Su muerte

La edad no podía congelar el celo de este hombre apostólico. A pesar de sus cargas y enfermedades, no desatendió sus trabajos hasta que la cercanía de la muerte entumeció sus facultades. Ocho días antes de su muerte, predicó su último sermón en Leatherhead, cerca de Londres. Su naturaleza física cedió después. Un hundimiento gradual de su fortaleza física le siguió, durante el cual su mente estaba generalmente lúcida, su fe firme, su paz perfecta, y su esperanza triunfante. El 2 de marzo de 1791, entró «sin un gruñ ido prolongado» en las felicidades de la vida bendita, a los ochenta y ocho añ os de edad. Sus restos fueron enterrados en el terreno de la Capilla City Road.

Wesley no dejó hijos. En febrero de 1751, se había casado con la viuda de un comerciante fallecido de Londres llamado Vazeille. Fue un matrimonio desafortunado. La dama no podía, o por lo menos no lo hizo, simpatizar con el gran trabajo vital de su marido. Se retiró de la labor que sus viajes incesantes exigían y después de algún tiempo, se negó a acompañ arle a sus citas. Tampoco consintió de buena gana en su casi completa ausencia del hogar. De ahí que, después de varios añ os, vivieran separados. Ella murió el 8 de octubre de 1781.

Apariencia personal y carácter

Cuando tenía cuarenta y un añ os fue descrito por el doctor Kennicott como «ni alto ni gordo… Su pelo negro, bastante suave y separado por la mitad de modo exacto, se añ adía a una compostura peculiar en su rostro y mostraba que era un hombre poco común». Tyerman dice, «En persona, Wesley era un hombre por debajo de la media en cuanto a su estatura, pero bellamente proporcionado, sin un ápice de excedente de carne, pero musculoso y fuerte, con una frente despejada y suave, de ojos brillantes y penetrantes, con una cara agradable que conservó la frescura de su complexión hasta el último periodo de su vida».

Como predicador, Wesley era calmado, gracioso, natural y atractivo. «Su voz no era elevada, sino clara y masculina». No era un orador como Whitefield pero su predicación era excelente por su fervor, solidez y transparencia de estilo, con ideas claras, agudas y definidas, poder sobre la conciencia, capacidad de impresionar y autoridad.

En su vida social, Wesley nunca discutía y estaba siempre alegre. Su habilidad para la conversación era admirable, llena de anécdotas, aguda, educada, amable, seria, y siempre igual fueran tanto ricos como pobres. Aunque era de naturaleza irritable, se controlaba, y en todos los aspectos, era «un caballero cristiano». Probablemente nunca existió un hombre más caritativo. Su benevolencia sólo era limitada por sus recursos. Tras reducir sus gastos personales hasta un punto mínimo, coherente con el mantenimiento de su salud y de una apariencia respetable, gastó el resto de sus ingresos en obras de caridad.

Si el trabajo de un hombre es la medida de su mente, Wesley debe clasificarse entre los hombres de capacidad intelectual más elevada. Una naturaleza capaz de impresionar como la suya lo hizo en su generación, capaz de crear y de gobernar casi absolutamente una organización tal como a la que dio vida debe verdaderamente haber nacido para dirigir. Si hubiera poseído una imaginación más filosófica, y se hubiera entregado al pensamiento especulativo, el mundo le podría haber catalogado mejor de lo que lo hizo, como parte de sus pensadores más profundos. No existe, sin embargo, una razón válida para dudar de su capacidad para alcanzar exitosamente casi cualquier área del conocimiento humano. Sus diarios y otros escritos muestran que tenía una rara aptitud y apetito tanto para la lectura como para el pensamiento, pero el enfoque práctico de su mente le llevó a evitar la especulación, y a dirigir su conocimiento hacia una multitud de canales que corrían en la dirección del único objetivo de su vida. Sin embargo, la claridad de sus pensamientos, mientras condujo a los hombres a subestimar su profundidad, mostró el largo alcance de la penetración de su mente. Su percepción de las cosas y de sus relaciones era más intuitiva que el resultado de un proceso de razonamiento lento y tedioso. Su mente era por lo tanto menos un taller que una ventana a través de la cual veía los hechos de la naturaleza, el curso de la historia humana y las revelaciones de la Sagrada Escritura con una visión tan clara que le permitía presentarla ante los hombres con una fuerza mental tan lógica y autoritaria y en un estilo tan limpio y directo que los juicios eran convincentes, los afectos persuasivos y las voluntades de la gente sometidas por las verdades que pronunciaba.

