[Traducción de Montserrat Martínez García revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow.]

l estudio de Aileen Fyfe sobre cómo la Sociedad tractariana religiosa y evangélica produjo libros sobre ciencia con un «tono cristiano» adecuado (100) para las clases trabajadoras destaca como modelo acerca del modo en el que la investigación erudita y experta de un tema aparentemente especializado de poco interés general puede iluminar un amplio espectro de tópicos cruciales aparentemente inconexos. Al igual que Ruskin, Carlyle y otros sabios victorianos (Victorian sages), Fyfe muestra que, correctamente comprendido, un fenómeno de importancia a primera vista menor puede abrir una ventana a la mentalidad y alma de toda una época. Inmerso en la explicación de cómo una organización originalmente fundada para producir y distribuir esos tratados a menudo tan ridiculizados en las novelas victorianas, llegó a jugar un papel tan destacado a la hora de crear obras con un círculo de lectores tan masivo, Fyfe intenta desafiar a los enfoques convencionales de la historia de la ciencia así como informarnos de la emergencia de una audiencia masiva de lectores y de los desarrollos clave en la publicación, anuncios y distribución de libros victorianos, junto con los propios significados de «popular» y «popularizar».

Gran parte del trabajo sobre la recepción de la ciencia durante el siglo XIX se ha centrado en los efectos destructivos que teorías científicas específicas tuvieron sobre la fe de los creyentes individuales. Para los evangélicos como Ruskin, que fueron educados para creer en la verdad literal de la narración bíblica, la demostración de la geología (geology's demonstration) de que la existencia del mundo se remontaba a millones (y no miles) de años tuvo efectos devastadores porque hizo que se cuestionaran todo aquello que se les había enseñado. Sin embargo, Fyfe elabora el interesante argumento de que «a los evangélicos de mediados del siglo XIX no les importaban frecuentemente los descubrimientos científicos específicos; más bien, se preocupaban por lo que consideraban un modo distorsionado por el que esos descubrimientos se representaban para un amplio público lector» (4). La cuestión clave aquí, quizá, es la frase «a mediados del siglo XIX» dado que los evangélicos que deseaban abastecer a las clases trabajadoras con libros que popularizaban la ciencia con un tono cristiano adecuado, fundaron estas series mucho antes de la aparición de El origen de las especies (On the Origin of Species) de Darwin.

Concentrándose tanto en el número masivo y amplio de lectores de textos que popularizaban la ciencia y en aquellos que la escribían, Fyfe desafía los estudios académicos usuales de la historia de las ideas científicas y su recepción. Como ella misma enfatiza, se aproxima a «los debates científicos y religiosos desde un ángulo nuevo, examinando la comprensión pública de la ciencia por oposición al ángulo articulado por los expertos a través de sus artículos publicados. Ciencia y salvación no se interesa por los hombres eminentes de ciencia, ni tampoco por los clérigos particularmente bien conocidos. «Persigue un enfoque más amplio intentando estimar las actitudes hacia las ciencias y la fe de la gente laica» (4). En esencia, Fyfe contribuyó enormemente en la redefinición de lo «victoriano» dentro de la ciencia victoriana, recordándonos lo que nosotros a menudo recordamos a los estudiantes de licenciatura — que el término descriptivo «victoriano» — es más una pregunta que una respuesta. La contestación valiosa de Fyfe a la pregunta de qué significa victoriano en relación con la ciencia victoriana es que no podemos comprender las ideas y las actitudes hacia la ciencia en la época de Victoria concentrándonos sólo en los científicos y en los autores que forman parte de la elite.

Para comprender los objetivos de aquellos que trabajaron tanto y tan exitosamente para crear obras que popularizaron la ciencia adecuadamente, debe reconocerse la identidad de lo que la Sociedad religiosa tractariana concebía como su oposición — el tipo de autores, obras, y editores de los que deseaban proteger a las clases trabajadoras y media bajas. Los evangélicos de las clases altas y medias se conmocionaron profundamente ante la riada de material de lectura económico disponible para las clases trabajadoras, porque

hacia la década de 1840 y 1850, era notorio que la literatura barata no era necesariamente educativa o recomendable, sino que podía ser fácilmente errónea, inmoral, o rotundamente corruptora. Para los evangélicos, esto no eran buenas noticias. Consideraban a la imprenta como un regalo divino que difundía la palabra de Dios. Gracias a ella «la palabra del Señor había fluido libremente y había sido glorificada. La oscuridad, la superstición, y el despotismo de la Edad Media no volverían nunca más». La aparente multitud de publicaciones seculares, inmorales y corruptoras suponía una prostitución de ese regalo. Durante la década de 1840 y 1850, por lo tanto, los evangélicos tuvieron que decidir cómo responder a esos cambios y repensar sus propios programas de publicación como respuesta a la nueva competencia.

