder elaborar la figura de Kuranosoke — un leal Lorenzaccio — borrando las sospechas de su enemigo mediante una vida de descorazonada disipación, divorciándose de su amada mujer, señalado a medida que se dirigía tambaleándose hacia casa desde la casa del té, consciente durante todas sus despreciadas juergas de la triste pureza de su corazón y de la trágica muerte que le pisaba los talones. Pero nuestros dos autores prosiguen para enseñarnos, en una tras otra historia de Rônin, el retorcimiento de los afectos familiares y la increíble nobleza moral entre el hombre y la mujer. De esta forma, la madre del comunitario se quita la vida para que su hijo pueda perseguir su deber con mayor tranquilidad. A los sirvientes de Kuranosuke se les advierte del suicidio con dificultad. Honzo se las agencia para que le asesinen. Gihei está dispuesto a sacrificar a su hijo pequeño. El Karô del villano muere con la misma felicidad a manos de su maestro como lo hace el Karô del apreciado jefe tribal. Este triunfo del deber del clan aburre al igual que nos aburre el triunfo del honor en el “Cid” de Corneille. Algo en el continuo regreso de este motivo, en el “aire y variaciones” morales, nos recuerda en parte el elaborado método de un libro como "Quatre-Vingt-Treize"; el estilo de Dumas, más apropiado en este caso que el de Victor Hugo. De hecho, da lástima que esta estupenda fabula nunca cayera en manos del autor de los "Mousquetaires," quien podría haberle dado el fuego y la acción de la que, de algún modo, carece. Le habría añadido perversidad a las luchas, y su vivaz, juvenil, pero realmente adecuada presentación de los personajes quedaría genial en un cuento tan caballeresco.

Y aun así, estos innumerables episodios son en sí placenteros y conmovedores. Las buenas mujeres, las sencillas casas iluminadas por el respetuoso amor, la honesta piedad que tienta a los Rônins a abandonar el oscuro camino del deber, su mortificación y amabilidad ante nuestros ojos. La vida de estos hombres es absolutamente gentil, cortés y elegante. Componen versos con sus mujeres al mirar la cumbre soleada de Fuji en su camino hacia la muerte. Se fijan con afecto en las flores del cerezo silvestre. Cuando Kuranosuke permite a uno de sus vasallos visitar a su familia de camino a la catástrofe de Yeddo — una indulgencia que el mismo rechaza con rigidez para sí mismo — "se siente el perfume del florido ciruelo ", dice, añadiendo "aprovecha lo mejor que puedas esos encantadores momentos". El vasallo parte, y tras día y medio alcanza la miserable casa donde su familia se aloja tras la ruina del clan y su respeto al deber. En la puerta, su mujer lava la ropa con el bebé en la espalda. Incluso al lavar le habla a su niño sobre el añorado retorno de su marido ausente. Un momento que retuerce el corazón del hombre que observa esto por última vez. Y aún así, cuando él revela su presencia parece que ella apenas interrumpe su tarea: "¡Oh, honorable marido!" dice, "¡qué contenta estoy de verte! Madre estaba ansiosa de verte. Honorable madre, ¿dónde estás? Mi marido ha vuelto a casa". La simplicidad, la ausencia de exageración, el pensamiento de su suegra surgiendo de la nada— ¡qué amigable retrato familiar!

