[Novena parte de «El renacimiento religioso y la transformación de la sensibilidad inglesa a principios del siglo XIX» © Herbert Schlossberg. Traducción de Montserrat Martínez García revisada y editada por Asun López-Varela. El diseño HTML, el formato, y los enlaces de George P. Landow.]

Los análisis de la influencia del Evangelicalismo a menudo enfatizan los cambios que éste originó en la moralidad pública. [Por ejemplo, Hilton, La época de la expiación, 219: «El modo por el cual los evangélicos impactaron desproporcionadamente a sus seguidores fue estableciendo una hegemonía moral sobre la vida pública»]. Hubo de hecho un cambio significativo en los niveles de moralidad, que los jóvenes o los individuos un tanto superficiales podían fácilmente malinterpretar. Pero un longevo y perceptivo observador como el radical Francis Plane, amigo de Mills y de Bentham, recordaba los malos tiempos pasados al comprender lo ocurrido:

El progreso acontecido en el refinamiento de las costumbres y la moral parece que fue simultáneo con el progreso en las artes, en la industria manufacturera y en el comercio. En un principio se produjo lentamente, pero fue constantemente aumentando en velocidad. Algunos dicen que hemos refinado toda nuestra simpleza y que nos hemos convertido en superficiales, hipocríticos, y en general, peores con respecto al siglo anterior. ƒsta es una creencia común, pero falsa, puesto que somos mucho mejores que solíamos serlo, mejor instruidos, más sinceros y cariñosos, menos vulgares y agresivos, y tenemos menos de los vicios concomitantes de un estado menos civilizado. [Citado en George, La vida londinense durante el siglo XVIII, 18. Para más material sobre este tema, véase Toynbee, La revolución industrial, 120f].

Por citar a un testigo muy diferente, el obispo Blomfield de Londres dijo casi lo mismo en 1854, el año en el que Place murió [Gash, Reacción y reconstrucción, 117]. Los evangélicos también se percataron de lo que estaba ocurriendo y del mismo modo que Blomfield atribuyó la mejora a los esfuerzos del clero, ellos vieron en dicha mejora el fruto de sus propios esfuerzos. Wilberforce escribió a Hannah More sobre:

la gran mejora del estado de la sociedad en este país desde que nací, y de las promesas esperanzadoras de un futuro mejor, que este desarrollo moral nos ofrece también a nosotros. Por todos lados colegios, y colegios en los que se imparte la instrucción religiosa — me encontré, querida amiga, con rastros de los efectos benditos de tus escritos [Wilberforce a More, enero 8, 1824 en Wilberforce y Wilberforce, Vida de Wilberforce 5: 211].

Los Hammonds, que generalmente tenían una opinión desfavorable de la influencia de la religión, comentaron sin embargo con una especie de honestidad obstinada su descreencia: «Wesley y sus discípulos convirtieron a distritos enterosÉ de una vida de disipación y pillaje en hábitos devotos y ordenados» [Hammond, La época de los Cartistas, 238]. Durante el periodo de 1849-1851, el Morning Chronicle, en un esfuerzo por incrementar la circulación de libros, envió a visitantes a lo largo del país inglés para ofrecer a los lectores información de primera mano sobre el estado del reino. Gran parte de este material fue verdaderamente apabullante, manifiesto en individuos sumidos en profundidades físicas, espirituales y morales, en ocasiones muy poco por encima de las bestias. Las series evocaron un clamor entre el público y los políticos. Pero de vez en cuando un corresponsal se introducía en un pequeño pueblo minero o industrial que era muy diferente. En tal pueblo, en el distrito minero de Northumberland, por ejemplo, las casas eran confortables, los muebles buenos y la ropa de la casa, limpia, la gente bien vestida y feliz en apariencia. En los hogares de este pueblo, el «volumen de libros es generalmente muy reducido, pero hay casi siempre una gran Biblia tamaño folio, a menudo acompañada por un par de tratados metodistasÉ». En uno de los distritos dedicados a la alfarería en el que los trabajadores parecían limpios y respetables, a diferencia de los pueblos vecinos, había una plétora de nombres procedentes del Antiguo Testamento entre la población — Moisés, Jacob, Set, Josué, Daniel, y Enoch te recibían en cualquier esquina» [Razzell y Wainwright, La clase trabajadora victoriana, 226, 248].