Aunque Fyfe no lo señala, los evangélicos no fueron el único grupo religioso que se preocupó ante la oleada de nuevos libros asequibles dirigidos a las clases trabajadoras. En calidad de escritor católico romano, John Henry Newman, tan a menudo citado como exponente de una educación liberal, atacó duramente (fiercely attacked) la abundancia de libros baratos compuestos en un tipo de lenguaje que hoy en día asociamos con los jeremíadas sobre los efectos perniciosos de la televisión, los videojuegos e internet.

Quizá sorprendentemente, las amenazas más peligrosas, según los evangélicos, no fueron, como uno podría pensar, los escritores ateos, tales como Tom Paine, que a menudo fueron las dianas de los tratados religiosos. Fueron sin embargo, no los autores y textos que utilizaban la ciencia para atacar la credibilidad de la Escritura y la ciencia para oponerse a los religiosos sino más bien aquellos que nunca mencionaron en absoluto la religión — aquellos, en otras palabras, que tomaron un enfoque secular que asumía que la ciencia y la religión existían en esferas separadas. Como puntualiza Fyfe, «Las obras que omitían toda mención de Dios eran tan peligrosas como las ateas que abiertamente atacaban la creencia en Dios y se gloriaban de la infidelidad religiosa. Las obras seculares eran menos declaradamente impactantes para los creyentes, pero poseían el potencial insidioso para convencer a los lectores de que las ciencias podían ser adecuada y completamente comprendidas sin referencia a la religión» (4).

La solución de la Sociedad religiosa tractariana requería suministrar a las clases trabajadoras con libros que poseyeran lo que Thomas Arnold había denominado como «tono cristiano» (100), lo cual «no significaba que sólo temas religiosos pudieran tratarse». El propio Arnold recomendó particularmente la historia y la biografía como materias que podrían beneficiar más que «cualquier comentario directo sobre la Escritura, o los ensayos basados en Evidencias» (102). El tono cristiano correcto requerido para la popularización de la ciencia produjo obras muy diferentes a los tratados evangélicos que tanto ridiculizaron Thackeray, Dickens y Rossetti. En otras palabras, aquí los lectores no se encontraron con relatos de muchachos y muchachas que desobedecían a sus padres o que dejaban de guardar el sabbath y que por lo tanto se encontraban entre las llamas del infierno. Aunque los libros de la Sociedad religiosa tractariana obviamente no enfatizaban las disparidades entre la ciencia contemporánea y la Biblia, raramente incluían las Escrituras, y cuando lo hacían, era generalmente para señalar que la discusión de un tópico — por ejemplo, un animal particular — aparecía en la narrativa bíblica. No obstante, para que un volumen de la Sociedad religiosa tractariana tuviera ese tono cristiano necesario, Fyfe explica que «debía incluir una declaración de expiación, que casi siempre aparecía al final del libro, donde no obstruía el curso de la narrativa» (117). Por supuesto requeriría un estudio completamente diferente, pero sería interesante conocer cómo estas obras influenciaron de hecho a su audiencia deseada. Nos quedan algunas anécdotas de «los salvados» pero estaría bien saber cómo muchos escépticos leyeron detenidamente las discusiones sobre la ciencia pero se burlaron de las codas religiosas usuales o simplemente las saltaron.