La primera de nuestras ilustraciones representa otra de estas escenas familiares. El marido ha estado mucho tiempo enfermo, amenazado por la ceguera. La mujer, el sirviente y los dos niños han hecho un largo y doloroso viaje para ocuparse de sus necesidades. Lo encuentran en una casa de locura, llena de parches y jirones; y allí se observa a la familia unida. La sirvienta cuida al bebé, la mujer se sienta respetuosamente ante su señor, el hijo mayor habla: "querido papá, ¿te duelen los ojos? Estoy tan contento de haber venido; ¡ahora tendrás a alguien que te frote la espalda! Es bueno para los inválidos." Tal vez la última idea es una evocación de su vida, ya que ambos niños sufrieron de viruela durante el viaje, aunque acabaron por recuperarse. Nuevamente aquí, y en todas estas escenas, se da la misma ausencia de caricias, tan extraña para el occidental; el mismo afecto asumido y manifestado en silencio, o con apenas unas palabras. Esta mujer, por ejemplo, ha emprendido un largo viaje para reconfortar a su marido; sabe, además, que una muerte segura lo espera dentro de poco. A pesar de ello, a su llegada le pregunta primero por su salud y, después, habiéndolo saludado elaboradamente arrodillada, dice: "Mi honorable marido, han pasado muchos, muchos meses desde la última vez que te vi. Durante todo este tiempo he suspirado por el momento en que vería tu rostro de nuevo". Esta distancia, esta sujeción de las relaciones a la etiqueta, se ilustra de manera más llamativa cuando Rikiya viene con un mensaje y es recibido por Konami, su prometida. Uno se sonroja como un ciruelo y el otro como una cereza silvestre, y la chica, olvidando sus modales, se acerca a su amado. "Rikiya retrocede con aire ofendido", parece. "¡Espera!" gritó él, "esto no es civilizado. Todo el mundo sabe que cuando se recibe un mensaje las formas de la cortesía deben ser estrictamente respetadas". Bueno, cada país tiene sus costumbres. Muchos matrimonios llevados al altar terminaron en la tumba por estas amables convenciones. Nuestros Rônins estaban acostumbrados a ver a sus mujeres arrodillarse e inclinar su cabeza sobre la moqueta ante ellos, aunque sus corazones sangraban al partir. La pena y el amor hacia su joven mujer mantiene a uno de ellos alejado la noche del ataque hasta que le van a buscar para llevarle a otro sitio. Y no puede haber una relación marital más hermosa que la del viejo Samurai poeta y su poetisa esposa. Su última carta, escrita durante la víspera de la batalla, es una joya. "Aunque nuestra separación es el resultado de una resolución tan antigua como el hombre, ambos sentimos cruelmente su tristeza. Durante el día, escribes, y tus quehaceres evitan que te recrees en el pensamiento de nuestra desgracia; pero cuando llega la noche piensas en mí y no concilias el sueño. Mi pobre y querida esposa, me siento tal y como tú te sientes. . . . Me dices que te agradaron mis versos sobre la degradación de Osaka. Yo siento gran admiración por los que tú me envías en tus cartas; y espero que, cuando tengas tiempo, escribas y me envíes más." Y así prosigue aconsejándola sobre su salud, hablando de viejas pérdidas, sobre la empresa, y concluyendo con el envío de un ganso sazonado para que haga sopa.

En la misma carta, entre otras cosas, figuraba un boceto sobre cómo los conspiradores vivían cuando se reunieron, esperando su primavera. Los más jóvenes mantuvieron una casa; a veces tenían permiso para ausentarse para ir al teatro. Todos estaban llenos de valor e incluso júbilo; tenían apodos, y el viejo poeta, entre otros, era familiarmente llamado “el doctor”. Costumbres sencillas y alegres: júbilo, placeres y autonomías inocentes, extendidas hasta el mismo borde de su sepultura voluntaria.

Premier-Compagnon de noticias

Tanto por su contenido como por las ilustraciones, la versión francesa es más interesante. Desgraciadamente, es una traducción de la traducción, desfigurada por el fatuo error de traducir los nombres propios. No se presenta en absoluto a los señores Leblcu y Duval, al estilo del Señor The-Blue (N.T., Sr. El-Azul) y el Señor Of-the-Vale (N.T., Sr. Del-Valle). El libro no es sino una lectura ardua en un baile de máscaras de personajes con títulos como Fortuné-Six, Récolte-Précoco, o Lac-Wisteria. Incluso el traductor parece haber perdido la cabeza, puesto que el Chevalier Petit-Bosquet pierde en pocas páginas su propio nombre y se enfrenta a la muerte bajo el alias “Bosquet-Droit”. La versión del señor Dickins del otro romance es, si cabe, aun más excéntrica, más que por el color y la imaginería, por la lengua, sociedad y literatura ajenas. El original, es además más fogoso —lleno de luchas y de palabras valientes. Pero, al mismo tiempo, es decididamente inferior. "Chiushingura " es tal vez más curioso que interesante. Ambos lo son, en primer lugar por su mérito intrínseco, en segundo, como piezas sobre viajes al extranjero entre escenas, costumbres y virtudes extrañas. Tanto el texto como las ilustraciones, los cientos de pequeños toques nos transportan a las casas junto a las costas ocupadas de los desfiladeros de Japón, donde se cruzan agitados mensajeros día y noche entre papeles que vuelan. El cazador, alcanzado por la lluvia, suplica luz para su mecha al viajero que pasa con una lámpara de papel; los ruidosos fondos de los barcos en el río; el joven que camina hacia su muerte y saluda con esperanza a la colina del Fuji el día de su mayoría de edad; el Samurai en casa, con la pipa, el hervidor, los vasos y las dos espadas sobre el estante de bambú. Y entorno a todos personajes, las bien conocidas características del paisaje de Japón, las velas cuadradas de los barcos haciéndose a la mar, los negros pinos, las cumbres de las montañas, y los techos tan juntos de las ciudades.