Una antigua historia metodista de los pueblos mineros de Durham relata la conversión reciente de un individuo cuya vida se transformó gracias a su conversión. Durante un interrogatorio intenso sobre los milagros por parte de sus compañeros, les recordó el estado de su vida familiar antes de su conversión. Si Jesús podía transformar la cerveza en provisiones para su familia, Àpor qué él no podía convertir el agua en vino? [McLeod, La religión y la gente, 40]. Un estudio reciente de los yacimientos de carbón de Northumberland y de Durham encuentra al minero anárquico e indisciplinado congregándose con el Metodismo primitivo, que le proporcionó una ética, un espíritu de cohesión y una especie de renacimiento colectivo que espejaba sus conversiones individuales. Resolvieron la paradoja entre el otro mundo y el activismo de un modo que otorgó el debido reconocimiento a las dimensiones interna y externa de su fe [Colls, Mineros de los yacimientos del norte, capítulos 8-12]. Cuando R. W. Church, discípulo de Newman, quien permaneció con la Iglesia establecida y posteriormente se convirtió en deán de la iglesia de San Pablo, abandonó Oxford para asumir una parroquia en Whatley, se solía decir en el pueblo que «un hombre no debe nunca más golpear a su mujer, por miedo a que el párroco se le eche a él encima». Y Church se convirtió en una causa frecuente para el cese de las riñas por motivo de los borrachos [Church, Vida y cartas del deán Church, 140]. Además, no sólo fueron los creyentes quienes absorbieron las lecciones de la moralidad cristiana. Henry Wilberforce escribió en 1838 que mucha gente que no era religiosa siguió el ejemplo dado por aquellos que lo eran, y se encargaron de que sus hijos y sirvientes hicieran lo mismo [Hugh McLeod, La religión y la mentalidad de Europa occidental, p. 108]. Sin duda, esto explica parcialmente la acusación de hipocresía a menudo lanzada contra los victorianos. Incluso un racionalista consumado como James Mill no rechazó la fe religiosa por razones racionales sino, como relató su hijo, por razones morales (moral reasons). No podía aceptar que un mundo creado por un Dios bueno y poderoso pudiera estar lleno de tanto mal — el antiguo problema de la teodicea [Mill, Autobiografía, 42].

A mediados de siglo, la revolución moral empezó a ser reconocida por aquellos que la lamentaban. El historiador Lecky se quejó de que el pensamiento religioso de su tiempo fuera «todo en una dirección — hacia la identificación de la Biblia y de la conciencia» [Historia, 1: 350]. J. M. Robertson, trabajando sobre el mismo terreno que Lecky, identificó a los movimientos evangélico y tractariano como una reacción «fanática» para lo que consideraba como el mayor racionalismo benéfico del siglo XVIII [Robertson, Historia del pensamiento libre, 1: 163f]. Una de las quejas de Robertson en contra del renacimiento religioso fue que recibía cada innovación del mismo modo que la gente blanca recibía a los caníbales ritualistas de Tahití. «Se sabe actualmente que los caníbales no son especialmente gente 'mala'» (164)]. Posteriormente, el movimiento socialista fabiano consideró la revolución moral, y en particular la forjada por los evangélicos a través de la Sociedad para la reforma de las costumbres, como una clase de opresión de los pobres, lograda a la par de la protección de los vicios de los ricos [véase por ejemplo, Hammond, Trabajador rural, 222f. Para un análisis contrario, véase Harvey, Gran Bretaña a principios del siglo XIX, 106ff] — esto a pesar de la escritura apasionada de More, Wilberforce y otros, en contra.

Esta correspondencia estrecha entre la religión y la moralidad tiende a oscurecer el hecho de que los actores principales de la obra deploraron la sustitución de la moralidad por la religión. Hemos visto que Arnold consideraba la moralidad una plaga a evitar. Wilberforce dedicó una sección íntegra de la Visión práctica exactamente a ese punto, que igualmente impregnó completamente otras partes del libro [Wilberforce, Visión práctica, 246-272]. Y los escritos tractarianos están llenos de exigencias para la recuperación del enfoque pleno de la enseñanza y la práctica cristiana y no aprobarían una moralidad poco profunda.

Aún así, es difícil hablar con seguridad sobre los límites entre la moralidad y la religión. A medida que el siglo fue transcurriendo, la población inglesa se volvió cada vez más consciente de las responsabilidades morales; también se tornaron cada vez más religiosos, al menos los más influyentes desde un punto de vista cultural. Para una persona dada, la religión podía ser un factor causativo de la moralidad; para otra, carente de la fe religiosa, la ética progresivamente aceptada podía bastar para asegurar una conformidad exterior con los niveles morales basados en la religión; para otra más, la religión podía ser un asunto puramente formal de modo decepcionante, tanto como los evangélicos, los tractarianos y los arnoldianos (Arnoldians), denunciaron. En todos estos casos, la transformación religiosa del periodo causó cambios observables y documentables en la manera de vivir de la gente, y ésta es la tesis de este estudio.


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Modificado por última vez en 1998; traducido 10 de noviembre de 2010