[Traducción de Montserrat Martínez García revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow. English version]

En 1829, en parte como respuesta a la creciente agitación por toda Irlanda liderada por la Asociación católica de Daniel O'Connell y a la posibilidad de una revolución en Irlanda, el Acta de emancipación católica (Catholic Emacipation Act), que permitía a los católicos sentarse en el parlamento britónico en Westminster, se aprobó (simbólicamente, para muchos, ¡un viernes 13!). Aunque el Acta de emancipación estuvo rodeada de restricciones (por ejemplo, ningún católico podía ser regente, jefe de la administración de justicia y presidente de la Cómara de los Lores, jefe de la administración de la justicia de Irlanda o lugarteniente de Irlanda, ningún alcalde católico podía llevar su vestimenta civil en adoraciones públicas, y cada condado tenía que enumerar todos los enclaves religiosos nuevos: aún mós, el impuesto sobre el voto para el condado irlandés subió de 40 chelines a 10 libras), el Acta fue una derrota tremenda para los Ultras, es decir, los defensores acérrimos de la institución protestante. Entre los oponentes se encontraban algunas de las figuras literarias líderes del momento, incluidos, Southey, Coleridge, y Wordsworth. Para los partidarios de la emancipación católica, se trataba sólo de que sus compatriotas católicos tuvieran el derecho político de sentarse en el parlamento britónico. Para los oponentes del Acta, sin embargo, supuso una retirada del antiguo principio (y los privilegios reales) de una Iglesia establecida, oficial y estatal y, mós amenazadoramente, ¡significó que los católicos ahora podían, mediante su voto en un parlamento que discutía y decidía sobre una amplia gama de cuestiones relativas a la Iglesia de Inglaterra (Church of England/Iglesia anglicana) tener una influencia real sobre esa Iglesia! Así, el duque de York argumentó en la Cómara de los Lores que

Sin lugar a dudas que sus señorías no desean ubicar a la Iglesia establecida de Inglaterra en una posición peor con respecto a cualquier otra Iglesia dentro de este reino, ni permitir que los católicos romanos, que no sólo se han negado a someterse a nuestras reglas, sino que han negado toda autoridad de poder civil sobre su Iglesia, legislen para la Iglesia establecida, que debe ser el caso si son admitidos en cualquier cómara del parlamento.

El duque de York procedió entonces a expresar una preocupación común, la de que la emancipación de los católicos era una violación del Juramento de la coronación de la corona y por tanto, de la Constitución.

Rogó para leer las palabras de este juramento: «Mantendré, hasta donde alcance mi poder supremo, las leyes de Dios, la profesión verdadera del Evangelio, y la religión protestante reformada establecida por la ley. Preservaré ante los obispos y clérigos de este reino, y ante las Iglesias encomendadas a su cargo, todos estos derechos y privilegios que por ley les pertenecen» (Discurso del duque de York frente a las exigencias católicas, 1825. Tomado de Hansard, XIII, 138-42 [25 de abril, 1825], citado en E. R. Norman, El anti-Catolicismo en la Inglaterra victoriana, Nueva York: New York: Barnes and Noble, 1968, 127).

Para gran disgusto de los ultras, el rey no vetó el proyecto de ley de emancipación católica en el nombre de su juramento de coronación. Así, si para algunos católicos la emancipación marcó el triunfo del liberalismo y los comienzos de una sociedad mós pluralista, para otros marcó una violación de formas constitucionales y de compromisos reales, así como un golpe irrecusable al esfuerzo, el prestigio y la seguridad de la Iglesia establecida de Inglaterra. Peor aún, para los oponentes de la emancipación católica, indicó una traición del partido Tory en general y en particular de su líder, Robert Peel. Peel fue acusado durante una elección parcial:

¡Oh! Candidato por Oxford, tú giras y das vueltas
Has cambiado tu nombre de R. Peel a repeler!

[Birmingham Argus, enero 1829, citado en A. Briggs, La construcción de la Inglaterra moderna, 1784-1867. La edad del desarrollo. N.Y.: Harper y Row, 1959, 232.]


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Modificado por última vez el 6 de 2002; traducido 4 de julio de 2010.