Haie-Rouge dando el estandarte de su lanza

En ambos volúmenes, todas las ilustraciones han sido diseñadas y cortadas por nativos, aunque en ninguna se representa el más alto orden del arte japonés. La generalización consumada, la claridad y elegancia singular del diseño no son aquí tan aparentes como en muchos de aquellos encantadores libros ilustrados que hallaron su camino hacia nosotros desde más allá de los mares, y que son una alegría para siempre. El efecto es, a veces, algo disperso, con demasiada insistencia en los detalles. Pero los cortes en el libro de M. Quantin, del que reproducimos cuatro, son aún así de una sorprendente excelencia: vigorosamente dibujados, compuestos con ese feliz estilo peculiar a la nación en el que cada incidente del sujeto y el mismísimo título de la imagen se unen como elementos de un patrón, y en el que tanto el uso de la línea como la oposición del fondo blanco y negro añaden encanto al arabesco y a la importancia del arte representativo. Ya hemos descrito uno de los ejemplos. El segundo representa a un clan haciendo acopio de valor en el castillo, y cuenta su propia historia con demasiado espíritu como para que se requiera mayores comentarios. Pero el tercero y el cuarto son un caso aparte. Uno de los Rônins de Ako era un tal Haie-Rouge (estoy ahora citando el libro francés con esa nomenclatura que despista), un perro borracho, una desgracia para su familia, y una irritante preocupación para su hermano, el Chevalier Tourbiere, que era un severo y respetable Samurai. Haie-Rouge fue visto en casa de su hermano el día anterior, y se le negó la entrada. Por la mañana temprano, un gran clamor en la ciudad despierta al Chevalier Tourbiere, que va hacia su puerta, tal y como aparece en la tercera imagen, y se entera por su entusiasmado sirviente Premier-Compagnon que la hazaña ha sido llevada a cabo y que el clan de Ako ha terminado con la vergüenza de su lider, y que ahora se retiran de la arruinada mansión de su enemigo entre las aclamaciones de la muchedumbre. Inmediatamente surge la pregunta: ¿ha conseguido el pobre Haie-Rouge limpiar las manchas de su vida con su participación en esta hazaña heroica? ¿o ha pasado el tiempo tirado en alguna parte y borracho mientras sus compañeros recorrían el sendero del deber? Premier-Compagnon es enviado para averiguarlo. No podía preguntar, puesto que preguntar y recibir una respuesta negativa suponía una vergüenza intolerable. Al final, alcanza la primera fila entre la multitud y los observa, en tres compañías, abandonar la mansión del Príncipe de Sendai donde han sido recibidos. La primera compañía pasa sin rastro de Haie-Rouge. La segunda compañía pasa dirigida por Kuranosuke; casi todos los hombres están heridos, algunos incluso son llevados en camillas, y sigue sin haber rastro de Haie-Rouge. El pobre Premier-Compagnon, que es un sirviente leal y tiene la gloria de su maestro como suya propia, empieza a deprimirse cuando ¡ajá! Allí viene la tercera compañía y, marchando a la cabeza, el reconocido líder, Haie-Rouge en su armadura de batalla. El sirviente se arrodilla sobre la nieve; el renovado borracho se detiene, le habla, le envía un mensaje para la familia y le entrega el estandarte de su lanza como reliquia. Y entonces, como sus compañeros ya están a cierta distancia de él, los alcanza corriendo y desparece para siempre de la vista de los hombres. "¡Miradlo! ¡Miradlo!" exclama el sirviente a sus vecinos en la muchedumbre. "Honorables caballeros, este es el Chevalier Haie-Rouge, el hermano de mi honorable maestro. ¡Él solo pertenece por adopción al clan de Ako, y observadlo hoy entre los vengadores!". Y entonces vaga hasta que su héroe está bien lejos de la vista, hasta que los que estaban allí le dicen que se ha vuelto "loco de alegría". Entonces se apresura a casa, donde el sombrero y la botella de sake medio vacía del alcohólico se encuentran religiosamente dispuestas en honor a su memoria. ¡Feliz borracho, que ha realizado así la última y más querida de las ilusiones humanas, y de un solo golpe borrado todas las manchas y deshonores de una vida! Las dos imágenes me resultan excelentes: Premier-Compagnon, una creación tosca, y su sonriente excitación en la primera escena, admirablemente distinguida por una alegría medio histérica en la segunda. No necesito llamar la atención del lector hacia la composición de la cuarta lámina: habla por sí misma. Espero que se percate del divertido perro blanco en la número tres.