El crecimiento de una audiencia entre las clases trabajadoras: factores políticos, económicos, y tecnológicos

El capítulo de Fyfe titulado «Las técnicas de la publicación evangélica» explica hábilmente los factores complejos que permitieron el desarrollo más bien repentino de una audiencia lectora masiva. Según ella, «la existencia de una 'audiencia masiva' se empezó a reconocer justamente en la década de 1840 y se percibió frecuentemente a diferencia de lo que tendemos a pensar actualmente como una multitud de gente compuesta variopintamente más que como una masa homogénea»ß(6). Durante las primeras décadas del siglo XIX, los publicistas como Murray y Constable, se sentían inseguros acerca «tanto del tamaño de la potencialidad del mercado como de los precios que el mercado pudiera ofrecer. Pocos años después, el éxito de las revistas semanales que costaban un penique demostró a toda la industria librera la existencia definitiva de una enorme audiencia lectora — siempre que el precio fueran peniques y no chelines» (48). Un antiguo proverbio referente al dinero británico del sistema de la clase victoriana sostenía que los artículos para las clases altas costaban libras y guineas, para las clases medias chelines, y para las clases bajas╔ peniques. Si esperaban captar a una audiencia masiva, los editores tenían que encontrar un modo de producir libros que pudieran en consecuencia vender a peniques.

Antes de que los libros se pudieran vender a peniques, una serie de cambios económicos, políticos y tecnológicos tuvieron lugar. Primeramente, los editores tuvieron que demostrarse a sí mismos que el descenso de los precios en los libros aumentaba la audiencia, aunque en un principio estas audiencias no incluían a los lectores de la clase trabajadora.

La tirada de libros de la década de 1840 resultó exitosa de un modo simplemente diferente de los de la década de 1820. Mediante la utilización de reimpresiones, fue posible salir sin ganar ni perder con un precio de cinco o seis chelines, y los editores como Chambers, Knight, y Routledge mostraron que se podía hacer incluso a precios más bajos. Existen varias razones por las cuales esto fue factible. Una fue que «los impuestos sobre el conocimiento» habían empezado a ser revocados en 1833, aunque el proceso no se completó hasta 1861. Las actitudes hacia la publicación barata también estaban cambiando. En concreto después de 1848, prevaleció un miedo mucho menor ante la desazón de la clase trabajadora y la revuelta potencial del que había existido en los años anteriores al Acta de la reforma de 1832 (1832 Reform Act). A pesar de ser el año de las revoluciones europeas y del rechazo del Parlamento británico (por tercera vez) a la Carta del pueblo (People's Charter), una petición que exigía reformas electorales extensivas, ésta se aprobó taimadamente en abril de 1848 [53].

Estos progresos políticos convencieron a la Sociedad religiosa tractariana de que la suministración de la educación de las clases bajas con libros baratos adecuados no sólo era seguro sino necesario.

»A pesar de la importancia de los cambios políticos», Fyfe señala, «la causa más obvia de la transformación de las publicaciones baratas fue la introducción de la mecanización y del poder del vapor» (53). Las tecnologías puntales aparecieron a principios de siglo, pero los editores de libros, que todavía carecían de una audiencia masiva, no vieron ninguna razón en beneficiarse de ello. Sin embargo, los periódicos y las revistas, que debían producir cantidades ingentes de copias tan rápido y barato como fuera posible, sí se beneficiaron de ello, siendo The Times el pionero cuando adquirió las imprentas de vapor (steam printing presses) en 1814, inventadas en Alemania. Para cuando la Sociedad religiosa tractariana y los editores comerciales decidieron que una audiencia potencialmente grande existía entre las clases más pobres, los impresores habían acumulado mucha experiencia con las nuevas tecnologías de las imprentas, que incluían la práctica de los estereotipos — fundición de una placa metálica basada en la impresión hecha a partir de tipos hechos a mano — que permitió reutilizar rápidamente tanto los tipos para otras páginas como multitud de copias de las placas metálicas para incluso la impresión más veloz de copias simultáneas (162).

La accesibilidad literaria, la publicidad y la distribución

La creación de una audiencia nueva y amplia que pudiera y comprara esta riada de nuevos libros implicaba obviamente más que la producción de libros en números muy superiores a épocas previas. Primeramente, se debía repensar el significado de «popular» y «popularizar». A diferencia de hoy en día, la palabra popular «no describía la recepción de una obra (por ejemplo, un libro era popular porque todo el mundo lo leía y le gustaba), sino una declaración sobre la audiencia deseada prevista por los escritores y editores╔ Una obra 'popular' era la que estaba dirigida al 'pueblo', que a mediados del siglo XIX incluía con mayor asiduidad a las clases trabajadoras» (56). Hacia la década de 1840, los editores se dieron cuenta de que la reducción del precio de compra de los libros no era suficiente.

