[Adaptado de George P. Landow, Las teorías estéticas y críticas de John Ruskin (The Aesthetic and Critical Theories of John Ruskin), Princeton: Princeton University Press, 1971. Traducción de Montserrat Martínez García revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow.]

En 1862, el obispo J.W. Colenso desató una gran controversia con El examen crítico del Pentateuco y el Libro de Josué, cuando intentó eliminar ciertos puntos de la doctrina en los que los individuos de mediados del siglo XIX encontraban imposible no creer. Para éste, todo el problema se centraba en el derecho del ministro a pensar libremente, un derecho que, tal y como escribió en un volumen posterior, era negado por un decreto que ligaba a cada ministro «por ley a creer en la verdad histórica del diluvio de Noé como se había registrado en la Biblia y que la Iglesia había admitido algunos siglos antes de que Dios nos concediera la luz de la ciencia moderna». Los golpes del martillo del geólogo fueron aquí decisivos.

Mi propio conocimiento de algunas ramas de la ciencia, de la Geología en particular, aumentó considerablemente desde que abandoné Inglaterra, y ahora conozco con certeza, y con un fundamento geológico, un hecho del que antes sólo tenía sospechas, esto es, que un diluvio universal, tal como el que la Biblia relata a todas luces, no pudo haber tenido lugar del modo como lo describe el Libro del Génesis, por no mencionar otras dificultades que la historia contiene. Me refiero especialmente a la circunstancia, que tan bien conocen todos los geólogos, sobre la existencia de las colinas volcánicas de Auvernia y Languedoc, cuya extensión es inmensa, que debieron haberse formado en épocas previas al diluvio de Noé, y que están cubiertas por sustancias líquidas, piedras pómez, etc., que el diluvio debió barrer, pero que no exhiben el más mínimo signo de haber sido nunca perturbadas de semejante modo.

Una vez que los hechos geológicos despiertan las dudas del obispo y que las preguntas de los ayudantes nativos que estaban ayudándole en su traducción de la Biblia las estimularon aún más, procedió a examinar «las otras dificultades que la historia contiene».

Tras investigar los detalles, como el éxodo los presenta, sobre la vida del campamento, sobre los sacrificios, sobre el número de hombres y de animales, detalles que, según la ley eclesiástica contemporánea, tenían que ser literalmente verdaderos, el obispo Colenso fue conducido ante la dolorosa convicción, dice, tanto para sí mismo como para su lector, de que

el Pentateuco, en su totalidad, no pudo haberlo escrito Moisés personalmente, o nadie familiarizado íntimamente con los hechos que atestigua describir, y, además, la narrativa (así denominada) mosaica, fuera quien fuera su escritor, y aunque nos imparte como creo plenamente que lo hace, las revelaciones de la Voluntad y de la figura divina, no puede considerarse históricamente verdadera.

Para sentir la fuerza de estas palabras y comprender la angustia que no sólo causaron sino que aliviaron, es necesario darse cuenta de la opinión extendida, que Colenso cita, de que «la Biblia no puede ser ajena a la inspiración verbal. Cada palabra, cada sílaba, cada letra, es justamente lo que sería si Dios hubiera hablado desde el cielo sin ninguna intervención humana». En los comentarios introductorios a la primera parte de su obra, Colenso cita a Inspiración e interpretación de Burgon, una obra habitual para los seminaristas:

la BIBLIA no es otra cosa que ¡la Voz de Aquel que se sentó en el trono! Cada uno de los libros, cada capítulo, cada versículo, cada palabra, cada sílaba (¿dónde debemos detenernos?), cada letra, es la pronunciación directa ¡del Altísimo! La Biblia no es otra cosa que la palabra de Dios, sin que ninguna parte sea más o menos sagrada, sino que todas son igualmente el enunciado de Aquel que se sienta en el trono absoluto, inmaculado, indefectible y supremo.

Colenso añade, «Tal fue el credo de la escuela en la que me eduqué», y tal fue la escuela en la que Ruskin, Carlyle, y los Brownings se formaron, y todos ellos desecharon este credo al elegir considerar la Biblia como poesía cuyo valor residía en el hecho de que documentaba la constancia de la necesidad humana por la virtud y la cognición del pecado.


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Contenido modificado por última vez en 1992; traducido el 15 de junio de 2011