Kuranoske ordenando la muerte de Kudaiu

A partir de la traducción de Mr. Dickius reproducimos, con el permiso del editor dos grupos de imágenes -no una imagen completa-, la quinta y la sexta de nuestras ilustraciones. Están mucho peor diseñadas y ejecutadas que aquellas que ya hemos estudiado, pero tienen un cierto interés. En la quinta, Kuranosuke, tras haber engañado durante mucho tiempo al traicionero hombre del clan, Kudaiu, se precipita por fin hacia él con golpes y maldiciones. "Esta misma noche", dice, "la misma víspera del día de muerte de nuestro señor – del día... — ¡ah! ¡qué cosas tan malas me he visto forzado a decir sobre él con mis labios; pero al menos en mi corazón amontoné reverencia tras reverencia en su memoria — esta misma noche fue cuando elegiste ofrecerme. No dije ni sí ni no, pero, ¡oh! ¡Con qué vergüenza, con qué angustia, me vi a mí mismo, a mí, cuya familia ha servido durante tres generaciones a la casa de Hanguwan, forzado a aceptar la comida que pasaba por mis labios la víspera del día de la muerte de mi señor! Estaba fuera de mí de rabia y de tristeza; cada miembro de mi cuerpo temblaba; y mis cuarenta y cuatro huesos se estremecían como si tiritaran en pedazos." Y entonces, tras haber desnudado su alma con palabras, ordena la muerte del traidor. La incisión no concuerda exactamente con el texto; tiene poco mérito, y ese poco parece evaporarse en nuestra reproducción; pero incluso allí, se puede observar un esfuerzo por perseguir lo heroico en la actitud de Kurnnnsuke, que destaca por encima del resto apoyado en su espada. En nuestra sexta imagen, se muestra el último ataque con una cierta intensidad sombría que apenas se puede poner en paralelo con ninguno de los volúmenes estudiados. Rara vez se hace justicia a la pasión o a la acción. El asalto, en el libro francés, es una pieza de locura, y el conflicto con los culis [N.T: apelativo utilizado para designar a los cargadores y trabajadores contratados con escasa cualificación de la India, China y otros países asiáticos] apenas indistinguible. Respecto al asesinato a media noche, en el libro inglés, es melodramático si se quiere, pero tristemente ridículo.

1title1

La Venganza

Que la acción violenta sea tratada tan ineficazmente es, desde luego, excepcional en el vigoroso y fantástico arte de Japón; pero que la emoción, tan retorcida por el escritor, esté tan borrosa y mal articulada por el dibujante, parece no solo una característica, sino probablemente un rasgo recomendable. El ojo del japonés es tan rápido para seleccionar, como su mano es hábil para reproducir, las verdaderas características pictóricas de un paisaje o incidente. Pero parece quedarse en estas características — la diferencia de planos, la complejidad del boceto, el paciente esfuerzo tras la combinación de colores locales y generales — lo que contrasta muy notablemente con los escasos trazos con los que un japonés representaría una ciudad o una montaña. El oriental se dirige a simplemente a sus ojos, buscando al mismo tiempo el máximo efecto y el mínimo detalle. Una pregunta abierta sería si se debe atribuir el carácter puramente emocional y pictórico de este volumen de ilustraciones a un único propósito artístico o, por el contrario, a una falta de habilidad. Sea cual sea la causa, debo decir que la lección es la misma, y es una que el arte japones está preparado para tener en cuenta. El arte pictórico en occidente se encuentra aun persiguiendo falsos dioses, dioses literarios: desfallece en pos de la pasión, de lo que está más allá de su propósito y de su capacidad de representación. A menudo se dirige a otras facultades además de lo visual, o si se dirige a los ojos lo hace sin simplicidad de medios; y, en común con todas nuestras artes, trabaja bajo el deseo del artista de representar, ante todas las cosas, su propia habilidad y conocimiento.

Bibliografía

Chiushingura, or the Loyal League. Translated by Frederick V. Dickins. (London: W. H. Allen and Co.) 1881.

Les Fideles Rônins. Traduit par M. J. Gausseron. (Paris; A. Quantin.) 1882.

Stevenson, Robert Louis. "Byways of Book Illustration: Two Japanese Romances." Magazine of Art. 6 (1883): 8-15. Internet Archive version of a copy in the University of Toronto Library. Web. 5 September 2013.


Robert Louis Stevenson

Modificado por última vez el el 5 de septiembre de 2013, traducido el 27 de diciembre de 2013