Los editores que se comprometieron a englobar a las clases trabajadoras se centraron también en la accesibilidad literaria, asegurándose de que el lenguaje utilizado fuera lo más claro y sencillo posible. Estos cambios se reflejan en los significados cambiantes del verbo «popularizar» que llegó a denotar «hacer accesibles temas abstrusos y técnicos» en vez de simplemente «ser asequible para el pueblo» [56].

Además de reducir el tamaño de los libros y de hacerlos más accesibles desde un punto de vista estilístico, los editores tuvieron también que desarrollar nuevos modos para publicitarlos y distribuirlos. La publicidad tal y como la conocemos actualmente nació en ese momento. «En la década de 1840, el estilo de la publicidad comenzó a cambiar. Los anuncios dejaron de ser simples anuncios de nuevos títulos y comenzaron a intentar vender sus productos, usando tipos de letra y dibujos llamativos y eslóganes atractivos al lado de promesas» (166). En otras palabras, la Sociedad religiosa tractariana y otros editores que competían por la audiencia de masas cada vez más numerosa jugaron un papel destacado en la creación de una clase de publicidad moderna que Thomas Carlyle tanto ridiculizó (so mocked) en Pasado y presente. Los editores también encontraron un modo de poner sus libros en las manos de los lectores de la clase trabajadora, quienes raramente entraban en librerías, y uno de estos modos implicaba varias salidas alternativas, que incluía a vendedores ambulantes, que «buscaban directamente a los lectores de la clase trabajadora, bien en sus casas o en sus lugares de reunión, y que se ganaban la vida en base a la diferencia entre el comercio y los precios de la venta al por menor de sus publicaciones╔ Cinco vendedores ambulantes que la Sociedad misionera del pueblo y de los lectores de la Escritura había contratado╔ [en 1849] vendieron no menos de seis mil publicaciones de la Sociedad religiosa tractariana y veinticuatro mil Biblias» (172). Además

Aunque se afirmó de modo general que las clases trabajadoras no frecuentaban las librerías, las informaciones de los misioneros urbanos y de los periodistas investigadores revelaron la existencia de puntos alternativos de venta de libros. Los libros nuevos, de segunda mano y los restos de edición se vendieron en carretillas y en casetas, e incluso en tiendas pequeñas en los distritos de la clase trabajadora. Henry Mayhew dio cuenta de que había alrededor de mil individuos empleados vendiendo en papelerías y de modo itinerante literatura en las calles de Londres. De éstos, encontró a cuarenta vendiendo tratados y panfletos, a veinte en casetas de libros y a cincuenta corriendo con carretillas de libros. [174]

Sofisterías y salvedades menores

Un crítico al que leí hace décadas (probablemente en el Times Literary Supplement) sostenía que dado que ningún libro es perfecto, los críticos sólo pueden gritar dos de cada tres hurrahs. De hecho, incluso este libro tan marcado por pretensiones delicadamente expuestas, argumentos claros y reputación considerable para sus predecesores, ocasionalmente se tambalea, como muestra el siguiente párrafo en el que el juego con la moda conduce a una ligera estulticia poco característica:

Para organizaciones como la Sociedad religiosa tractariana uno de los principales problemas con la riada de publicaciones baratas residía en disciplinar a los lectores. Cuando se leían las obras en los hogares de clase media, en la biblioteca de la parroquia, o en el colegio dominical, existían sistemas de autoridad para asegurar que los lectores interpretaban las obras «correctamente» — así como la censura que habría apartado para empezar a muchas de las obras potencialmente corruptoras. Tales sistemas de autoridad podían controlar sólo una proporción pequeña de la audiencia masiva, y más allá de ella, se necesitaban diferentes métodos para disciplinar a los lectores. Por esto fue necesario desarrollar una variante cristiana del nuevo género de la publicación científica popular, en la que el «tono cristiano» de la narración podía intentar controlar las interpretaciones de los lectores [264; énfasis añadido].