La mente de Wesley era constructiva en todas sus tendencias. Si hubiera sido destructiva, habría empleado gran parte de su fuerza en esfuerzos para echar abajo a la Iglesia nacional que casi «estaba muerta por las ofensas y pecados» cuando él comenzó su carrera itinerante. No lo hizo porque su genio le movió a construir y no a destruir. Tan fuerte era esta tendencia que limitó su carácter combativo natural que era grande, confinándolo a tales defensas rigurosas de lo que creía ser la verdad vital y que consideraba absolutamente necesaria para prevenir que su trabajo fuera impedido por los ataques de muchos de sus adversarios. Este instinto constructivo le movió a dar una forma orgánica a un nuevo sistema de predicación itinerante que le condujo a organizar los frutos de su trabajo en Sociedades, mediante lo cual esperaba no sobrepasar o rivalizar con la Iglesia episcopal, sino devolverle su vida espiritual extenuada mediante la acción saludable, pero las circunstancias fueron más fuertes que sus esperanzas y la estructura que erigió se convirtió en la Iglesia wesleyana.

La personalidad de Wesley era extraordinaria debido a su unidad y coherencia perfectas. Se sentía gobernado en todo lo que pensaba, sentía y hacía por ese único propósito que confesó al inicio de su carrera evangélica, cuando afirmó su creencia de que Dios le había llamado «para declarar ante todos aquellos dispuestos a escuchar las alegres noticias de la salvación». Esta convicción modeló su vida. Moró en su conciencia, absorbió sus afectos, gobernó su voluntad, fluyó en todas las actividades de su vida, le sostuvo durante todas las dificultades y pruebas, y justifica las peculiaridades de su carrera. La búsqueda más escrutiñ adora es incapaz de encontrar nada en contra de esto, bien sea en su vida pública, privada o social. Tal coherencia absoluta rara vez se encuentra en la naturaleza humana. En Wesley es obvio que supera la explicación de ese grado maravilloso de poder humano por medio del cual gobernó tan absolutamente y tan pacíficamente sobre sus Sociedades. Los hombres se sometieron a su mando porque vieron que gobernaba no sólo para sí mismo, sino para el triunfo de un gran principio, que se aferraba a este gran poder no porque fuera ambicioso o amara el poder por el poder, sino porque creía que el bienestar espiritual de miles de personas requería su presencia para sostener las riendas en sus propias manos. Que esta creencia fuera equivalente a una convicción sincera es evidente en el hecho de que en 1773 escribiera al santo Fletcher para pedirle que se preparara para relegarle, porque estaba seguro de que, después de su muerte, sus Sociedades sólo podrían mantenerse unidas mediante la concentración del poder supremo en las manos de un líder. Pero la muerte de Fletcher le llevó posteriormente a cambiar de opinión. Viendo que no podía confiar fielmente a ningún otro hombre este poder supremo, comenzó a preparar la «Conferencia anual» para gobernar tanto a ésta como a un posible contacto. Hizo esto, no cediendo su poder mientras estaba vivo sino permitiendo que la conferencia dirigiera los asuntos bajo su supervisión. Cuando este experimento le satisfizo seguro de que sería más conveniente entregar su poder a esta congregación, llevó a cabo un «Acto de declaración» para que se cumpliera después de su muerte, por medio del cual el gobierno de sus Sociedades, el poder nombrado y el uso de sus capillas y de sus propiedades se ubicaban perpetuamente en manos de cientos de predicadores y sus sucesores plenamente capacitados debían ser elegidos del cuerpo de los predicadores wesleyanos. Si Wesley hubiera considerado seguro efectuar esta transferencia legal de su poder durante su vida, lo habría hecho sin dudar. El hecho de que permitiera a esta conferencia ejercer tanto los poderes legislativos como ejecutivos durante varios añ os antes de su muerte es una prueba suficiente de que no se aferró al poder por el poder. Su propósito no era su propio honor, sino el bien de sus amadas sociedades.


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Modificado por última vez 30 de abril de 2010;; traducido 2 de noviembre de 2010