Hay una diferencia abismal, diría yo, entre disciplinar a los lectores y llevar a cabo un intento por controlar las interpretaciones de los lectores. Siempre desde la aparición del libro de Michel Foucault, el título inglés de lo que es Disciplina y castigo, los académicos han sobreutilizado y malusado esta idea de la disciplina. Foucault argumentaba que a medida que la civilización occidental se fue supuestamente civilizando, dejó de recurrir a exhibiciones obvias de fuerza física para controlar socialmente, tales como la horrorosa tortura pública (que por cierto fascinaba sobremanera a Foucault) y encontró otros medios para interiorizar el poder del Estado y de la sociedad. Por supuesto, Foucault estaba simplemente re-embalando ideas procedentes de la historia del pensamiento occidental del siglo pasado o anteriormente. Desde Los griegos y lo irracional de E. R. Dodds, los estudiantes de literatura, filosofía, y cultura han comentado el modo en el que las civilizaciones, comenzando por la Grecia clásica, evolucionaron desde culturas de la vergčenza a culturas de la culpabilidad, interiorizando así las ideologías políticas y morales. La contribución de Foucault, si es que fue tal, implicaba que el cambio, particularmente a principios de la era moderna, fue de algún modo inevitablemente malo y opresivo. Foucault, que ha tenido una influencia enorme en los Estudios culturales, contribuyó con argumentos importantes sobre cómo nuestras construcciones sociales de la autoría funcionan. Siguiendo a Derrida y a Sartre, mostró brillantemente cómo el poder nunca consiste solamente en una simple oposición binaria entre el poderoso y el indefenso. Pero gran parte de su exposición sobre disciplinar a los miembros de la sociedad, los lectores en este caso, es sencillamente absurdo, y en el contexto de la argumentación de Fyfe absurdamente sobredimensionado.

Pues resulta que mientras estaba escribiendo este artículo estaba también leyendo el libro de Stephen Brook, Imperio desvanecido, que narra sus viajes por Viena, Budapest, y Praga unos años antes del colapso de la Unión soviética. Allí, se encontró con la verdadera disciplina: aprendió de los clérigos, escritores y otros disidentes de la época de Stalin que habían sufrido torturas, encarcelación y muerte por los menores (o imaginados) desacuerdos con la autoridad; durante el final de la década de 1980, un periodo de opresión mucho menor, se encontró con gente que había perdido su posición como clérigos, académicos y funcionarios (y la mayor parte de sus ingresos) y que habían sobrevivido trabajando como limpiadores de ventanas y fogoneros de hornos. Uno puede hablar legítimamente de control y disciplina social en sus casos, └pero en relación con los lectores de libros de la Sociedad religiosa tractariana╔? Sin embargo, a muchos de los líderes evangélicos y autores de la Sociedad religiosa tractarina les habría gustado la garrota de un director de escuela y golpear a todos aquellos que leían de acuerdo con modos con los que ellos discrepaban, y lo más cercano a la «disciplina» implicaba unas pocas estrategias retóricas específicas. Como la propia Fyfe admite, aunque el enfoque de la Sociedad religiosa tractariana «no podía funcionar tan eficazmente como la supervisión de un profesor, limitó el abanico de interpretaciones abiertas al lector, dificultando la lectura de un mensaje infiel en contra del tono cristiano» [264]. De igual modo que la cultura concierne al poder, toda la empresa cultural sobre la cual la Sociedad religiosa tractariana expandió tanta esperanza, fe, y devoción implicó, si acaso, un gesto esperanzador, y no un acto de disciplina.

Lo admito — estoy más que malhumorado a estas alturas, decepcionado porque una erudita destacada como Fyfe encontrara necesario expresar este gesto absurdo de elegancia. Yo no escribiría como un gruñón, supongo, si ella no hubiera escrito un libro tan distinguido.

Referencias

Fyfe, Aileen. Science and Salvation: Evangelical Popular Science Publishing in Victorian Britain. Chicago: University of Chicago Press, 2004.

Brook, Stephen. Vanished Empire. Vienna, Budapest, Prague: Three Capital Cities of the Habsburg Empire as Seen Today. New York: William Morrow, 1988.


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Modificado por última vez 25 mayo 2005; traducido 10 de noviembre de 2010